lunes, 15 de julio de 2019

Los trabajos y los días


Los trabajos y los días


   A diario, cuando salían de la escuela, donde impartían conocimientos tan apasionantes como la lista de los puñeteros reyes “gordos” que Dios maldiga, en lugar de volver por una de las calles preferían bajar a la rivera y seguir su orilla: veían libélulas de alas transparentes o tornasoladas que apresaban vivas arrojándoles una tira de goma elástica de bicicleta, la misma que utilizaban para los tirachinas, ranas que saltaban al agua con un nítido blop, galápagos acorazados que se dejaban caer al cauce como piedras o pequeños peces plateados: la colmilleja, la pardilla o el jarabugo antes de que los ríos se vieran infestados de especies foráneas, que acabarían con las autóctonas, como percasoles o peces gato.
   En las mañanas de abril recorría los alrededores del pueblo, especialmente las áreas adehesadas, buscando nidos con su amigo Tomás, hijo de una humilde familia que vivía en una barriada de chozos de bálago desolada como una cabila del Rif. Pasaban mañanas enteras mirando en la copa de las chaparras en busca de nidos de tórtolas (unas pocas ramitas que se entrecruzaban y dejaban ver si había huevos o polluelos) y en los lindones donde anidaban las cogutas (cuatro huevos blancos con pintas oscuras) y las alondras (varios huevos grises casi negros). Mucho mayor era el nido del rabilargo, que, receloso, no se alejaba mucho de la encina, con la cola y los extremos de las alas azulonas y su caperuza negra. La abubilla anidaba en el tueco de un árbol y tenía bastante mala fama (“Jiedes más que una abubilla”), mientras que el mirlo con su plumaje negro y el pico amarillo prefería los zarzales para anidar, y los jilgueros (careta roja y alas amarillas) acercaban sus nidos a las viviendas huyendo de los predadores: urracas, esmerejones, gavilanes.
   Por su parte, los abejarucos de vivísimos colores (azul, rojo, amarillo) abrían un túnel en la pared vertical de un declive del terreno en donde la hembra empollaba ocho o diez huevos. Cuando los polluelos habían nacido, los adultos salían de él de culo por lo que no era difícil atraparlos (pero si se enjaulaban morían). Volaban en pequeñas bandadas lanzando un gorjeo estridente y eran el terror de los colmeneros porque podían acabar en una mañana con un enjambre de abejas.
   Él pensaba que tal vez hubiera un oficio de “buscador de nidos” con el que poder ganarse la vida, mientras seguían trotando por aquellos verdes campos cubiertos de encinas. Si la felicidad es, según Leopardi, lo que teníamos antes de empezar a buscarla, sin duda que su amigo y él eran por entonces dos tipos felices vagando sin meta, espantando aquí una pareja de perdices (siempre volaba primero la hembra, más pequeña que el macho) o, allá, una liebre, que huía a grandes trancos con las orejas enhiestas. De cuando en cuando, se detenían, sudorosos y jadeantes, para beber echados de bruces en pequeños arroyos (“Agua corriente no mata a la gente”) con las orillas cubiertas de berros y poleos mirando de reojo a los zancudos zapateros que se desplazaban con increíble elegancia sobre la superficie del agua clara.
   Un día vio, recortada contra el cielo azul, la silueta de una mujer alta y enjuta con un cayado en la mano más alto que ella. Vestía de negro como la mayoría de las mujeres de aquella España enlutada y procesional y miraba hacia el sol con la barbilla erguida como un podenco venteando los aires.
         - ¿Quién esa mujer? –preguntó a su amigo.
         -Es la ciega.
   ¡La ciega! Había oído hablar de ella a sus amigos que incluso se la mostraron en la lejanía. Sabía que vivía en una huerta próxima al pueblo con otra hermana, también ciega, que cuidaba de la casa. Unas cabras ramoneaban entre jaras y retamas haciendo sonar sus esquilas cristalinas y fue, entonces, como si una extraña sombra cenicienta cubriera el sol y apagara los colores del campo. Esa era la mujer que inexplicablemente se había colado en sus pesadillas nocturnas.
   A pesar de su cortada edad, ya sabía que el mundo de la naturaleza y el de los hombres podía ser cruel (una zorra podía atrapar una perdiz que por entonces empollaba una nidada), pero también clemente (cuando caía un chaparrón primaveral el campo quedaba de repente en silencio: los pájaros acudían a sus nidos para proteger de la lluvia a los polluelos con sus alas). Pero una figura como esta escapaba a cualquier explicación natural. ¿Qué o quién había empujado a esa pobre mujer a guardar un hato de cabras por aquellos malos pasos de quebradas y peñascales? De ella contaban que había caído a un pozo sin brocal y consiguió salir por sí sola. Era eso, lo inexplicable, lo incomprensible, lo ajeno a cualquier lógica natural o humana lo que la había aproximado a una figura de terror que irrumpía en sus sueños.
   Entre todos sus amigos de la escuela, destacaba un muchacho de su quinta, espigado, enjuto e hiperactivo, con una capacidad extraordinaria para idear travesuras. Un día rompió de una pedrada el espejo del patio cuando él se estaba lavando las manos en la palangana y los trozos de vidrio le cayeron en las muñecas. Su madre le cortó la hemorragia con azúcar. Esa misma tarde empezó a jugar con el gato obligándolo a saltar de un lado a otro del brocal del pozo. Una de las veces le tiró del rabo justo en el momento del salto y el gato cayó al agua. Rápidamente se inclinó, extendió las manos y tiró de él, que salió clavándole las uñas en la palma de las manos (al verlo, su madre volvió, ya de mala gana, a buscar el azucarero).
   El padre de su amigo tenía un pequeño taller de reparaciones y los domingos por la noche proyectaba las películas en el cine. Su hijo, además de ser monaguillo, heredó los oficios del padre. Trasteaba en el taller como ayudante y sustituía al padre cuando este tenía otras ocupaciones y así fue cómo él conoció, y probó, otro oficio, el de operador. Varias noches de domingo subió con su amigo a la cabina de proyección, un cuchitril con el suelo cubierto de trozos de celuloide sobrantes.
    Allí estaban las latas, redondas y numeradas siguiendo el orden de la trama, que venían de un pueblo cercano en que la película se había proyectado y, por tanto, era preciso invertir por completo la cinta de cada una de ellas y enrollarla, una vez más, en orden inverso a la numeración (tres, dos, uno) empalmando los extremos de los rollos con un pincel impregnado de acetona. Luego, había que enhebrar la película por un conjunto de rodillos dentados hasta hacerla pasar por el foco de luz, por donde bajaba, como se sabe, a una velocidad de 24 fotogramas por segundo.
   La lámpara estaba formada por dos piezas tal vez de carbono del tamaño de dos lápices gruesos cuyos extremos estaban separados un par de centímetros; de ellos surgía una pequeña pero poderosa llama permanente convertida en un foco de luz que atravesaba los fotogramas, de modo que la imagen, ampliada por una lente situada en la torreta, se proyectaba allá lejos sobre la pantalla. Pero el operador de cabina debía estar siempre vigilante pues los “lápices” se iban quemando por su extremo y de vez en cuando había que aproximarlos girando un pequeño volante para mantener en todo momento la distancia entre ellos.
   Cierto día su amigo tuvo que salir con urgencia y le dejó al cargo de la proyección. Antes, le mostró qué ocurría si se juntaban en demasía o si se separaran en exceso los dos pivotes. En el primer caso los fotogramas se “quemaban” y las imágenes en la pantalla empezaban rápidamente a amarillear sobre un fondo sepia; en el segundo, los colores se apagaban en unos tonos grisáceos hasta fundirse en negro. Y en los dos casos la reacción del público era inmediata (“¡Modorro, albardán, mamón, subnormal…!”). Cuando él salió, esperó un rato, se asomó a las escaleras, volvió a la máquina y le dio una vuelta a la ruedecita. De inmediato subió del patio de butacas el alboroto de los cinéfilos (“¡Atontao, cabrón…, como suba p’arriba, hoy cobras…!”). ¡Aquella máquina funcionaba a la perfección!
  En otra ocasión, el padre de su amigo preparó la película siguiendo la rutina de siempre, pero los rollos venían equivocados en las latas, de modo que montó el tercero en primer lugar. Ya había tenido ocasión de comprobar que el público hablaba con frecuencia en voz alta (“¡Ostras Pedrín, aquí cae una gotera!”) e “interaccionaba” con los personajes (“¡Sí, enseguida lo vas a matar tú, inútil!”, “¡Ay, ay, ay, de ese cabrón del bigote no me fío un pelo!”), pero aquella película, una historia romántica con final feliz, fue sin duda la más comentada: nadie entendía nada (“Pero bueno, este par de cursis ¿de qué se conocen?”) mientras la trama corría rápidamente a su desenlace. Cuando el último fotograma mostraba a la pareja feliz cogida de la mano a los veinte minutos de haber empezado la película y aparecía en  la pantalla “The End”, uno entre el público, sin duda bilingüe, se levantó y gritó:
         -¡Cagüentó! Ahí pone fin. Como no me devuelvan el dinero no dejo una butaca sana.
   Con otros dos amigos, en fin, se introdujo paulatinamente en los pormenores de otro oficio, el de vaquero: aprendió a ordeñar y a echar posturas a las novillas mientras le rascaba la testuz. También se intercambiaban tebeos (El Capitán Trueno, El Jabato, El Zorro, Hazañas Bélicas…) y jugaban en el corral con tres perros que tenían: una perra de color canela y dos cachorros de meses. Cierto día venía en el coche con su padre de los olivos y en una revuelta del camino vio la madre colgada de la pernada de una encina grande al lado del camino. El vaquero la había ahorcado. Miró alrededor y, en efecto, por allí pastaban las vacas. No vio al padre de sus amigos, pero él sí los vio a ellos porque a mediodía se presentó en casa. Lo vio hablando con su padre y se dio cuenta de que él, con semblante serio, le hacía un gesto con la mano hacia el patio, como si estuviera accediendo con desgana a una petición. Se acercó a él con una sonrisa servil, que le repugnó, y le dijo que la perra ya era vieja y que, por favor, no les contara nada a sus hijos... Asintió con la cabeza sin contestarle pensando “Sí, claro que no les diré nada pero no por ti; por ellos, cabrón”.

En el valle de las flores


EN EL VALLE DE LAS FLORES
Una oración. Un cántico. Una mirada

María del Mar Gómez Fornés
Compbee Ediciones, Col. Lettere, 49 págs.
Introducción de la autora

   Nacida en Guareña (1966), María del Mar Gómez Fornés es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Desde su licenciatura y de modo paulatino, la autora ha ido consolidando una notabilísima trayectoria profesional tanto en distintas emisoras de radio (Antena 3, Onda Cero, Cadena Cope, directora de RNE en Mérida), como en el gabinete de prensa de la Asamblea de Extremadura y de la Diputación de Badajoz, en el Hospital La Paz, pero también en la prensa escrita (fue columnista de El periódico de Extremadura). Durante sus años universitarios consiguió en dos ocasiones el premio de artículos “Larra” con textos publicados por la Editora de la Universidad. En 1999 obtuvo el primer premio de radio del Consejo Asesor de RTVE y en 2014 consiguió el XVII premio nacional de periodismo “Francisco Valdés” por un artículo aparecido en El periódico de Extremadura.
   Autora de un poemario inédito (Tú, como las aves), Gómez Fornés publica ahora en la editorial madrileña Compbee En el valle de las flores, un poemario que se propone ser, como indica el subtítulo, una oración, un cántico y una mirada en homenaje a las mujeres que conoció en su niñez, por las que a modo de estribillo que atraviesa todo el libro pide “rezad por ellas, rezad”. Frente al libro de poemas concebido como un “contenedor” de textos escritos en un tramo temporal determinado, abierto, por tanto, a motivos temáticos dispersos e incluso a procedimientos formales variados, existen otros elaborados sobre un hilo conductor, de construcción casi siempre más lenta, que suelen dar, cuando los propósitos se logran, la apariencia de obras unitarias y redondas. El hilo conductor de este poemario plenamente logrado es la evocación de las mujeres que la autora conoció en su niñez y adolescencia en Monroy, el pueblo al que su padre la llevaba para visitar a la familia y son ellas, abuela, primas, criadas, vecinas, las protagonistas de unos poemas que se proponen hacer justicia a unas vidas sumidas en “fosas inmensas de indiferencia”, mujeres “a la intemperie”, heridas por las pérdidas de la guerra civil, habitantes de una España enlutada y procesional: planchadoras, pastoras, “criadas entre todas las criadas”, costureras (“mujercitas de umbral y sillitas de enea”), las “don nadie”… Y lo hace en unos poemas impregnados de ternura (como muestra la abundancia de diminutivos, las metáforas florales), de solidaridad, de compasión y de una elevada talla lírica. Reproducimos una de las composiciones.


YO OS BUSCO

Desterradas y cavadas.
Mujeres de medias negras y olor a lumbre.
Miniaturas en ascuas.
Apuntes y pespuntes.
Juncos de azotea.
Apenas un rescoldo.
Sabed que yo os busco
en los poemas que alumbró la guerra.
Os busco en el eco de los pozos
         de los patios de las casas
                   de los pueblos momificados.
Sabed que os hablo y encomiendo vuestras almas.
Os busco, mujeres desamadas.
Macetas de interior
y rosario a media tarde.
A vosotras
que apaisadas como fardos de estación
nadie reclama.
Os busco a vosotras.
Deslucidas.
Blanqueadas en fuga hacia las brumas
de la intemperie.
A vosotras
asiduas invitadas de funeral en funeral.

jueves, 11 de julio de 2019

Los portugueses



  Los portugueses

   Si en el entorno rural los ganaderos padecían por aquellos años una vaga pero cierta estigmatización por parte de los agricultores, los portugueses eran objeto de un desdén nada encubierto pues durante décadas habían cruzado a España desde las dos Beiras (la Alta y la Baja) en busca de trabajos de mera subsistencia. Pasaban afiladores con sus bicicletas, curanderos, acordeonistas, esquiladores y braceros que se quedaban en los cortijos por sueldos míseros. Los segadores aparecían en primavera, a tiempo de cosechar las habas, con sus sacos a las espaldas, sus hoces y piedras de afilar y los cuernos del aceite y la sal. Se les conocía como “ratinhos” y eran presentados en los relatos populares como seres simples, pobres y primitivos (“Os ratinhos pasavam a ceifar a Espanha com acordeões y pão de milho, e ceifavam com un martelo e um escopro. Um punha o escopro na palha e o outro dava uma martelada e quando a palha caia gritava: “¡Foge que vai a viga!”).
   A la calle del Cuervo (o del Teniente Coronel Yagüe) vino a vivir una familia portuguesa constituida por unos padres ya ancianos, cinco hermanos, todos solteros, y una hermana de escasas luces llamada Ermilindra que hacía los recados de la familia. El desconocimiento absoluto sobre su origen y sus medios de vida, la completa falta de relación con el nuevo entorno y el hecho de que el hermano mayor dejara embarazada a una vecina y se negara a reconocer su paternidad los convirtió en unos apestados. Vivían en una casa de alquiler, arrendaron una huerta que cultivaban con desgana y, finalmente, compraron un tractor y una trilladora, los dos de segunda mano.
   Con el tiempo, su padre entabló relación con ellos, que se mostraban muy amables (podían en esos encuentros hablar portugués y les era común la cultura de la Raya), pero lo cierto es que en su comportamiento había algo turbio, con una mezcla de afabilidad en el trato y una enorme crueldad en sus actitudes: la severa autoridad, heredada de su padre en vida, que el hermano mayor ejercía sobre los demás, las truculentas historias que uno de ellos, Paulo, contaba de su servicio militar en Angola por los años de la guerra (había abatido a un negro subido a una palmera de un disparo certero solo por probar su puntería, hacía frecuentes gestos de dolor hasta que confesó, entre arrepentido y ufano, la razón: “eu estou picado de grelhas das meninas de Lisboa”) y, al fin, la historia del perro.
   Los portugueses tenían un perro canijo de capa canela llamado Piloto (como decía Esteban, un personaje de Luis Landero, “un puto perro de pobre”) que acabó entrando en los corrales de la casa de sus padres en busca de un sustento que no encontraba entre ellos. Aquí fue bien acogido por todos y acabó acompañando a su padre al campo y a su hermana a la escuela. En cierta ocasión su padre se dejó olvidado un jersey en un olivar; dos días más tarde volvió y encontró al perro echado junto a él: llevaba cuarenta y ocho horas sin comer ni beber. Le emocionó la fidelidad del pobre animal y, tal vez con la idea de pedírselo, les contó lo ocurrido a los portugueses. Ese mismo día, uno de ellos ahorcó el perro.
   Por entonces, en la era de la colada en los meses de verano se levantaba una extraña ciudad de sombrajos, parvas, hacinas y, pasado el tiempo de la trilla, de montones de trigo, cebada, avena, centeno, garbanzos, altramuces… que los labradores, con desigual semblante según les hubiera pintado el año, medían con una cuartilla y un rasero y ensacaban para llenar doblados y desvanes. Entre las numerosas parvas de labradores humildes, las hacinas de los más acaudalados eran altas como casas de dos plantas y se erigían dejando calles en medio por donde entraba la trilladora tirada por un tractor. La de los portugueses era una descomunal máquina atendida por una cuadrilla de veinte hombres quienes trabajaban por turnos cubriéndose los ojos con gafas de exploradores polares y descansaban en un sombrajo cubierto con paja de centeno. Una vez desenganchada y calzada, la trilladora arrancaba con un formidable ruido ensordecedor que espantaba a los pardales raferos, a las cantarinas alondras y hasta a los cuervos de la encina seca del serrijón de enfrente. Porque no se trataba de un único ruido; era una orquesta disonante de instrumentos enloquecidos, y así, al rugido un poco asmático del motor se sumaban otros muchos, sobre todo si uno tenía la curiosidad de dar una vuelta en torno a ella: aquí tosían unas bielas (cof, cof, cof), allí zumbaba una correa retorcida como una cinta de Moebius (zum, zum, zum), allá graznaban varias cribas descendentes (ras-ras, ras-ras), junto a una rueda de hierro chirriaba un cojinete mendigando aceite (chin, chin, chin), más allá giraba el tambor de trilla (glam, glam, glam)…, mientras por un costado una pieza de hierro del tamaño de una teja dejaba caer el grano dorado en un saco sujeto a unos pernos.
   Abandonando sus colleras de mulas en las parvas próximas, se acercaban consternados los ancianos de barba hirsuta y una sola ceja detenidos en un gesto común (rascarse la cabeza por debajo de la boina; como se sabe, un síntoma claro de talento) contemplando el fragor rotundo del progreso.
   Como las cosechadoras actuales, las trilladoras debían esperar a que el sol calentara las mieses, húmedas por el rocío nocturno, y prolongaban la tarea hasta bien entrada la noche. Y fue en una noche de viento seco y terrero del poniente cuando de un cojinete seco (chin, chin, chin) se desprendió una chispa que fue a prender en un fino montoncillo de tamo, que voló encendido a un montón pequeño de paja, en donde el fuego se alimentó lo bastante como para saltar, impulsado por el viento, a la hacina de trigo, mientras uno de los portugueses en vez de tratar de apagarlo, arrancó el tractor, enganchó a toda prisa la trilladora y la sacó de la calle incendiada, en medio del griterío unánime del infortunio
-Anda lá fora, Paulo.
-Los bidones de gasoil. ¡Que alguien saque los bidones de gasoil!
-Oh Zé, foge, foge.
   En tanto, en medio del caos, un exaltado gritaba:
-¡Han sido los portugueses! ¡Coged las horcas y a la jacina con ellos!
   Poco más tarde enmudeció la trilladora y solo quedó el fragor sordo y crepitante del fuego quemando la paja y la mies aún no trillada e iluminando a ráfagas el espantajo de los hombres con los brazos abiertos, mientras un surtidor de pavesas ascendía en espiral hacia un cielo añil, amenazando con propagar el fuego a las eras vecinas.

martes, 9 de julio de 2019

Contrabandistas


Contrabandistas

   Su abuelo paterno era poco dado a repartir dinero entre sus hijos, ya mozos, de modo que estos tenían que idear alguna fuente de ingresos especialmente cuando se acercaban las fiestas comunales de los caseríos de la Raya (La Varse, Bacoco, La Rabaça…) y había que echar  unos vasos con los amigos o invitar a un refresco a una muchacha miradora y coqueta (una actitud que, ya se sabe, lanza el mensaje de que un acercamiento erótico es posible pero no seguro).
   Para afrontar esta contingencia, su padre, después de un duro día de trabajo en el campo, se unía a una de las cuadrillas de La Raya Seca que, a la puesta de sol, trasponía la Sierra de La Lamparona y se dirigía a Arronches a cargar mochilas de café que alternaban, según la demanda, con tabaco, mazos de tripas para las matanzas, sosa cáustica, coca para pescar en los ríos, telas de pana, mecheros de mecha, bobinas de hilo, alpargatas de esparto, ovillos de cáñamo, azúcar, jabón, bacalao… Eran, en general, jóvenes como él y hombres humildes de la campiña entre los que no faltaba algún portugués que durante la marcha tarareaba en voz baja una quadra de su tierra:

Na casa de minha amada
não se pode enamorar.
De dia velhas a porta,
de noite, cães a ladrar.

   Porque La Raya, la frontera más antigua de Europa, nunca separó las poblaciones portuguesa y española, sino que las atrajo a una única franja fronteriza en la que a las localidades mayores (Valencia de Alcántara, Albuquerque, La Codosera) se sumaban otras aldeas diminutas (o caseríos, la mayoría hoy abandonados) como Jola, Alcorneo, El Corcho (en el término de Valencia de Alcántara), El Marco, La Rabaza, La Vega, Bacoco, La Tojera, La Varse, Silvestre, Benavente (en el término de La Codosera), o Los Riscos (Alburquerque). Y lo mismo sucedía al otro lado de la frontera en que abundaban pequeños núcleos de población, que los portugueses llaman  freguesias, como Portagem, Escusa, Galegos, La Esperanza, San Julião, La Rabaça portuguesa, El Marco portugués, La Urra, Ouguela (topónimo que llega a atravesar la frontera para denominar a un caserío alburquerqueño: Los riscos de Ouguela). Por estas aldeas y caseríos deambularon de noche las cuadrillas hispanoportuguesas del contrabando de café durante décadas (si se piensa bien, pioneras de la globalización) y con ellas la lengua y las costumbres y el mundo mágico de saludadores y feitiçieros, y los libros “diabólicos” (los grimorios) de São Cipriano y de Roda con sus conjuros maléficos y las leyendas de tesoros escondidos y de lobisomens
   Tras cargar cada uno una mochila de treinta kilos en Arronches, ya de regreso, el cortador o guía ordenaba un alto con un silbido en la umbría de la sierra. Cuando todos habían llegado y formaban corro con una rodilla en tierra, les decía:
-Tú, Eufemio, y tú, Xico, cuando los guardinhas nos salgan arriba en la Portela da Lamparona soltáis la carga. Los demás arreando al trantrán, como si tal cosa. Y esto que os he dicho ya lo estáis olvidando.
   Toño Vilés, ermitaño de la Virgen de la Varse, recuerda que tras la feria de San Miguel de Zafra en la campiña se multiplicaba el número de yeguas, potrancas, muletos y asnos que a la semana habían desaparecido del entorno. En cierta ocasión, regando en la huerta de Valdecerillos le llegó un olor fuerte y acidulado; siguió el rastro y allí cerca, escondida en un manchón de juncias, encontró una docena de mochilas de café que esperaba la llegada de la noche para desaparecer camino de Alburquerque, Villar del Rey, San Vicente de Alcántara,  Puebla de Obando, Montijo, Carmonita o Arroyo de la Luz. Los contrabandistas, de ambos lados de La Raya, huían de guardinhas y guardias civiles,especialmente de los puestos de vigilancia de la zona en Bacoco, Carrión o el de Dos Hermanas en el Puerto de los Conejeros, pero también debían precaverse de los malsineros, con frecuencia componentes de las cuadrillas, que informaban a los guardias del itinerario  del grupo a cambio de alguna pobre regalía.
   Por lo demás, en los caseríos y en el pueblo de La Codosera, los carabineros y sus familias eran acogidos con afabilidad y pasaban pronto a formar parte de la comunidad campesina: guardias y contrabandistas bebían vino y jugaban a las cartas en la taberna hasta la llegada del anochecer en que se despedían amistosamente, cada cual a su tarea, unos a atravesar la frontera en busca de una nueva carga, los otros a vigilar los numerosísimos pasos y a perseguirlos. Por las calles, toda la actividad transcurría bajo un manto de miedo, silencio elocuente y encubrimiento: mujeres con cestas de mimbre de doble fondo visitando a sus vecinas, niños subidos a las higueras jugando a centinelas, aldeanos prolongando con los guardias conversaciones sin término mientras sus esposas les ofrecían platos de temporada…
   La viudedad y el frecuente encarcelamiento del marido empujaban a la mujer y a los hijos a la misma forma de subsistencia. Este contrabando menor de pan, bobinas de hilo y telas que las mujeres se enrollaban a la cintura exhibiendo un embarazo de años tenía su origen en La Esperanza y era diurno. A veces, el burro llevaba en vez de paja veinte kilos de café en la albarda cubierta por una manta y unas alforjas que los guardinhas escrutaban en vano.
   Esta estrecha relación entre las poblaciones de ambos lados de La Raya se acentuaba con las numerosas refertas y contiendas (palabras sinónimas que podríamos traducir por territorios en disputa) que acompasan el trazado de la frontera. Sin un hito indicador ni accidentes geográficos separadores, eran espacios francos en que se tenía la sensación de estar fuera de cualquier lugar. Por unas de estas “tierras de nadie”, mucho más al sur, entre Rosal de la Frontera y Moura, deambuló al término de la guerra civil Miguel Hernández con un reloj de oro en el bolsillo, regalo de Vicente Aleixandre por su boda, que precipitaría su ruina cuando la policía salazarista lo detuviera y lo entregara a la guardia civil.
   Pero tal vez las “refertas” más singulares fueron los islotes que el Guadiana, en su perezoso avance, formaba en medio del cauce, pues si el río marcaba la frontera ¿a qué país pertenecían esas islas arenosas que criaban unas sandías magníficas? A falta de una legislación al respecto, una norma tácita otorgaba la propiedad de esos minúsculos territorios al primero que los colonizara sembrándolos y edificando una choza cubierta con cañas. Solían ser pescadores de río que faenaban en unas barcas sin quilla de fondo plano, que en Badajoz también servían para cruzar el Guadiana a cambio de unas monedas no lejos del puente de Palmas, conocido en el pasado como “puente bobo” porque nunca cobró pontazgo. Al día siguiente, sus mujeres pregonaban por las barriadas de Badajoz: ¡La carpa! ¡El picón! ¡Las pardillas!...
   Pronto, sin embargo, descubriría el pescador que el Guadiana ofrecía otro medio de subsistencia cuando al amanecer viera su barca atada a unos mimbrales de la orilla izquierda del río. Sin demasiada sorpresa, cruzaba el cauce con el agua por la cintura y recobraba su barca. Dos días más tarde la encontraba atada a unas adelfas de la orilla derecha. Unos días después recibía la cordial visita, por las dos orillas, de guardias civiles y guardinhas con los que mantenía una animada conversación sobre no importa qué. Otro día, en fin, encontraba en su cabaña envuelto en periódicos un paquete con cinco kilos de café portugués, que su esposa, sin pregonarlo, vendía de casa en casa.
   ¡Buenas gentes de la frontera, bilingües desde niños, que aprendieron pronto a callarse en las dos lenguas!

domingo, 7 de julio de 2019

Entrevista en El periódico de Extremadura



   El pasado 25 de junio, Miguel Ángel Muñoz me hizo una entrevista para El periódico de Extremadura sobre mi tarea como profesor en el Colegio Claret de Don Benito ahora que se encuentra uno en el umbral de la jubilación, pero las preguntas también se abrieron a otros asuntos de actualidad y a cuestiones intemporales como la religiosidad o el amor. Afable y cordial, Miguel Ángel es uno de los periodistas más activos y lúcidos del panorama periodístico regional, pero también riguroso y estricto (cuando le dije que había un par de preguntas que me incomodaban me contestó que saliera del apuro como pudiera pero tenía que hacérmelas). Por lo demás, la entrevista resultó muy original (y muy complicada para mí) al adosar las preguntas a otras tantas citas de autores como Machado, Miguel Hernández, Gabriel Celaya, Cernuda, Alberti, Rosalía de Castro, Giner de los Ríos, San Vicente Ferrer, San Juan de la Cruz, San Francisco de Asís… y de cantantes como Serrat o Sabina.

lunes, 1 de julio de 2019

Alburquerque




Alburquerque

   Tenía nueve años cuando el maestro, pensando que estaba suficientemente preparado, le dijo a su  padre que lo matriculara para el examen de ingreso a bachiller, pues cumplía diez años en septiembre, y una clara mañana de junio lo llevó en el dos caballos al instituto Zurbarán de Badajoz, el mismo en que, muchos años después, cursaría COU. Cuando avistaron las murallas de la Alcazaba las ganas de orinar se hicieron tan urgentes que hasta su padre se dio cuenta y paró en el arcén: mientras se aliviaba contempló el perfil todavía lejano de la ciudad (las murallas, la torre de Espantaperros, la puerta y el puente de Palmas…): todo resultaba hosco y amenazador.
   Por fin, llegaron a un enorme caserón en donde pululaba un montón de chiquillos acompañados de sus padres y, poco a poco, fueron entrando en fila en diversas aulas: en una había que contestar oralmente unas preguntas de historia, en otras planteaban algunas cuestiones de religión, en un amplio sótano destartalado un tipo con uniforme de falange con muchos correajes les gritó una docena de órdenes (¡Brazos al frente, derecha, izquierda, brazos a la cabeza…!) y los echó de allí sin que él llegara a saber de qué estaba examinándose... Solo recuerda la prueba, esta escrita, de matemáticas. Entre otros problemas había uno de plátanos: ¿cómo repartirías seis plátanos entre ocho personas?, pero a él nadie le había enseñado a dividir con decimales así que lo dejó en blanco: ya se darían cuenta de que se habían equivocado al formular la pregunta. El caso es que suspendió y su padre, preocupado por el futuro de su torpe primogénito, lo mandó ese verano de 1965 a Alburquerque con sus abuelos y con su tío Juanjo.
   Es posible que si uno se para a pensar cuál fue la temporada más feliz de su vida la respuesta sea un mes de verano, como si esta estación, interminable en la infancia, llevara por entonces inseminado el embrión de la felicidad. En su caso la norma se cumple a rajatabla. Fue, sin duda, el verano más feliz de su vida (también escribe esto en otro verano, cincuenta y dos años más tarde, cuando ha descubierto que el secreto de la felicidad consiste en que el asunto no importe ni mucho ni poco ni nada, porque, en realidad, lo único verificable es la alegría).
   ¡Vivir en los huertos de Alburquerque en casa de sus abuelos con su primo Juan! ¿Qué más se podía pedir?
   Todas las mañanas, muy temprano, su abuela Francisca, una mujer dulce, sonriente y abnegada, les lavaba la cara y los peinaba. Cogían de mala gana los libros, salían por las cancillas del huerto, se asomaban a un pozo cuadrado con un brocal de grandes piedras de granito y contaban las ranas posadas en el légamo verde del fondo (hubo días que llegaron a veintitrés). Después enfilaban un camino que serpeaba entre las paredes de piedra de unos olivares polvorientos e iban a dar a la plaza de toros y a la calle principal de Alburquerque en donde ya podía contemplarse el alegre ajetreo mañanero de la subsistencia: hombres que llevaban sus bestias tirando del ronzal, hacendosas mujeres barriendo las aceras o, mejor dicho, el trozo de acera correspondiente a su vivienda, echando con frecuencia la fusca a las viviendas de los lados, afiladores portugueses soplando con jeito en sus chiflos, burros con costales de garbanzos atravesados en la grupa, mulas con cántaros en los serones (por entonces Alburquerque, levantado en la ladera del cerro del castillo, no tenía agua corriente)… hasta que desembocaban en la plaza. Había allí una tienda de esquina frente a cuyos escaparates se paraban todos los días. ¡Tenía todos los artilugios imaginables para capturar animales: jaulones para el reclamo del perdigón, ratoneras, costillas para pardales, jaulas de grillos con barrotes de alambre, garlitos de mimbre en forma de embudo…! Daban la vuelta a la esquina y echaban una ojeada al otro escaparate, pero allí había poco que ver: estatuillas de escayola de la Virgen de Carrión, estampas de santos demacrados con cara de lelos, rosarios con cuentas de madera, escapularios y pollas en vinagre, así que subían una cuestecita junto a una torre albarrana, entraban por la puerta de Belén en la Villa Adentro y enderezaban por la calle Derecha hasta el número diecisiete.
   La calle Derecha era y sigue siendo, como su nombre indica, una calle completamente retuerta que atraviesa la vieja villa amurallada desde la Puerta de Belén, porque da al naciente, hasta la puerta de Valencia, porque en ella arranca el camino de Valencia de Alcántara. Por entonces, casi la mitad de sus casas todavía exhibían en sus jambas de granito la ranura en donde los antiguos moradores judíos encajaban la mezuzá, un pequeño receptáculo de madera en que introducían un pergamino con un par de versículos de la Torá. Lo hicieron hasta su expulsión en 1492 entre el alborozo de los cristianos (“¡Ea, judíos / a enfardelar / que mandan los Reyes / que paséis la mar!”). Tras su partida, las familias cristianas heredaron resueltamente sus viviendas sin ningún papeleo.
   En esa calle se levantaba la casa de su abuelo que lindaba en sus traseras con los baluartes del castillo, una enorme y desangelada construcción de tres plantas con un pozo en el zaguán y otro en la cuadra del fondo (después descubriría que no eran pozos sino antiguos aljibes excavados en la roca) y allí, en una amplia sala con altas bóvedas pintadas de índigo, su tío Juan les daba clases de geografía, historia, laica y sagrada, matemáticas y les ponía algunos dictados.
   Después de la clase tenían todo el día ya para ellos en los huertos: horas y horas de sol en que no recuerda ni un solo instante de tedio. Y es que había tantas cosas que hacer. Tras dejar en casa de la abuela libracos y cuadernos, corrían a una huerta lindera a buscar a su nuevo amigo Braulio. Lo encontraban siempre con su padre regando con un extraño artilugio que nunca antes había visto, parecido a un enorme cucharón de palo sostenido en una traviesa de madera que, sin apenas esfuerzo, metía dentro de una poza del regato y elevaba para vaciarlo en una arqueta de granito. El agua, “útil y humilde y preciosa y casta” bajaba a regar los canteros de pimientos rojos que la abuela asaba en las brasas, las belgas de las judías verdes que subían ensortijadas en sus angarillas de cañas, las berenjenas cuaresmales y los orondos tomates ya enverados de rojo.
   Desde allí y con el muchacho alburquerqueño como guía, salían a la descubierta con la escopeta de balines al hombro a buscar aventuras arrostrando numerosos peligros: un día les ladraba un mastín desganado en un cortijo cercano; otro, una vaca torina dejaba de pastar y los miraba con unos enormes ojos escrutadores, pero los mayores riesgos, según les prevenía su abuelo, venían de los animales pequeños y ocultos: escorpiones traicioneros, alicantes (“Si te pica un alicante ve al cura que te cante”) o víboras de color esmeralda. Más abajo, el arroyo que cruzaba las huertas se enfoscaba de juncias y zarzales en donde silbaban los mirlos esquivos, gorjeaban en las higueras los pardales saltando de rama en rama en busca de las últimas brevas, subía un herrerillo por el parral como una pequeña llama verde, cantaba engreído un pintassilgo en el galapero (pero los jilgueros no se mataban, se cazaban con liga y se enjaulaban) y por todas partes había un rumor de vida pequeña en ebullición: insectos de alas de oro, abejas en su monótona tarea sonora, tímidos grillos metálicos… Y para verlo todo tenían todo el tiempo del mundo. Las horas, en aquel pequeño universo, venían lentas desde las sierras azules apoyando perezosamente sus cuartos en las lomas, golpeaban con un restallido sordo de sábana al cierzo y se alejaban, por fin, valle arriba.
   Por la noche, cansados de tanta exploración, el abuelo, que también era su padrino, les contaba a la hora de la cena cómo la abuela Francisca se deshizo de los pavos: un día salió a la puerta con el recogedor en la mano y arrojó al patio las brasas de la lumbre que, justo en ese momento, una leve brisa encendió hasta convertirlas en pequeñas gemas rojas. Atropelladamente, los pavos se lanzaron sobre ellas y las engulleron en un periquete, y en un periquete, como castigo a su voracidad, pasaron a mejor vida.
Otra noche les contó que las gallinas saben contar hasta tres: puedes quitarle los polluelos de uno en uno, sin que te vean, hasta que le quedan tres. Entonces arman un escándalo de enfurecidos cacareos. Pero sus habilidades no van mucho más allá. Un día la abuela echó una docena de huevos de pata en el nidal de una gallina clueca: cuando rompieron el cascarón la gallina salió de paseo muy ufana con una fila de patitos tras ella y todo fue bien hasta que llegaron a un pilón en donde abrevaban las ovejas. Los patos, sin pensárselo, se lanzaron al agua ante el estupor de la gallina que daba vueltas en torno con las alas abiertas cacareando aterrorizada.
   Como todo lo bueno se acaba más pronto que tarde, llegó el mes de septiembre y su padre vino a por él. Al día siguiente volvieron a Badajoz a repetir el examen (ya podía repartir seis plátanos entre ocho inútiles que no sabían ganarse la vida). Unos días después llegó una carta a casa y su padre, muy sobrio en las demostraciones de afecto, lo llamó y le dio fuerte apretón de manos mirándole a los ojos. Estaba orgulloso de él. No era para menos: allí, en un documento oficial, sobre una firma ilegible, aparecía, bien claro, el garabato sinuoso de un cinco.

miércoles, 26 de junio de 2019

Tres margaritas




TRES MARGARITAS Y TREINTA Y TRES RELATOS CORTOS

Javier Velilla
Madrid, Ed. Doce Calles, 2019,164 págs.
Prólogo de María del Mar Gómez Fornés
Fotografías de Javier Velilla, Inés Velilla, Macarena de Mergelina Robatto y archivo Doce Calles


   Nacido en Don Benito en 1964, Javier Velilla es un ingeniero agrónomo que ha residido por razones laborales en Madrid, Valencia, Oxford y en Arabia Saudí. Su primera novela, Ni una puta foto (Madrid, Vivelibro) apareció en 2017. Ahora la editorial madrileña Doce Calles publica Tres margaritas y treinta tres relatos cortos en edición bilingüe (inglés y español) con un prólogo de María del Mar Gómez Fornés, quien define el libro como “una recopilación de pequeñas historias que exploran los límites del microrrelato. Una ráfaga de propuestas literarias cargadas con las vivencias y anhelos que han marcado al autor en los últimos dos años, rodeado por un desierto implacable y una cultura desconocida, rebosante de enigmas y contradicciones. Historias que huelen a cuero, a pelo de mujer árabe, a besos robados, a rostros que se esconden tras un velo impenetrable y sueños que se rompen; a esperanza y desencanto, a dolor y a amor. A amor imposible, a principios, finales y a la amargura sutil que provoca el tiempo que no se para”.
   Reproducimos una de las composiciones.

FRONTERAS
Diario de viaje.

   Jordania. En la carretera del desierto, camino de Petra, paramos a comer en el restaurante Karaban Sarai, y me sorprende que todo el mundo me hable en español. Ali, que es el dueño, me lo explica: su hijo, Sotgui, lleva el nombre de su abuelo jordano, que estudió farmacia en Salamanca, donde se enamoró y se casó con Anselma, la madre de Ali.
   Después de una comida excelente, tomamos café, me enseñan orgullosos sus pasaportes españoles y me dicen preocupados que no entienden lo que pasa en Cataluña, y me hablan de la Constitución que juraron.
   Salgo de local, un poco alucinado, mientras Ali grita “Viva España” y “Visca Catalunya” a mis espaldas. Digo “Viva” sin volver la vista atrás y seguimos camino de la fortaleza de Shoubaq, o del Monte Real, que es nuestra próxima parada.
   No todos tenemos que pensar igual, vivo mi vida sobre la base de esa creencia, para mí indiscutible, y disfruto de la diversidad que me rodea. Trabajo, cada día, con gente de 20 países distintos, o más, hace tiempo que perdí la cuenta, de todas las religiones y colores, en un país donde no hay libertad y cada día descubro, una y otra vez, fascinado, que todos somos iguales, que todos somos diferentes.
   Ayer visitamos la frontera a los pies de los Altos del Golán. Una valla infame y dolorosa, orgullosa en su amenazante presencia, asquerosa. Allí huele a muerte, a odio y a miedo. Aún hay un campo sembrado de minas, esperando, agazapada, para volver a matar. Y mirando este paisaje difícil de describir he sabido, otra vez, que no quiero más fronteras” [p. 68].

miércoles, 12 de junio de 2019

lunes, 10 de junio de 2019

Adiós, muchachos



Adiós, hermanos, camaradas y amigos,
despedidme del sol y de los trigos.
(Miguel Hernández).

“Nadie podrá decir de mí: ‘ese pasó sin pena ni gloria’.
No, pasé con ambas. Con una entretuve a la otra,
las engañé a las dos”.
(Luis Landero. Juegos de la edad tardía).


   Tenía veintidós años cuando comencé a dar clases en septiembre de 1978 en el Colegio Claret de Don Benito, uno de los centros privados-concertados de mayor prestigio de la región (desde hace años aparece entre los cien mejores centros privados de España en el suplemento de Educación del diario El mundo). A veces, en ciertos momento de estúpida presunción, me da por pensar que he contribuido a ese prestigio, consciente, sin embargo, de que en sus cien años largos de existencia uno no ha sido más que una palabra de una línea de un párrafo de un capítulo de un libro (y si me dieran a elegir, escogería la palabra más hermosa del castellano, “Sí”, la que pronunció mi padre antes de morir: lo sé porque yo estaba allí). Sus profesores, de los que uno tanto ha aprendido, sobresalen por su entrega, su solvencia profesional y su calidad humana. Pero hoy, en un atribulado día de despedida, quiero hablar de los alumnos. Los que aparecen en las tres fotografías siguientes son chicas y chicos de cuarto de ESO, la última promoción a la que daré clase y que, por ello, encarnan para mí a todos los alumnos que he conocido en cuarenta años de práctica profesional. Mucho podría decir sobre esta tarea que me ha embargado durante cuatro décadas, pero prefiero ceder la palabra a una autoridad indiscutible que, además, conoció de primera mano la enseñanza media y la universitaria. Se trata de José Manuel Blecua (Zaragoza, 1939) que fue primero catedrático de instituto y, más tarde, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona (y director de la Real Academia de la Lengua entre 2010 y 2015): “Reivindico esa labor, incluso social, del profesor de instituto, ya que creo que, junto con el maestro de enseñanza primaria, son piezas vitales de la educación de un país. Luego la Universidad tiene sus alicientes, pero no es comparable. El progreso en el conocimiento resulta enorme a esa edad. Usted toma a un alumno de diez años y lo devuelve a la sociedad con dieciocho, convertido en otra persona completamente distinta. ¡Cómo no va a ser apasionante ese trabajo!”.
   En una composición de Clamor (1963) titulada “Mucho tiempo”, Jorge Guillén da entrada en el texto a unos jóvenes (como los de la fotografía) con los que se cruza: caminan de prisa, conversan y ríen movidos por un impulso, piensa el poeta, “que no me fue ajeno”, mientras él, ya anciano, avanza lentamente ayudado de un bastón. Y eso es todo lo que sucede en el poema. Ahí van, concluye el poeta, los “millonarios temporales”, los verdaderos adinerados de la tierra, dueños como son de un futuro sin confines: “El tiempo se alarga infinito / frente a estas fuerzas juveniles. / A través de su propio mito / disponen de mundos por miles”.



   Ahí están, con la misma edad, crecidos en entornos similares, pero “entre dos vidas próximas no hay más que algún abismo”: egoístas a ratos y casi siempre solidarios, indolentes y laboriosos, tímidos y desinhibidos, sociables y huraños, respetuosos y burlones (“Simón, un hombre se mantenió media hora debajo del agua sin ninguna ayuda”; “¡Mantuvo!”; “No, no, sin tubo; je, je”), bulliciosos, hiperactivos, taciturnos y parlanchines, entristecidos y joviales. Sus nombres son: José Luis, Elena, José, dos Alejandros, dos Lucías, dos Guillermos, Blanca, Alberto, Araceli, Jorge, Juan, Javier, Ana, dos Carlos, Marta, Ismael, Raúl, Marina, Joaquín, Rodrigo, Juan Antonio, Francisco Javier, Águeda… Sí, estos son los verdaderos millonarios de la tierra, a los que desde aquí solo puedo decir, como Sancho Panza en el palacio de los Duques “Si no os hice mucho bien nunca quise haceros mal”.



   ¿He sido feliz en esta casa? Claro, a ratos, como uno, por lo demás, suele ser feliz, en instantes fugaces, tal vez en la sala de profesores corrigiendo un ejercicio tras una “lectura comprensiva” (como si hubiera otras). De repente, por la ventana, abierta a una zona ajardinada, entra una suave ráfaga de viento con aromas de limón y lavanda mientras el tiempo parece detenerse en su fluir (solo un exiguo e ingrávido instante), como si algún tonto se hubiera dejado abierta una de las puertas del paraíso. Pero enseguida todo se desvanece y el maldito tiempo propulsa de nuevo sus engranajes invisibles. Entonces, uno vuelve resignado al ejercicio escrito (Pregunta: “Según el texto, ¿por qué no puede visitarse la cueva de Altamira? Respuesta: “Porque todavía no está terminada”).
   ¿Me sentiré sin ellos “más triste que un torero / al otro lado del telón de acero”, como (y las imágenes son de José María Cumbreño) un árbol sin sombra, como un aljibe seco, como un libro intonso, como los buzones de las casas deshabitadas? No es verdad que en estos momentos me encuentre abatido, pero entonces ¿por qué me vienen a la mente poemas tan desolados como los de Omar Khayyam (“Yo tenía un maestro cuando estaba en la escuela. / Después fui maestro y creí triunfar. / Ahora soy lo que ya siempre he sido: / Un puñado de polvo bajo el soplo del viento”) o de José Bergamín (“Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía. / Todo se me va acabando / menos la melancolía”)?
   Tal vez sea inevitable en estos momentos, pienso, algo del desconsuelo del adiós (¡Adioooooós, muchachos, compañeros, hermanos claretianos!), una cierta sensación de pérdida, una pequeña aflicción que me invita a sacar del bolsillo el pañuelo de las despedidas (y del "vinagre en las heridas”) para decir adiós, de modo definitivo, a un centro y a una ciudad afable, alegre y confiada, tan queridos los dos, una sensación de pesadumbre, no sé, de pesar, de desconcierto… En fin, cerremos este balbuceo.
   El sol destella en el Puente Real, en la superficie del río y en las moreras del paseo fluvial. Las acacias, estremecidas de gorriones y mecidas por el viento, cabecean asintiendo a todos mis pensamientos (“Sí, claro, claro”). Hace una tarde hermosísima, como para tener novia formal, y pasear cogidos de la mano (como dos millonarios temporales), espantando a los mirlos, ella con su falda plisada y su rebequita azul y yo con mi pantalón de campana, el niqui rosa apestando a varón dandy, el jersey al cuello y los zapatos de charol, tarareando ambos un sorbito de champán, sin un duro en el bolsillo, viendo comer helados a las parejas más pudientes. Como dijo César Vallejo, perdonen la tristeza.
   Prefiero rematar estos despropósitos con una cita, más ecuánime, de Javier Cercas (Prólogo a La velocidad de la luz): “He visto crecer a mis hijos, he ayudado a morir a mi padre, he conocido el amor y la pobreza […] y he escrito dos o tres páginas de las que no me avergüenzo; por lo demás, de un tiempo a esta parte me persigue la sospecha de que quizá la felicidad consista en estar vivo, y de que todos somos felices, solo que no nos damos cuenta”.

jueves, 23 de mayo de 2019

La escapada


LA ESCAPADA

Gonzalo Hidalgo Bayal
Barcelona, Ed. Tusquets, 2019, 301 págs.

   La trama de la última novela de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) se localiza en un sábado de noviembre de 2017 y arranca con el encuentro casual en una librería del pasadizo de San Ginés del narrador, Bayal, un profesor jubilado que visita con frecuencia Madrid, con un compañero de estudios de la Facultad de Filosofía y Letras a quienes el grupo de compañeros apodaba Foneto por sus agudas preguntas en las clases de Fonética y Fonología. Como recuerda el narrador, el compañero de estudios, convertido en personaje experto en falsas etimologías, retruécanos, calambures y otros juegos lingüísticos, aparece en su primera novela, Mísera fue, señora, la osadía (a él se le atribuye el verso que cierra la novela: “lo triste que es ser nada y serlo solo”) y reaparece en El cerco oblicuo empeñado en una tesis doctoral sobre el poeta Saúl Olúas.
   Ahora será el propio personaje el que reconstruya ante el narrador su vida a partir de su separación. Sabremos así que por las mismas fechas abandonó los estudios universitarios (un atractivo porvenir como profesor de Fonología en la Universidad) y rompió una relación sentimental con una “muchacha” (ningún personaje es conocido por su nombre), tras varias separaciones y reencuentros en los que se mostró indeciso sobre el futuro de la relación, rota de modo definitivo cuando él (¿también ella?) faltó a una última cita. El servicio militar le llevó a abandonar Madrid y trasladarse a una ciudad de provincias. Allí halla acogida en casa de unos tíos y a la muerte del marido “hereda” el quiosco de prensa que él regentaba, tarea a la que dedica toda su vida hasta la jubilación (el mismo destino de Gregorio Olías, el protagonista de Juegos de la edad tardía, de Luis Landero). Este es sustancialmente el curso de una vida que podemos considerar baldía, repleta de hechos incomprensibles: ¿Por qué deja de presentarse a unos exámenes que aprobaría sin dificultad? ¿Cómo es que no hace nada por conservar a su lado a la joven de la que está enamorado? ¿Por qué abandona la lectura incluso de la prensa que vende en el quiosco? ¿Cómo, en fin, “un hombre brillante echa a perder su brillantez”?
   Como el Meursault de Camús y como otros personajes de Bayal, el personaje podría definirse como “héroe de la renuncia”, se muestra paralizado en las encrucijadas, parece rebelarse contra la idea sartreana de la libertad concebida como una condena en que es obligatorio optar (pero “dejar de tomar una decisión es también una decisión”), se abandona a una vida que frustra todas las expectativas vitales de la juventud (laborales, intelectuales, amorosas) dedicado a una tarea absurda muy por debajo de lo que esperábamos de él. Sentimos la tentación de concluir que ha sido él quien ha labrado concienzudamente su propia desdicha, pero entonces recordamos, por contraste, el destino del narrador que sí ha llevado a cabo todos los proyectos de juventud a los que su compañero renunció y recordamos sus palabras: “también yo he leído ya todos los libros y me he entregado a las tristezas de la edad y a mi propia decadencia”. Por distintos caminos ambos (pero también otros personajes bayalianos anteriores: el H. de Campos de amapolas blancas, Lucas Cálamo, Severo Llotas, el “interventor”…) han llegado a una misma melancólica conclusión que podemos encontrar en otra obra de Hidalgo Bayal: “El hombre de nuestro tiempo se siente desbordado por la pesadilla de la existencia y se percibe impotente, salvo con un resquicio de lucidez para advertir las sinrazones y la desdicha. La vida es amarga y melancólica y no caben promesas de paraíso” [“La ficción y el afán”, Equidistancias].