jueves, 25 de junio de 2020

Cuando la frontera cerraba a las diez



CUANDO LA FRONTERA CERRABA A LAS DIEZ

Agustín Calvo Galán
Madrid, Ediciones Amargord, 2020, 79 págs.

   Nacido en Barcelona en 1968, Agustín Calvo Galán es articulista y crítico literario, creador de obra gráfica (fotopoesía, poesía visual, collage…), autor de la novela El violinista de Argelès (2018) y de varios poemarios: A la vendimia en Portugal (Amargord, 2009), GPS (Amargord, 2014), Amar a un extranjero (Premio “César Simón”, Denes, 2014), Trazado del  natural (La isla de Siltolá, 2016) y Y habré vivido (La Garúa, 2018).
   Ahora, la editorial madrileña Amargord publica Cuando la frontera cerraba a las diez, un libro singular situado en una zona fronteriza entre varios géneros (poemas en verso libre, poemas en prosa y microrrelatos de desarrollo progresivo) en torno al hecho al que alude el título (la frontera entre Portugal y España durante algunos años cerraba durante las horas de la noche) y a dos episodios “narrativos”: el atropello accidental de un animal y la enigmática muerte de una mujer. Reproducimos dos fragmentos que se refieren al atropello (de un jabato), relatado en el primer texto (perteneciente al bloque “Cuando la fronteras”) y recordado en el segundo (incluido en “Incisos”).

Fue así cómo decidieron girar y volver por donde habían venido. Entonces ocurrió. Al poner la marcha atrás y levantar al pie del embrague, el coche chocó contra algo. Ni siquiera había mirado por el retrovisor. Golpe y frenazo: las cervicales se resintieron durante un buen rato. ¿Qué puede ser? Si aquí no hay nada. Bajan del coche y ven un animal tendido, pardo, ocre, su pelo brilla, parece que mueve la cabeza, da miedo tocarlo, da miedo la oquedad fronteriza con un cuerpo que se debate entre la vida y la muerte, a sus pies. No es muy grande, debe ser joven. Lo arrastran en silencio hasta el arcén, entre los dos, se oye un rasgar de pelos húmedos sobre el asfalto.
Y allí lo dejan,
moribundo.

[p. 18]

Lo dejaste allí tirado. Dirás: lo dejamos allí tirado. No entiendo qué está insinuando. ¿Qué podíamos haber hecho, meterlo en el coche? No lo sé. ¿Entonces? Pero, no miraste por el retrovisor… ¿Cómo? Que cuando pusiste la marcha atrás, no miraste por el retrovisor. No miró por el retrovisor y puso marcha atrás instintivamente, y después lo dejaron allí tirado, herido en el arcén. Apestaba y estaba reventado por dentro. Eso no lo sabes. Tú tampoco.
Respiraba.

[p.70]

martes, 23 de junio de 2020

Poemas de la pandemia



POEMAS DE LA PANDEMIA

Antonio María Flórez
Editorial Letralia, Papeles de la pandemia, 2020, 16 págs.
Presentación de Jorge Gómez Jiménez (Editor)

   Hijo de madre extremeña y padre colombiano, Antonio María Flórez (Don Benito, 1969) pasa su infancia en Marquetalia (Colombia), pero recibe su formación académica de grado medio en los centros docentes de Don Benito, ciudad en la que inicia su trayectoria junto con un grupo de jóvenes entre los que se encuentran Carlos Medrano, María Rosa Vicente, Paco Señor y los hermanos Gómez Canseco. Circunstancias biográficas posteriores le han llevado a alternar estancias en Colombia y España, lo que lo ha convertido en privilegiado testigo del panorama cultural de los dos países.
   Además de varios ensayos (Dalí. El arte de escandalizar, 20004; Transmutaciones. Literatura colombiana actual, 2009), ha publicado hasta el momento los siguientes libros de poesía, galardonados con premios de reconocido prestigio: El círculo cuadrado (1987), En cámara lenta, junto con el escritor Flobert Zapata (1989), Epigolatría (1993), ZOO (poemillas de amor antiecológicos) (1994) y El bar de las cuatro rosas  en “Colección Poesía Dombenitense de fin de siglo” (1995). A este libro le siguieron títulos como El arte de torear (202),  Desplazados del paraíso (premio nacional de poesía “Ciudad de Bogotá” de 2003), Marquetalia (Un pueblo que rabia) (2003), Corazón de piedra (2011), Tauromaquia (Antología Trema) (2011), Bajo tus pies la ciudad (2012), En las fronteras del miedo (finalista del premio nacional de poesía del Ministerio de Cultura de 2015), La muerte de Manolete. Crónica en escena (Don Benito, 2015) y Sueños eróticos de un adolescente empedernido (Madrid, 2017).
   Ahora ve la luz de la mano de la Editorial Letralia y la Asociación Colombo-Española de Manizales una plaquette con los poemas enviados por el autor a la revista Letralia. Tierra de Letras, cuyo editor tuvo la idea de lanzar una revista digital (Papeles de la pandemia) abierta a la colaboración de cultivadores de todos los géneros en el momento en que la enfermedad vírica comenzó a ser una amenaza global. Reproducimos el último poema marcado por la soledad, el aislamiento y la presencia de imágenes ominosas.

CONFINADO

         Rueda dado contra dado
chocan
                   se detienen
                            al filo de la mesa
y suman
         suman el trece
                            en el mar
                                      ¡el trece!
el número fatal
                   de los que aguardan
la extraña muerte de las gaviotas
                   en el juego infinito
                                      de la espera

                   Pero de pronto
         se abre bruscamente
                                      la puerta
y afuera
         entre la bruma
                            de la naciente noche
un buque de bandera incierta
comienza a descargar
         su pesado fardo
                   de sueños clandestinos

Un hombre ha cocinado
                   su suerte y su destino una noche atrás…

(Inédito, 2020)

viernes, 8 de mayo de 2020

Porque olvido


PORQUE OLVIDO
(Diario, 2005-2019)

Álvaro Valverde
Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Perspectivas, 2020, 400 págs.

   Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), uno de los escritores con mayor proyección fuera de Extremadura, ha protagonizado algunas de las iniciativas culturales más relevantes en la región, entre las que destacamos la edición, junto con Ángel Campos Pámpano de Abierto al aire. Antología consultada de poetas extremeños (1971-1984), la creación del Plan Regional de Fomento de la Lectura (2002-2005), la dirección de la Editora Regional (2005-2008), la presidencia de la Asociación de Escritores Extremeños o la fundación, junto con Gonzalo Hidalgo Bayal, del Aula Literaria José Antonio Gabriel y Galán.
   Como poeta, es autor de una trayectoria lírica recogida en las más reconocidas antologías de autores de su generación y traducida a varios idiomas, con títulos tan relevantes en la historia de la poesía española contemporánea como Territorio (premio “Ciudad de Badajoz” 1984, Badajoz, DPDB, 1985), Las aguas detenidas (I premio de poesía “Ciudad de Córdoba”, Hiperión, 1989), Una oculta razón (IV premio “Fundación Loewe”, Madrid, Visor, 1991), A debida distancia (Hiperión, 1993), Ensayando círculos (Tusquets, 1995), El reino oscuro (Mérida, ERE, 1999), Mecánica terrestre (Tusquets, 2002), Desde fuera (Tusquets, 2008), Plasencias (Mérida, De la luna libros, 2013), Más allá Tánger (Tusquets, 2014) y El cuarto del siroco (Tusquets, 2018, premio Meléndez Valdés). Su obra poiética ha sido antologada en dos publicaciones recientes, Un centro fugitivo (La isla de Siltolá, 2012, al cuidado de Jordi Doce, y Álvaro Valverde. Poemas,1985-2015 (ERE, col El pirata, 2017, con ilustraciones de Esteban Navarro).
   Como novelista ha publicado Las murallas del mundo (finalista del 49º premio de novela “Café Gijón”, Sevilla, 2000) y Alguien que no existe (Barcelona, Seix Barral, 2005). Álvaro Valverde ha publicado también El lector invisible (Mérida, Editora Regional, 2001), una selección de artículos y reseñas, y Lejos de aquí (Mérida, De la luna Libros, 2004), un libro de viajes.
   En la actualidad, sus reseñas de libros poéticos aparecen en El Cultural, suplemento del diario El mundo.
   Ahora, la Editora Regional de Extremadura publica en su colección Perspectivas Porque olvido, un extenso diario que recoge, según indica el subtítulo, entradas desde 2005 a 2019. Como señala en un texto liminar, las entradas del diario proceden de su blog Solvitur Ambulando (que, ignorando versiones literales, podríamos traducir como el “caminante reflexivo”), seleccionadas y corregidas con cuidado para este nuevo “contenedor de textos” que es ahora un libro merecedor, sin duda, del juicio de Whitman (“Camarada, esto no es un libro, quien toca esto toca a un hombre”), pues si es cierto que el diario nos presenta a un lector y un escritor perseverantes también nos muestra otras facetas de su personalidad, de modo que los motivos del diario muy bien podrían situarse en sucesivos círculos concéntricos: la familia más o menos próxima (padres, hermanos, tíos, vecinos y conocidos, los recuerdos de la infancia, las dolorosas pérdidas…), los escritores con los que ha consolidado una relación de amistad (muy numerosos, pero sobre los que parece haber caído una maldición bíblica de muertes prematuras: Carlos Lencero, Fernando Pérez, Ángel Campos, Santiago Castelo, Julián Rodríguez), las actividades “institucionales” de sus sucesivas tareas (como presidente de la AEEX, como director de la Editora Regional y del Plan de Fomento de la Lectura), su trabajo como maestro (actividades colegiales, relaciones laborales, anécdotas de clase…), sus paseos cotidianos atraído por una naturaleza constante en sus poemas, sus viajes dentro y fuera de la región (congresos, actos culturales, presentación de libros propios y ajenos, visitas a centros escolares, a aulas literarias…) y, claro está, los libros, numerosísimos (tal vez el volumen pedía un índice final de autores y títulos), de los que proceden numerosas citas: “escribir en España es una de las formas del anonimato” (G. Hidalgo Bayal), “No existe ninguna palabra en ninguna lengua bantú para decir futuro” (Mia Couto), “un poema es una conversación en la penumbra” (Eliseo Diego”), “un profesor (y un escritor) trabaja para la eternidad: nadie puede predecir dónde acabará su influencia” (H. B. Adams)…
   Reproducimos una de las entradas del diario, que en el blog tituló “Carta de Don Benito”, escrita tras visitar el Aula Literaria Guadiana de esta ciudad en febrero de 2014.

   ¡Qué caras de circunstancia siempre en las mesas de las lecturas y las presentaciones! Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. La de ayer fue una noche casi perfecta y uno estaba razonablemente feliz. Un puñado de amigos (Juan Ricardo Montaña -uno de los tipos más elegantes que conozco, en todos los sentidos-, Antonio María Flórez -fotógrafo de guardia, tan cercano-, Octavio Escobar -el escritor colombiano, de gira por España, ya un viejo conocido-, Teresa Guzmán -más joven que nunca, compañera de colección lunera-...), una sala confortable (diseñada por Moneo) casi llena de público (eso que no existe en poesía) e incluso autoridades: el alcalde, Mariano Gallego (no recuerdo haber visto a ninguno en una sesión del Aula placentina), y el incombustible y cordial concejal de Cultura, Manolo Núñez. Conmigo en la mesa, mis anfitriones: José Carlos García de Paredes y Simón Viola, los directores del Aula Guadiana de Don Benito. 
   A última hora de la mañana tuve un encuentro distendido y animado con alumnos del Claret y del IES Donoso Cortés. Eran de 1º de Bachillerato. Patricia me confesó, cuando le firmaba el cuadernillo, que no se había aburrido. La altísima Mihaila, que es rumana pero parece rusa, asintió. Y Jonás. No es poco.
   Mención aparte merece la comida, en el aéreo restaurante del hotel Quinto Cecilio de Medellín. Frente al castillo y el recién restaurado teatro romano, sobre el viejo puente, que no daba abasto para recoger entre sus arcos de piedra las aguas de un Guadiana impetuoso y desbordado. Qué paisaje -media provincia de Badajoz y parte de la de Cáceres se ven desde esa atalaya- tan distinto al que uno suele contemplar cada día, y eso que el pobre Jerte lleva semanas con aspecto de río europeo. 
   Otro tono tuvo la sesión vespertina. Pocas veces, lo confieso, me he sentido tan a gusto leyendo poemas. Uno de cada libro (y de algunos ni eso). Un par de inéditos y el último que he escrito. En medio, algunos comentarios acaso pertinentes y, por qué no, alguna maldad y otras anécdotas. Después hubo debate, cosa rara, y las preguntas no fueron las de siempre. Se ve que donde se siembra cultura los frutos acaban, más pronto que tarde, recogiéndose.
Fue salir de allí, coger el coche y volver a casa. Lo normal. Desde Miajadas, bajo la lluvia. Pertinaz, cansina. La autovía estaba peligrosa y, a ratos, en vez de en coche diría que iba en submarino.
   Ya en la cama, me costaba conciliar el sueño. Demasiadas emociones. ¡Dichosa poesía! [pp. 259-260].

domingo, 5 de abril de 2020

Infortunio


INFORTUNIO
TIERRA, SUDOR Y SANGRE
  
Evaristo Pimienta
Madrid, Bohodón Ediciones, 2020, 221 págs.

   Nacido en Oliva de la Frontera en 1957, Evaristo Pimienta Serrano es delegado comercial de la principal importadora de armas, municiones y complementos para la caza en España y gestor cinegético, tareas que le han granjeado un sólido conocimiento del mundo que describe en su primera novela, Infortunio, aparecida ahora en la editorial madrileña Bohodón. Como escritor, ha colaborado con distintas revistas y editoras del sector cinegético.
   Narrada en primera persona por el protagonista, la trama arranca con el regreso al pueblo en que nació y creció, Oliva de la Frontera, de un joven que abandona Madrid impulsado por la nostalgia. Próximo al río Ardila y al Guadiana, no lejos de la frontera con Portugal y de la localidad de Barrancos, entre dehesas y breñales, el pueblo extremeño ha heredado de los peores años de la posguerra una estructura social casi estamental de opresores y oprimidos (esto es, de vencedores y vencidos) en donde los más humildes solo pueden buscar el favor del rico propietario para trabajos estacionales o dedicarse, como hará el protagonista, a la caza en terrenos libres o en fincas ajenas y al contrabando. Pronto comprobará el joven que a la dureza de un entorno que apenas permite la supervivencia ha de sumar la envidia de convecinos y el odio de los criados del cacique, quien mantiene una actitud ambigua hacia él, entre ofertas y amenazas, en tanto la guardia civil se muestra dispuesta a creer cualquier delación infundada contra él. Como si la guerra civil planeara aún sobre este universo, todos los personajes, incluido el protagonista, propenden a recurrir a una violencia (engendradora de más violencia) que los arrastrará, como si estuvieran sometidos al terrible destino de una tragedia griega (anunciada en el subtítulo, “tierra, sudor y sangre”) a un desenlace sangriento.
   Reproducimos un fragmento en el que protagonista recurre a uno de los pocos modos de sobrevivir en este entorno, el contrabando.

   “Cuando llenamos las mochilas de café en casa de Celestino, me aparté para dejarles intimidad mientras platiqueaban del negocio previsto por Miguel. El andaluz le prometió grandes transacciones en su futuras relaciones, pero nos del portugués sin haber concretado la fecha de la compra, la cantidad, ni el precio del café.
   Aprovechando la luminosidad de la noche, hicimos rápido el camino de vuelta; y, antes de darnos cuenta, bajábamos por la sierra de la Cierva escuchando el roce de la ropa con las jaras y el zumbido de las aguas impetuosas en el correntón de la rivera. Nos acercábamos a la orilla cuando un destello entre las jaras me alertó. Me hice el remolón y dejé bajar a Miguel
abriendo el camino. Seguimos en silencio la caminata, pero no dejaba tranquilo al rabillo del ojo. Nos desnudamos en la orilla de la rivera; pusimos sobre nuestras cabezas la ropa y la mochila; nos metimos en el agua y antes de llegar a la mitad del correntón, un rayo de luna brilló sobre el charol de un tricornio que asomaba por encima de la pared del molino. Al instante las jaras se menearon con más fuerza que con una piara de cochinos a tropel. Me dejé caer sumergiéndome en las turbias aguas del correntón. La fuerza de la corriente me arrastraba dando tumbos en los remolinos y pegándome coscorrones contra las piedras sumergidas entre las aguas bravas. Conseguí tomar equilibrio y saqué la cabeza para respirar porque ya estaba a punto de explotar. Entonces escuché las voces de los guardias entremezcladas con las detonaciones de las carabinas y los silbidos de las balas rebotando sobre las piedras sobresalientes del agua.
  Los civiles me perseguían dando tiros sin dejar de dar zancadas por la orilla, pero el zumbo del correntón era fuerte. El agua me arrastraba más deprisa de lo que ellos podían correr esquivando a los pedruscos y a la maleza de la ribera. Al poco, los tiros cesaron y los gritos de los guardias se fueron atenuando a medida que la corriente me llevaba hasta la charca de Cortegana, donde pude tomar sosiego y salir del agua”.  [pp. 155-156].

martes, 31 de marzo de 2020

Recurrencias


RECURRENCIAS

Carlos Reymán Güera
Mérida, De la luna libros, Col. Lunas de Poniente, 2020, 94 págs.

   Carlos Reymán Güera es autor de Demagogias (Libros de Mesa, 2016), un libro singular que incluye poemas, entradas de un diario, aforismos y pequeños relatos, conformando con ellos una “miscelánea” que dos lúcidos lectores, Eduardo Moga y el profesor Miguel Ángel Lama, comentaros en sus blogs. Ahora, este escritor del que es imposible encontrar dato biográfico alguno ni en los paratextos editoriales ni en internet, publica su segundo libro, en esta ocasión de relatos y microrrelatos, tal vez por el perfil de la colección en que aparecen (Lunas de Poniente, abierta a  los cultivadores del cuento en la región).
   Recurrencias, que ahora publica la editorial emeritense De la luna libros, reúne cincuenta y tres textos narrativos fronterizos con otras formas literarias (también aquí hay fragmentos de un diario, notas de lectura, poemas en prosa…) que abordan, siempre desde la perspectiva lúcida de un observador agudo, de un lector que rehúye los lugares comunes y de un escritor que elude el patetismo mediante procedimientos de distanciamiento como el humor o la ironía, motivos diversos: recuerdos infantiles (del niño y la abuela contrabandistas), la denuncia social (“Y no te quejes”, “El símbolo”), la crueldad aldeana (“Las gafas”), la imprevisibilidad de la condición humana (“Mi jefe”), la denuncia del maltrato animal (“Los gorriones”), en tanto otros relatos recrean, para alterar su mensaje, una frase hecha (“Todas las familias tienen un cadáver en el armario”) o una sentencia (“Homo homini lupus”), pero sin duda el motivo más recurrente es la propia literatura (y la vida literaria): “La presentación” (de su primer libro, a la que no acudió), “Introducción a la poesía actual”, “Hablando con Unamuno”, “Diario de un poeta recién olvidado”, “Diario de un escritor todavía joven aspirante al nobel de literatura”, “El nuevo libro”, o “Adivinanza”.
   Reproducimos dos composiciones. En la primera, el narrador, un niño, se enfrenta al súbito malestar de las emociones contradictorias. En la segunda, nos enfrentamos al relato de una pérdida (o un poema sobre una pérdida: el texto permitiría su reproducción en verso).

        EL ALIVIO

   Uno no sabe bien dominar sus sentimientos. Ni sabe de dónde le nacen determinados sentimientos. Ni en qué medida esos sentimientos son uno mismo.
   Uno se tiene por bondadoso y alejado de la maldad pero se traiciona con una facilidad pavorosa. Esta mañana el tutor de la clase de al lado vino a notificarnos la ausencia de nuestro profesor de matemáticas: "Don Laureano no puede asistir hoy a se interrumpió ante el clase porque ha fallecido...",
murmullo expectante que se había originado entre nosotros. Todos nos mirábamos conteniendo la alegría o tratando de disimularla quienes no podíamos contenerla. Una muerte repentina de don Laureano supone también la muerte repentina de su torpe y aburrido método pedagógico, pero claro, eso no es justificación suficiente para alegrarse por la muerte de un profesor que, por otra parte, siempre había sido cariñoso con nosotros, suspensos aparte.
   En lo que duraron esos puntos suspensivos me vi terrible ante mí mismo, ante el espejo moral que llevamos con nosotros y en el que apenas nos miramos (por cierto, ¿quién de mí lo sacó y me enfrentó a él, me puso ante mí, me hizo verme?).
   Cree uno que está hecho de buenos sentimientos y no sabe ni quién es, de qué es capaz.
   Los puntos suspensivos cesaron con el carraspeo del tutor de la otra clase y tras tragar saliva reanudó su aclaración: "...su madre, la madre de don Laureano ha muerto", nuevos puntos suspensivos se estiraron sobre la clase en un tiempo en que se nos congelaron todas las emociones contrarias entre sí, enfrentadas, hasta que se abrió paso el alivio general. Suspiramos: “Menos mal que ha sido la madre, no don Laureano”, empecé a reconciliarme conmigo mismo, “así es que no hay que alegrarse de la muerte de nadie”, me dije, intentando recomponer a la persona buena que he sido siempre.

       NOCTURNO

   Silbaba la luna su himno de luz contra el mundo a su paso por el barrio, luna altiva de los charcos más sucios donde nace cada mañana un arco iris de gasolina.
   Silbaba la luna, fraternal y pálida, la música silenciosa en la que regresan los muertos, la canción dormida del tiempo de la noche, los versos donde el viento ha querido dejar un rastro de historias que nunca terminan.
   Sonaba el himno de la luna entre la solemnidad de las farolas y la distribución marcial de las papeleras, tan feo, tan vacuo, como todos los himnos, y mi perro y yo aullábamos con ganas desde la acera, desde la locura.
   A nuestras espaldas pasaban, como una amenaza reprimida, los coches patrulla de la policía, lentos, mandaban mensajes envueltos en el halo azul que los alejaba, guiños y parpadeos inequívocos, tics de un morse que no necesitaba de mucha interpretación, puntos y rayas, y rayas y puntos, y... ¿hace cuánto que no sabes nada de ella? —me preguntaban.

domingo, 29 de marzo de 2020

Cuentos de ida y vuelta (y III)


CUENTOS DE IDA Y VUELTA

Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col Vincapervinca, 2010, 305 págs.
Edición, introducción y notas de Antonio María Flórez

   Cuentos de ida y vuelta, que publica ahora la Editora Regional de Extremadura en su colección Vinvapervinca, reúne dos libros de cuentos: El sombreo negro, de la escritora mexicana Mónica Lavín, y Ouija y otras ficciones del colombiano Octavio Escobar. En la amplia y documentada Introducción que abre el volumen (“El cuento de allá”), Antonio María Flórez traza un recorrido sobre el género en Hispanomérica para centrarse después en  los países de los autores seleccionados.
   Refiriéndose al panorama colombiano más reciente, en pleno siglo XXI, el editor literario se remite a Orlando Mejía, quien “habla de una Generación mutante que representa una estética de ruptura con respecto a la narrativa colombiana tradicional por lo que implica de transformación genética e hibridación de especies, ‘lo que llevado a la literatura representa la hibridación de géneros, la mixtura de códigos culturales que han sido aprehendidos y la superación de los límites clásicos de lo que es literatura y no lo es’”. A lo que nosotros agregamos: “Mutación, en fin, de los horizontes de la escritura u ruptura con el pasado tanto en lo formal como en lo conceptual, y donde la figura apabullante de García Márquez ya no abruma ni condiciona como antes” [“El cuento colombiano”, pp. 51-52].
   En el rico panorama actual de narradores colombianos sobresale Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962), uno de los autores más reconocidos dentro y fuera de su país, también en España, que ha visitado en varias ocasiones, donde la editorial cacereña Periférica ha publicado dos de sus títulos, Saide en 2008 y Destinos intermedios en 2010, en tanto Antonio María Flórez seleccionó El álbum de Mónica Pont en Transmutaciones, una antología de la literatura colombiana actual publicada por la Editora Regional de Extremadura. Otras novelas suyas son El último diario de Tony Flowers (1995), Folletín de Cabo Roto (2007), Destinos intermedios (2010), Cielo parcialmente nublado (2013), Después y antes de Dios (ganadora del premio internacional “Ciudad de Barbastro” de 2014 y Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura de 2016) y Mar de leva (2018).
   Paralelamente a sus novelas, el narrador colombiano también ha publicado relatos en libros como El color del agua (1993), La posada del almirante Benbow (1997), De música ligera (1998, premio nacional de literatura del Ministerio de Cultura) y Hotel en Shangri-Lá (2004).
   Octavio Escobar es autor de dos poemarios, La manzana oxidada (1997, junto con otros dos poetas caldenses, Flobert Zapata y Alberto Verón) e Historias clínicas (2016) y en el ámbito de la literatura juvenil ha publicado Las láminas más difíciles del álbum (1995), El mapa de Sara (2016) y El viaje del príncipe (2019).
   Ouija y otras ficciones reúne doce relatos de distinto perfil y diversos motivos que vienen a confirmar la notable versatilidad de un autor que domina los más variados registros de la lengua. Reproducimos  el microrrelato con que se abre el volumen, que nos introduce sin preámbulos en ese mundo turbio de violencia (tema asimismo del relato que presta título al libro), aceptada con la resignada naturalidad de los hechos cotidianos por sicarios y víctimas.
  
CALIBRE 5.56

   Una bala es un plomo que viaja a la velocidad de la luz. Algunos dicen que su impacto duele, otros que se siente como una quemadura. Cuando el disparo de un fusil de la OTAN que alguien robó en Ankara perfora los músculos que han hecho que los vecinos digan que eres el Messi del barrio, sabes que estás en problemas. Si el gatillo lo oprimió tu primo Alfonso, capitán del equipo de fútbol del Distrital, tu colegio allá en Colombia, hace siglos, duele más.
   Alfonso vive en Barcelona desde hace tres años, en un apartamento que queda en el Raval. Cuando llegué, me alojó varias semanas. Las escaleras huelen a orines y las paredes son irregulares, pero arriba se duerme bien y a las turistas les gusta subir y se dejan hacer, aunque no entiendan tu idioma.
   Alfonso embarazó a una puertorriqueña y se enamoraron. Hace dos meses Deliana me celebró los veinte años como si fuéramos hermanos. Yo la miré toda la noche y envidié las manos de mi primo. No le conté a nadie cuál fue mi deseo al soplar las velas.
   Un detective corrupto le advirtió a uno de nuestros socios catalanes que la policía está al tanto de nuestras rutas. Deliana quiere una vida legal.
   Me ordenaron matar a mi primo. Lo cité en la bodega. Yo disparé cuatro veces antes de caer sobre el piso de cemento. Mientras corría a esconderme tras unas cajas de contrabando, vacié el resto del cargador.
   Lo reemplacé, pero Alfonso me llegó por la espalda y pateó mi Beretta.
   Según nuestros pasaportes nacimos en Bogotá. Le dije que me gustaban las tetas y el culo de su mujer porque no quería tener dudas respecto a dónde moriría.

sábado, 28 de marzo de 2020

Cuentos de ida y vuelta (II)


CUENTOS DE IDA Y VUELTA

Mónica Lavín / Octavio Escobar
Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col Vincapervinca, 2010, 305 págs.
Edición, introducción y notas de Antonio María Flórez

   Cuentos de ida y vuelta, que publica ahora la Editora Regional de Extremadura en su colección Vinvapervinca, reúne dos libros de cuentos: El sombreo negro, de la escritora mexicana Mónica Lavín, y Ouija y otras ficciones del colombiano Octavio Escobar. En la amplia y documentada Introducción que abre el volumen (“El cuento de allá”), Antonio María Flórez traza un recorrido sobre el género en Hispanomérica para centrarse después en  los países de los autores seleccionados. En el caso mexicano, el estudioso, al referirse al  panorama más inmediato recoge dos citas que reproducimos: “Veinte años después, Ramón Alvarado [“El crack: veinte años de una propuesta literaria”] reflexiona sobre su papel como un movimiento de importancia en la transmisión hacia el nuevo siglo de la literatura mexicana: ‘Esta es una literatura a partir de la cual podemos hacer un balance de los cambios más importantes de los aspectos culturales, sociales, ideológicos” ocurridos en el país en los últimos años y concluir adhiriéndose a lo expresado por Chávez Castañeda [El cuaderno de las pesadillas]: ‘La expedición a la narrativa mexicana del tercer milenio termina donde el porvenir comienza. Ante nosotros quedaron abiertos una infinidad de posibles futuros” y una narrativa, una cuentística, de gran vigor y auspicioso futuro” (“El cuento mexicano", p. 41].
   Dentro de este prometedor panorama del género, Mónica Lavín (Ciudad  de México, 1955) es una de sus más destacadas representantes. Bióloga de formación y profesora-investigadora desde 2005 de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en la Academia de Creación Literaria, ha conducido varios programas de entrevistas a escritores tanto en radio como en televisión y es columnista del diario El Universal. Desde 1986 en que aparece su primer volumen de relatos, Cuentos del desencuentro y otros, ha desarrollado una nutrida trayectoria con obras ensayísticas (Apuntes y errancias, 2009; Cuento sobre cuento, 2014…), novelas (como Café cortado o Yo, la peor sobre Sor Juana Inés de la Cruz, ambas premiadas) y, de modo especial, el cuento, con títulos como Nicolasa y los encajes (1991), Ruby Tuesday no ha muerto (1996), Uno no sabe (2003), La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert (2008), Pasarse de la raya (2011) o Manual para enamorarse (publicado en España en 2012 y en México en 2013).
   Sobre el género que ha cultivado de modo preferente, el editor literario recoge un par de citas que definen su concepción del relato: “El cuento es un género de intensidad… es un género de golpe” mientras que la novela es un género ‘de acumulación hasta crear personajes con una estructura que sea poderosa y que cuente una historia […] el cuento es un género en vilo, anda por la cuerda floja con la gracia perfecta del equilibrista, la caída es mortal o inapelable. Nada debe sobrar, nada debe faltar al cuento y sin embargo debe denotar una prosa tersa y fluida. La dosis entre lo descarado y lo oculto es la facultad de la intuición y el oficio”[pp. 59-60].
    El sombrero negro reúne diez relatos que vienen a confirmar estas consideraciones. De uno de ellos, “Uno no sabe”, reproducimos la apertura en que el narrador, un niño, sufre una pérdida irreparable que le llevará a crecer urdiendo una terrible forma de venganza.


UNO NO SABE

   “Uno sabe que un día se irá a la cama y cuando despierte papá pondrá los cereales en la mesa nervioso y sin haberse rasurado, las hermanas hablarán en voz baja y nadie dirá que mamá no está. Uno se irá a la escuela pensando que la verá al volver, pero será Trini quien abra la puerta del departamento, sirva la sopa fideo y rezongue porque de ese día en adelante le toca disponer como si fuera la señora de la casa. Uno piensa que alguien lanzará algo, un quejido, una pregunta, un plato porque una madre no puede irse así. En vez, las hermanas acarician la cabeza de uno, y papá llega por la noche a preguntar sobre la escuela y el futbol con impostado interés. Sentado al borde de la cama no se fija que uno no se lavó los dientes y parece que va a comenzar a explicar algo, pero los ojos se extravían entre las repisas con coches de juguete y suelta un buenas noches apresurado. Uno no sabe que el silencio será la explicación, que todos andarán como si la voz de la madre ausente fuera humo, como si los domingos siempre hubieran sido cuatro a la mesa, como si vendieran los calcetines con hoyos y fuese normal que Trini lo llevara al doctor en un taxi. Y uno irá a la escuela con los ojos como platos, con el asombro pegando las pestañas a los párpados porque nadie se ha atrevido a llorar, a patear las puertas, porque el único cambio visible son las fotos removidas. Sólo en el buró del padre está una en blanco y negro donde se miran los dos alegres, sentados en una banca. Vestigios de su madre en el cuarto que poco frecuenta uno, porque más vale no naufragar en el tamaño de la cama, en la doble almohada ni tras las puertas del clóset. Uno ni siquiera sabe si allí todavía cuelgan sus vestidos porque las hermanas se han encargado de echar llave, y son ellas las que van a los festivales de la escuela, firman las calificaciones, hablan con las maestras. El padre callado pasea por la casa como telón de fondo; uno supone que es la única forma posible de aceptar que no hubiera un beso de despedida” [pp. 179-180].

viernes, 27 de marzo de 2020

Cuentos de ida y vuelta


CUENTOS DE IDA Y VUELTA

Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Vincapervinca, serie “Letras americanas”, 2010, 305 págs.
Edición, introducción y notas de Antonio Mª Flórez

   Antonio María Flórez (Don Benito, 195) es autor de una nutrida trayectoria de obras literarias que se ha abierto a géneros como el ensayo (Dalí. El arte de escandalizar, 2004; Estudios marginales de Francisco Valdés, 2018), el relato (Desde entonces vivo  para el dolor, 2018) y, especialmente, la poesía, con títulos como El arte de torear (2002), Desplazados del paraíso (premio nacional de poesía “Ciudad de Bogotá” de 2003, publicado ese año en Colombia y en 2006 en España), En las fronteras del miedo (2013, finalista del premio nacional de poesía del Ministerio de Cultura de 2015) o Sueños eróticos de un adolescente empedernido (2016).
   Paralelamente a esta trayectoria que hemos reseñando de modo sucinto, Antonio María Flórez viene realizando desde hace años una notabilísima tarea de aproximación de los panoramas literarios de Colombia y España, una labor que el autor inicia a fines de la década de los ochenta con la creación de la Asociación Colombo-Española de Manizales, la puesta en marcha de la Semana de España en Manizales, la publicación de una revista (Aurocarbónica) y la difusión de nombres de la literatura extremeña en diversas publicaciones colectivas como revistas académicas y suplementos culturales (Hipsipila, Papel Salmón, suplemento del periódico La Patria…).
   En 1999, el Fondo de Publicaciones del Ayuntamiento de Don Benito publicó Estrechando círculos, una antología de relatos en que colaboraron narradores extremeños y caldenses (el volumen fue presentado en Don Benito, en Bogotá y en Manizales). En 2009, en la colección "Letras americanas" de la Editora Regional de Extremadura, Antonio María Flórez publicó Transmutaciones, una antología de literatura colombiana actual que recogía obras de Adalberto Agudelo DuqueTriunfo ArciniciegasOctavio Escobar GiraldoOrlando Mejía Rivera y Andrea Cote Botero.
  En septiembre de 2016 varios escritores extremeños fueron invitados a la Feria del Libro de Manizales y, días después, un numeroso grupo de creadores de la región (escritores, editores, historiadores, representantes políticos, músicos, directores de cine, cocineros) acudieron a la Fiesta del Libro y de la Cultura de la ciudad de Medellín a la que Extremadura había sido invitada. Por el pabellón, en el Patio de las Azaleas, que incluía dos exposiciones fotográficas y una amplia muestra bibliográfica de autores extremeños (regalada posteriormente a las bibliotecas de la ciudad) pasaron unas sesenta mil personas a lo largo de la Fiesta.
   En 2919, publicado por la ACEM ((Asociación Colombo-Española de Manizales), apareció Mirándonos. Leernos, musicalizarnos,interpretarnos. Hermanamiento poético-musical entre creadores extremeños y antioqueños, un volumen que recoge composiciones de autores de autores del departamento de Antioquia y de la comunidad autónoma de Extremadura.
   Ahora, la Editora Regional de Extremadura publica en su colección Vincapervinca (serie “Letras americanas”) Cuentos de ida y vuelta, un bellísimo volumen que recoge dos libros de cuentos: El sombrero negro, de Mónica Lavín (Ciudad de México, 1955) y Ouija y otras ficciones de Octavio Escobar (Manizales, Colombia, 1962), que comentaremos en otra ocasión. En la introducción (“El cuento de allá”), Antonio María Flórez realiza un concienzudo estudio sobre los orígenes del género (que se consolida en Europa con los autores románticos y con la aportación de Allan Poe en América), sobre los numerosos intentos de definición de esta proteica forma literaria tanto por parte de teóricos como de los propios cultivadores (“Teoría del cuento”) y sobre el desarrollo del género en los países hispanoamericanos, desde los nombres más relevantes del siglo pasado (Borges, Cortázar, Rulfo y García Márquez) hasta los autores  más jóvenes: “Tanto Mejía [Orlando Mejía Rivera] como Prado [Agustín Prado Alvarado] señalan algunos nombres relevantes en las nuevas generaciones del siglo XXI: Héctor Abad Faciolince, Julio Paredes, Juan Diego Mejía, Octavio Escobar, Philip Potdevin, Jorge Franco, de Colombia; Aurora P. Córdoba, Cecillia Eudave, Álvaro Enrigue, José Alberto Castro, Guadalupe Nettel, Antonio Ortuño, Yuri Herrera, de México; Jeremías Gamboa, Katya Adaui, Claudia Ulloa, de Perú; Magdalena Baudion, Liliana Colanzi, de Bolivia; Guillermo Martínez, Samantha Scheblín, Mariana Enríquez, de Argentina; Alejandra Costamagna, Andrea Jeftanovic, de Chile; Gabriela Alemán, Mónica Ojeda, de Ecuador; más un largo etcétera, que habla de la vitalidad del género en el continente” [p. 30].
   La introducción aborda en un segundo bloque el análisis del panorama del cuento en México y en Colombia y de los dos libros seleccionados.

jueves, 26 de marzo de 2020

Badajoz. Los años del seiscientos


BADAJOZ. LOS AÑOS DEL 600

Gordon Haskel
Badajoz, Ediciones LaCalle, 2019, 136 págs.

   Con el seudónimo habitual de Gordon Haskel (nombre del músico y compositor británico, solista tras formar parte del grupo King Crimson), Rafael Gordon (Valverde de Llerena, 1962) es autor de poemarios como Aroma de crepúsculo ((1992), Escrito en los bares y otros poemas que el tiempo secuestra en la memoria (1994), Escúchame, soy tu sombra (Sala Tragaluz, 1996), Cartas en la manga (Nuevas Letras, 2004), A las diez (2009) y La senda urbana (2016). Autor de letras de canciones para el grupo Inlavables, de textos dramáticos para los alumnos de  la sala Aftasí, publicó, durante los dos años en que residió en Chipiona, dos libros sobre el pueblo gaditano: Chipiona, la gente que hizo un pueblo y Chipiona, la memoria del tiempo.
   De nuevo en la capital pacense, Gordon Haskel compuso Badajoz, la huella del tiempo, un libro de recuerdos, aparecido en 2017, basado en textos e imágenes de la ciudad desde principios de siglo hasta el presente. Emparentado con este último título se halla Badajoz, los años de seiscientos, publicado el año pasado, que utiliza como referente la aparición del que sería el más popular automóvil de la época, salido de la fábrica Seat de Barcelona en el mes de mayo de 1957. “El primer bloque –anuncia el autor en unas “Notas a modo de prólogo”- se centra en los años anteriores a la aparición del Seat seiscientos, haciendo un recorrido por calles y lugares emblemáticos de  la villa a través de la fotografía y el relato  de personas que vivieron en primera línea acontecimientos y cambios de la ciudad.
   El segundo bloque narra y describe los momentos de sus habitantes en la etapa en que aparece el 600 y su posterior desaparición” [p. 6]
   Pero, a semejanza de las antiguas misceláneas, el libro contiene otros bloques de interés, como el que recuerda a los cantantes y grupos de estos años (Porrina de Badajoz, Nando Juglar, Glorys Club, Los Sherpas, Los Aukas, Los play Boys, Acción Rock Band, Los Kindler o Los Walker) o una pequeña antología de poetas locales cuyas composiciones son ilustradas con imágenes de la ciudad. En el volumen, en cierta medida coral, han colaborado con el autor numerosas personas entre las que sobresalen Pedro Calvo Moreno (creador del grupo “Este es mi Badajoz”), Manuel Sordo Osuna (fotógrafo, gerente de Galería Acuarela), Chema Blanco (fotografía de contraportada), José Antonio Aguado Ortega (encargado de archivo de prensa del diario Hoy), Juan Carlos Vidarte Rebolllo (fotógrafo) y Antonio García Salas (creador de “Badajoz, Corazón Ibérico”).
   Reproducimos uno de los lugares más emblemáticos del Badajoz antiguo (el Arco del Peso y las Casas Mudéjares).