jueves, 12 de septiembre de 2019

Día de Extremadura en Don Benito



   El pasado domingo, día ocho de septiembre, se celebró en la Plaza de España de Don Benito el acto conmemorativo del Día de Extremadura con la asistencia al mismo de las autoridades de la Corporación Municipal. Tras la intervención de Luis María Gómez Canseco, Catedrático de Literatura de la Universidad de Huelva, se procedió al izado de banderas al tiempo que la Banda Municipal de Música de Don Benito interpretaba los correspondientes himnos: las atleta Raquel Gómez Martín izó la bandera de España; Francisco Javier Fernández Martín y Amalia Sánchez-Miranda Cabanillas, del Club Acuarun, la de Don Benito, y Marisa Sánchez Barbero, presidenta de AMAL (Amigos y Amigas del Pueblo Saharaui), la de Extremadura. El himo de la región fue interpretado por Jesús de la Elía.
  






martes, 10 de septiembre de 2019

lunes, 9 de septiembre de 2019

Marquetalia, tus hijos te decimos



MARQUETALIA, TUS HIJOS TE DECIMOS

Antonio María Flórez
Don Benito, ACEM, Col La cigüeña de cristal 2019, 62 págs.
Preliminar del autor

   Hijo de madre extremeña y padre colombiano, Antonio María Flórez (Don Benito, 1969) pasa su infancia en Marquetalia (Colombia), pero recibe su formación académica de grado medio en los centros docentes de Don Benito. Circunstancias biográficas posteriores le han llevado a alternar estancias en Colombia y España, lo que lo ha convertido en privilegiado testigo del panorama cultural de los dos países.
   Además de varios ensayos (como Dalí. El arte de escandalizar, 2004 o Transmutaciones. Literatura colombiana actual, 2009) y numerosas colaboraciones en obras colectivas (antologías de cuento y de poesía, revistas…) ha publicado hasta el momento los siguientes libros de poesía, galardonados con premios de reconocido prestigio: El círculo cuadrado (1987), En cámara lenta, junto con el escritor Flobert Zapata (1989), Epigolatría (1993), ZOO (poemillas de amor antiecológicos) (1993), El bar de las cuatro rosas (1995) y Antes del regreso (1997).
A este libro le siguieron títulos como El arte de torear (2002),  Desplazados del paraíso (premio nacional de poesía “Ciudad de Bogotá” de 2003, publicado ese año en Colombia y luego en España en 2006), Marquetalia (Un pueblo que rabia) (2003), Corazón de piedra (2011), Tauromaquia (Antología Trema)(2011), Bajo tus pies la ciudad (2012), Sabe que su mirada (2014), La muerte de Manolete. Crónica en escena (Don Benito, 2014), En las fronteras del miedo (2013, finalista del premio nacional de poesía del Ministerio de Cultura de 2015) y Sueños eróticos de un adolescente empedernido (2016).
   Como narrador, ha publicado sus relatos en antologías como Cuento caldense actual (1992), Estrechando círculos (1999), La narración corta en Extremadura (2000) y Ficciones (2001). En 2018, la editorial De la Luna libros publicó un volumen de relatos, Desde entonces vivo para el dolor
   Ahora la Asociación Colombo-Española de Manizales publica en la colección La Cigüeña de Cristal Marquetalia, tus hijos te decimos, un breve poemario con composiciones que tienen como referente la ciudad de Marquetalia, en el departamento de Caldas, tan unida a la vida del poeta, “famosa por sus leyendas indígenas, por su gesta fundacional, por su oro, su café; pero también por sus avatares políticos, sus desplazamientos y sus tragedias; es la síntesis pertinaz y simbólica de la historia nacional” [Nota de contraportada].
   Reproducimos uno de los poemas.


¿Este es mi pueblo?

¿Este es mi pueblo?
¿Esta es mi patria?
No. Me resisto a aceptar
que esta porfía de odio,
de pendencias y rencores,
sean mi pueblo y mi patria.

   No. La vida es otra cosa:
eran aquellas nubes
que vagaban perezosas
por el cielo diáfano y azul
de mi lejana infancia,
eran los pájaros y trinos
que adornaban el verde esmeraldado
de los campos florecidos de mayo,
eran las calles polvorientas
pobladas de hermosas muchachas,
de ancianos recordantes
y niños soñadores.

No. La vida es otra cosa:
es levantarse al alba
y descubrir el vigor
de los días que nacen,
es caminar la mañana sin prisa
y ver cómo la luz del sol
se desliza radiante por el agua calma,
es llegar al ocaso
con la sonrisa amplia,
un beso en los labios
y miles de abrazos en el alma;
es llegar a la noche
con los sueños intactos,
la palabra plena
y el corazón gozoso,
cantando orgulloso
el claro nombre en paz
de mi pueblo y mi patria.

jueves, 5 de septiembre de 2019

miércoles, 28 de agosto de 2019

Mirándonos



MIRÁNDONOS
Leernos, musicalizarnos, interpretarnos
Hermanamiento poético-musical entre creadores extremeños y antioqueños

Selección, introducción y notas bibliográficas de Antonio María Flórez
ACEM (Asociación Colombo-Española de Manizales), 2019, 122 págs.

   Mirándonos es el título del último proyecto colectivo del escritor hispano-colombiano Antonio María Flórez, que involucra a creadores de distintas áreas (poetas, artistas visuales, cantantes y músicos) con el objetivo de aproximar la cultura colombiana y española, una tarea que el autor inicia a fines de la década de los ochenta con la creación de la Asociación Colombo-Española de Manizales, la puesta en marcha de la Semana de España en Manizales, la publicación de una revista (Aurocarbónica) y la difusión de nombres de la literatura extremeña en diversas publicaciones colectivas como revistas académicas y suplementos culturales (Hipsipila, Papel Salmón, suplemento del periódico La Patria…). En 1999, el Fondo de Publicaciones del Ayuntamiento de Don Benito publicó Estrechando círculos, una antología de relatos en que colaboraron narradores extremeños y caldenses (el volumen fue presentado en Don Benito, en Bogotá y en Manizales). En 2009, en la colección "Letras americanas" de la Editora Regional de Extremadura, Antonio María Flórez publicó Transmutaciones, una antología de literatura colombiana actual que recogía obras de Adalberto Agudelo Duque, Triunfo Arciniciegas, Octavio Escobar Giraldo, Orlando Mejía Rivera y Andrea Cote Botero.
  En septiembre de 2016 varios escritores extremeños fueron invitados a la Feria del Libro de Manizales y, días después, un numeroso grupo de creadores de la región (escritores, editores, historiadores, representantes políticos, músicos, directores de cine, cocineros) acudieron a la Fiesta del Libro y de la Cultura de la ciudad de Medellín a la que Extremadura había sido invitada. Por el pabellón, en el Patio de las Azaleas, que incluía dos exposiciones fotográficas y una amplia muestra bibliográfica de autores extremeños (regalada posteriormente a las bibliotecas de la ciudad) pasaron unas sesenta mil personas a lo largo de la Fiesta.
   Compartiendo este mismo propósito de aproximación entre las dos naciones, ve la luz ahora este librito que recoge composiciones de autores de la Comunidad de Extremadura y del departamento de Antioquia musicadas por Mamen Navia y Juan María García. Por el lado antioqueño colaboran Piedad Bonnett, Jaime Jaramillo Escobar, Juan Manuel Roca, Lucía Estrada, Juan Felipe Robledo y Maruja Vieira. Los colaboradores extremeños son Basilio Sánchez, Álvaro Valverde, María José Flores, Irene Sánchez Carrón, Efi Cubero, María Rosa Vicente y Antonio María Flórez.
   El libro recoge también muestras de artistas visuales como Antonio Gómez, Paco Señor, Tulio Restrepo, Claudia Hincapié, y cuenta con la colaboración especial del fotógrafo Daniel Mordzinski.
   Reproducimos tres poemas, de Antonio María Flórez (editor del libro y autor de las imágenes), Álvaro Valverde y Juan Manuel Roca.







Mirándonos se presentará el día 12 de septiembre en la ciudad de Medellín (Colombia) en la sala Restrepo del Jardín Botánico.

lunes, 26 de agosto de 2019

Ahora


AHORA

José Antonio Zambrano
Valencia, Ed. Pre-Textos, Col. La Cruz del Sur, 2019, 71 págs.
Prólogo de Luciano Feria

   Reconocida su trayectoria poética con premios como el Ciudad de Badajoz (1989), el premio Constitución (1993) o el premio Extremadura a la Creación (2010), José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, 1946) ha sido incluido en todas las recopilaciones antológicas elaboradas en la región desde la ya lejana Poesía extremeña actual de 1977. Desde entonces ha ido entregando con una sostenida regularidad sus poemarios: Canciones y otros recuerdos (1980), Sonetos (1982), El libro de las murmuraciones (1984), Poemas de la espera y el canto (1984), Pavana para una voz y musas (1985), Coplas de la bella Edinda (1987), El rostro conocido (1989), Como una presunción (1994), Diario de los sitios (1995), La mitad del sueño (1999), Después de la noche (2000), la antología Poesía (1980-2000) al cuidado de Miguel Ángel Lama, Amor mío, la vida (2003), Las orillas del agua (2003), Soleares. A cantar las doce (24), Treinta minutos de libertad (2006), Apócrifos de marzo (2009), Tonás de los espejos (2013) y Lo que dejó la lluvia (2014).
   Su último libro, aparecido en la editorial valenciana Pre-Textos, es Ahora, con un prólogo de Luciano Feria titulado “Vivir simplemente. Dialéctica de la poesía en José Antonio Zambrano”, en el que el escritor segedano considera sobre su tarea poética: “De las muchas dimensiones conceptuales y emotivas que han sostenido la batalla dialéctica de José Antonio Zambrano, por ejemplo, la contienda entre el deleite de la palabra y la tortura de su consecución, o entre la luminosidad de reavivar los rescoldos del tiempo y el espejismo último de una experiencia así, la artística, tal vez a la postre inútil, personalmente yo destacaría como trascendental en sus zozobras la que han entablado poesía y vida, pasado y presente, como binomios colosales que han incendiado el alma del poeta durante estos años”. Su última entrega, “Ahora, es el intento y la realización por parte del poeta de vivir con la máxima plenitud el tiempo presente sin renunciar a la llamada contradictoria, agridulce, de la escritura”.
   Reproducimos una de las composiciones del libro.

TARDES DE ABRIL

Y ahora
disculpad esta presencia,
la mía,
la que no dice nada de sus culpas
como si no existieran
después de lavarlas
en el fondo de un río.

Bien sé
que lo que guardan los ojos
no sirve,
y que la nobleza no está en callar
y sí en las palabras que la salvan:
las usadas por un sol recién nacido
que nunca buscaron su rendición,
más bien se enaltecieron
ante el olor de su víspera.

Ahora
sobre lo raído
de un convencimiento,
caben algunas tardes de abril
distintas de otras veces.

martes, 20 de agosto de 2019

Imágenes



Imágenes

   Pasa estos días de julio en Valdecerillos, la casa de sus abuelos maternos. Ha sacado una tumbona a la terraza de pizarra frente a la fachada de la vivienda y mientras vigila el riego de los aspersores continúa la lectura de una novela recién aparecida, Mañana sin falta, de Justo Vila, que traza la andadura de una familia zarandeada por la historia, por la tiranía del poder político y las acechanzas depredadoras de los poderes económicos. En una torre que acaba de comprar suena Camarón de la isla y su Leyenda del tiempo: “yo no sé quién soy / ni lo pretendiera”, una respuesta a una pregunta que él no suele hacerse.
   Recuerda entonces el comentario de Rafael Sánchez Ferlosio a la máxima o aforismo “Conócete a ti mismo” atribuida a Heráclito (y a Quilón de Esparta, Sócrates, Pitágoras…): “Sí, hombre, como si no hubiese cosas más interesantes que conocer”. Piensa que él está más próximo a este lema, que tal vez baste un somero conocimiento de uno mismo, como si su vida respondiera a la encarnación de un gesto. Pero, ¿puede reducirse una vida humana a un ademán, a un gesto escultórico detenido en el tiempo, como Nietzsche abrazando al caballo castigado por su dueño, como Rosa Parks negándose a ceder su asiento a un hombre blanco en un tranvía de Montgomery?
   Si piensa en su abuelo paterno, ese gesto sería un puño levantado hacia el cielo y un grito: “¡Deus, Deus!” (es una luminosa madrugada de abril, sin una sola nube en el cielo, y la sequía está arruinando la cosecha). De su abuela materna, enferma de Parkinson, también recuerda un gesto de sus manos: tiene asida una taza de loza con solo un poco de café en el fondo y a pesar de eso vierte parte de su contenido. Dice de sí misma con una sonrisa que tiene los ojos del color das coves (son intensamente azules) y que su hijo Angelito nació por el tiempo de los membrillos. De su abuela materna le han referido su espíritu de lucha y de resistencia cuando, tras perder a su marido, tuvo que sacar adelante a tres hijos pequeños y atender un patrimonio que por aquel tiempo gestionaban los hombres. De su madre, tiene un recuerdo infantil que ella le ha contado en varias ocasiones. Cuando la familia fue evacuada de la campiña en el verano del 36, su madre llora acariciando a la gata diciéndole: “Penda, penda, tu é a que pagas, que venhen os fascistas e máten-te” (y entonces su madre la reprendía: “los fascistas no matan gatos”). A su abuelo Simón no llegó a conocerlo: murió en 1944, a los cincuenta años, once de nacer él.
   ¿Y su padre? ¿A qué gesto quedaría asociado?
   Su madre y su hermana conservan numerosas fotografías familiares, vídeos e incluso grabaciones con su voz. De todos estos documentos, los más valiosos son, claro, los más antiguos: viejas fotografías en blanco y negro de su padre en la cama de un hospital con el brazo derecho escayolado apoyado en la rodilla (en unos ejercicios militares reventó el proyectil de un obús y recibió una herida en el brazo derecho que le fue compensada con una visita de sus jefes al hospital y un mes de permiso), con su madre el día de la boda, al frente de la comitiva de invitados, vestido vagamente de gaucho en un ambiente de feria, con el abuelo y todos sus hermanos, con toda la familia en el patio de casa…
   Pero junto a estos documentos conservados en distintos soportes (papel, cintas de audio y de vídeo) él también guarda un pequeño álbum de imágenes que captan instantes congelados en el tiempo y que vivirán con él hasta que la muerte o una inhumana enfermedad le borre la memoria. He aquí algunas:
   En una tarde calma, junto a un montón de trigo, su padre se apoya con los antebrazos en el filo de una pala de madera y silba mirando al sol de poniente llamando al viento; esto es, imitando su sonido, mientras dice: “Esto ya lo hacían los antiguos”. Expresiones suyas, muy repetidas eran “¡Malagueña, malagueña!” para expresar contrariedad (cuando una tuerca, por ejemplo, se resistía a una llave inglesa), “esto es una república” ante cualquier desorganización (el DEL aún conserva para la palabra “república” en su sexta acepción el significado de “lugar donde reina el desorden”) o enunciados que él interpretaba a duras penas por el contexto: “Por esa barrera, suay, suay”. Mucho más tarde encontró esta expresión en un libro, El desastre de Annual, de Ricardo Fernández de la Reguera con el significado “despacio, despacio” (una palabra magrebí que debió entrar con los soldados españoles enviados al Rif).
   A veces proponía las adivinanzas que recordaba de su juventud: “-¿Dónde vas, pastor de las veinte ovejas? “Veinte, no; con estas, otras tantas como estas y la mitad de estas irían veinte”.  Le agradaba repetir el estribillo de un cuento en que un español lleva en una mula una banasta llena de ratas y anuncia la mercancía por las calles de Lisboa: “Ratos, ratas, brancos, pretas, maritetas, pardas, lombardas, canas, galanas, de todas as maneras que o senhor as quera”. Era muy amigo de repetir sus sentencias preferidas, unas morales,  “hay que dejar un buen barbecho”, “para que te crean hay que tener la liebre cogida por las orejas”, “hasta un grillo se escucha”, “hay que hacer las cosas con jeito”, otras pragmáticas: “por mucho trigo nunca es mal año”, otras humorísticas: “la labor no quiere miserias (y estaba labrando con un cuerno al que había uncido una collera de gatos)”, “en casa no debe haber ni vieja ni candil, la vieja por lo que gruñe y el candil por lo que gasta”. Próximas a ellas, se encontraban los refranes: “más vale una traspuesta que dos asomás”, “paso de buey, ojo de lince, diente de lobo y hacerse el bobo”, “el día de Santa Catalina sube el aceite a la oliva”, “casa en la que vivas, viña de la que bebas, y tierras cuantas veas y puedas, “cuando las palomas torcaces vuelan bajas agua segura”, pero señal más cierta, añadía socarrón, es cuando le sudan los cuernos a las vacas.
   Al amanecer lo llamaba diciendo: “levántate, rapaz, que uno por mucho madrugar se encontró un costal” (la respuesta correcta era: “más madrugó el que lo perdió”). Tarareaba con picardía, que él no podía captar, una quadra portuguesa: “A otra noite sonhei eu / con a minha prima Teresa / y à manha cuando acordei / ainda tinha a vela acesa” y en cierta ocasión, tras un agotador día de caza, cansados y sin una sola pieza, su padre invita a su madre exhausta: “Siéntate aquí, prenda mía, / tú en una piedra y yo en otra, / a contar nuestras desgracias, / que nuestra fortuna es poca”.
   Hay un rasgo que comparten con frecuencia las manifestaciones literarias culta y popular consistente en eludir el objeto o la noción que pretenden comunicar para dejar la tarea de desvelarla al lector. En las adivinanzas populares esa palabra oculta es la solución; es decir, el corazón del poemilla, de modo que la cebolla se esconde tras su propia definición: "En el campo me crié, / atada con verdes lazos, / y aquel que llora por mí / me está partiendo en pedazos". 
   En la literatura culta, los escritores alcanzan resultados que parecen opuestos, pero el mecanismo es similar, de modo que Miguel Hernández, al describir una palmera, puede ocultarla de este modo: "Resuelta en claustro, viento esbelto pace, / oasis de beldad a toda vela /con gargantillas de oro en la garganta”. Por caminos distintos han llegado a una misma intuición: el poder de una noción oculta, de una palabra que deba revelar el lector, es superior al de una palabra expresa, algo que Borges llamó “la fuerza poderosa de lo innombrado”. Precisamente, en un relato del escritor argentino (“El jardín de los senderos que se bifurcan”), un personaje, Stephen Albert, pregunta a un desconocido que lo visita (y lo asesinará): “En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida?’. El visitante reflexionó un momento y repuso: ‘La palabra ajedrez”.
    También él he dejado entre líneas esa “voluntaria omisión” convencido de que si esa palabra, que no aparece escrita por él en ninguna de las páginas de este libro, no es desvelada por el lector de nada servirá que la exprese construyendo con ella un triste lugar común. Así las cosas, quiere cerrar esta entrada con una cita que ya ha usado en alguna otra ocasión, porque, entre otras razones, tampoco contiene esa palabra. Pertenece a José Moreno Villa, quien la utilizó para definir la personalidad de otro extremeño, Enrique Díez-Canedo, y que, creo, bien puede definir asimismo la trayectoria de su padre: “Fue jovial, animoso y poeta, jugó limpio, vivió en impecable lealtad y ponderación, no dejó un solo enemigo”.

lunes, 19 de agosto de 2019

Prospect Park


PROSPECT PARK
Diarios, 2014-2015

Sevilla, Editorial Renacimiento, Biblioteca de la Memoria, 2019, 241 págs.

   Nacido en Toledo en 1948, Hilario Barrero vive en Nueva York desde 1978, en cuya universidad se doctoró con una tesis sobre Félix Urabayen y en donde hasta su reciente jubilación ha dado clases de lengua y literatura españolas. Autor de los libros de poemas In tempori belli (1999, premio de poesía “Gastón Baquero”), Agua y Humo (Cuadernos de Humo, 2010), Libro de familia (Cáceres, 2011), Tinta china (Cylea Ediciones, 2014) y Eduación nocturna (Renacimiento, 2017) ha publicado hasta ahora los diarios Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005) y Días de Brooklyn (2007), todos ellos en la editorial asturiana Llibros del pexe. Más tarde aparecieron Dirección Brooklyn (Universos, 2009), Brooklyn en blanco y negro (Mieres, 2009), NuevaYork a diario (Impronta, 2013) y De Prospect Park a Zocodover (Nueva York, Cuadernos de Humo, 2015) y Diarios (La isla de Siltolá, 2015).
   Pero Hilario Barrero es autor asimismo de traducciones de autores como Jane Kenyon (Otherwise.The poetry of Jane Kenyon, Pre-textos, 2007), Ted Kooser (Delights and Shadows (Pre-textos, 2009), Henry James (El amante de Italia, Grand Tour, 2009), ademas de editor de una antología bilingüe de autores ingleses y americanos titulada Lengua de madera. Antología de poesía breve en inglés (La isla de Siltolá, 2011) y de La esperanza es una cosa con alas, de Emily Dickinson  (2017), Luces y sombras y otros poemas de Nueva York, de Sara Teasdale (2018) y A quien pueda interesar. Antología de poesía en inglés (2018). En la actualidad, dirige la revista Cuadernos de humo.
   Ahora, la editorial sevillana Renacimiento publica su último diario, Pospect Park, que recoge entradas de los años 2014 y 2015. Como en diarios anteriores, acompañamos en estas páginas al escritor en su vida cotidiana en la gran ciudad, como profesor universitario que está a punto de despedirse de su tarea docente, como hombre que se ve empujado al declive de la vejez, que vive el presente acompañado por los recuerdos de su niñez toledana. Si al modo de Jorge Guillén, distinguiéramos en las entradas entre las “fuerzas positivas” y el “coro”, entre las primeras habría que incluir los paseos por calles y parques, la asistencia a exposiciones y conciertos, la reflexión sobre la propia creación litería, sobre los entresijos de la traducción, la contemplación de los paisajes urbanos de la ciudad en las distintas estaciones del año (las vastas nevadas, el frío intensísimo, la defoliación otoñal de los parques…), la amistad, las relaciones laborales (no todas amistosas), el amor como un refugio fiel, los recuerdos de su niñez y su adolescencia en Toledo (la belleza de la liturgia de las festividades religiosas y los amargos recuerdos de una educación coercitiva en una ciudad que acunó su niñez pero, a la vez, acabaría expulsándolo), los viajes a España (Toledo, Gijón, Oviedo)… Al “coro” pertenecen el abandono obligado de sus libros, los numerosos fallecimientos de amigos y seres queridos, las revisiones médicas periódicas y la amenaza cierta de la vejez, convertida en motivo de numerosas entradas: “Un viejo está hecho de enlaces, un viejo tiene faltas de ortografía en la razón, sangres mezcladas, camisas llenas de arrugas y un olor a leche cortada y agria. Ser viejo es ir hacia el abismo, hundirse en las tinieblas, dejar de oír los cantos de sirenas, saberse invisible, cristal empañado de una niebla espesa y grasienta”.
   “Escribir un diario -afirma el escritor- es formular la existencia humana en términos literarios porque la vida es el cuento de nunca acabar”. Los de Hilario Barrero nos entregan, una vez más, una imagen ya familiar para sus lectores, la de un hombre movido por los más nobles impulsos, protagonista de una vida de hábitos reiterados, pero en modo alguno repetitiva: “en Hilario Barrero todos los caminos llevan al asombro y a la melancolía como en Brooklyn todos los caminos llevan a Prospect Park. Hilario Barrero es un caminante con los ojos muy abiertos hacia adentro y hacia afuera. Nada escapa a su curiosidad y por eso nunca deja de sorprendernos y nunca nos cansamos de leerle” (García Martín, J. L. Nota de contraportada). Su  prosa, desde las primeras entregas, ha ido refinándose hasta el punto de que sus textos permitirían en ocasiones su reproducción en verso (“La nieve, como un sastre aplicado, ha trazado con el jaboncillo blanco, en las junturas de las aceras, delicados pespuntes que la tijera del sol, en su momento, convertirá en agua”, p. 14); en otras se aproxima al perfil de las greguerías: “Las lágrimas de la lluvia se columpian en el pañuelo del alambre bordando iniciales líquidas”. Reproducimos la entrada correspondiente al 31 de mayo de 2015.
   
   DOMINGO, 31. Según habían anunciado a las seis, con puntualidad real, unas nubes comienzan a envolver la vista de Manhattan. Avanzan lentas y va cayendo un telón de acero que cubre las antenas de los altos edificios, cruza los puentes, camina entre avenidas, pone visillos a miles de ventanas y, de pronto, la ciudad desaparece. Caen las primeras gotas. Comienza a oler a tierra mojada y las primeras sirenas de ambulancias y bomberos chillan a través de la lluvia. Pasa gente corriendo, un arroyo de agua sucia baja atropellado hasta el desagüe que está atascado de ramas y cartones. Crece un charco que cubre la calle. Los truenos se repiten y la oscuridad hace que la tarde sea noche. Huele el aire a incienso. El vendaval empuja la lluvia como si fuera una bandada de pájaros. De pronto, a lo lejos, tímidamente, aparece una luz como de hojalata, metálica y casi de Sorolla. La oscuridad se evapora y la lluvia descansa. La calle vuelve a llenarse de ruido. El charco de agua negra y sucia desaparece tragado por el drenaje de la calle. Se oyen lejanos, como el ronroneo de un enorme gato, los truenos. Uno que ha estado acompañando la tormenta desde la terraza, entra a la casa con la mirada llena de lluvia y un temblor de sombra mojada. Nota que las secas hojas de eucalipto cargadas de polvo y de tiempo, que duermen en un florero de cristal azul, desprenden un perfume como si hubieran sido recién cortadas. La fuerza de la lluvia les ha dado, momentáneamente, vida. Huele la casa a soledad boscosa. Comienza el acero a deshacerse y deja ver, a lo lejos, la armadura gris de Manhattan” [pp. 175-176].

miércoles, 14 de agosto de 2019

Esencia


ESENCIA

Efi Cubero
Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2109, 202 págs.

   Nacida en Granja de Torrehermosa, Efi Cubero es ensayista, poeta y narradora que ha colaborado con artículos, estudios ensayísticos y entrevistas a personalidades de la literatura y el arte en numerosas revistas (Arquitectura y Humanidades de la UNAM, Letralia, Mitologías, Analecta Literaria, Cuaderno Ático,  Estación Poesía,  El ático de los gatos, Frontera, Cromomagacine, Papel Salmón, Alga, Norbania, Destiempos, En sentido figurado, Turia, Tinta China…).
   Su obra poética, incluida en numerosas antologías y traducida al portugués, francés e inglés se inicia con Fragmentos de exilio (Badajoz, 1992), al que siguieron Altano (Badajoz, Alcazaba, 1995), Borrando márgenes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2004), Estados sucesivos (Architecthum Plus, S. C., México, 2008, con prólogo de Federico Martínez Reyes), Ultramar. Libro de Artista en colaboración con Paco Mora Peral. Castilla-La Mancha, 2009), Condición del extraño (Sevilla, Isla de Siltolá, 2013, con estudio introductorio de Jesús Moreno Sanz) y Punto de apoyo (Mérida, La luna libros, 2014).
   Ahora, Ediciones de la Isla de Siltolá publica Esencia, una compilación de textos ensayísticos sobre creadores visuales, de modo preferente pintores, cuya aportación estética se propone evaluar en unas composiciones fronterizas entre el ensayo y la propia poesía, aproximándose a su ser esencial y singular con una prosa de una notabilísima altura lírica. Son textos reflexivos en los que, dice en su capítulo sobre El Greco, “converso sin prisa alguna”, pues él “tiene toda la eternidad para escucharme y yo solo algunos años para hacerlo”. Aunque carezco de conocimientos bastantes para enjuiciar sus apreciaciones, mi experiencia de lector encuentra constantes hallazgos. He aquí algunos: Caravaggio (“En cierta forma él encarna la audacia, ausente de prejuicios, de la modernidad, también el desarraigo”.), Turner (“Nada somos –nos recuerda el artista- frente a los elementos ni frente a lo poderoso de una naturaleza que a menudo nos traga y zarandea en continuo proceso del cambiante trasiego”), Goya (“Goya desvela igual la carne que la conciencia. Antes que Munch, su grito sin sonido resuena sobre el viento de la idea reflejando impotencias. Mostrando como nadie la crueldad y el valor, la indefensión y el miedo, el horror de la guerra en toda guerra, la mirada invertida de víctima y verdugo”), Dalí (“Simulacros y máscaras. El artificio y la verdad de la creación, su angustia y su grandeza desde el lúgubre juego daliniano”) Antonio López (“Pinta también al hombre y a la mujer, despojados, ajenos y terrosos, con esa claridad que atraviesa los tiempos y nos lleva al silencio austero de las esculturas de Tell el-Amarna”)…
   Reproducimos el capítulo dedicado a Antonio Gómez.

XXXIV

ANTONIO GÓMEZ

   Camina Antonio Gómez con la mirada alerta y es un mirar de fondo y hacia el fondo. Las plumas culebrean para salir del marco, la funda del revólver solo contiene lápices y el mundo es la metáfora de un poema bajo la afilada punta de unos ojos que piensas. Un melón coronado de papel, una estrella de David que se convierte en un anuncio de icónica bebida muy estadounidense, el aire se sostiene en molinillo de papel y, tan calderoniano, todo es sueño y verdad. Reflexión y materia recrean un universo de contrastes y luces, sombras, reverberaciones sobre el enigma de cualquier elemento cotidiano que su interior y sus dedos ágiles transforman en poema y en arte puro. Gómez escribe y escribe y escribe en el insomnio de la incertidumbre mientras los bolígrafos se vacían y él los alinea como soldados en un campo de batallas perdidas, o ganadas, con su carga de indefensión y desnudez perpleja. A veces cierra los ojos para ver mejor mientras que desde el fondo, su Lorca malherido, perfile el trágico perfil de aquella negra España donde lo asesinaron. Siempre la coherencia de ese valor en alza que nada tiene que ver con elementos mercantiles. Una visión de niño con disparos de luz proyecta limpiamente el caminar el hombre y del poeta. Avanza hacia el asombro que le permite pintar el arco iris, indagar en el juego de intereses que la vida perpetra y formar, con dos hojas prestadas de algún árbol, un corazón prendido a un imperdible con la complicidad sencilla del que ama, con la complejidad del ser humano que medita y cavila. Poesía visual, objetual, discursiva, fónica, acciones poéticas, instalaciones y performances, distintos soportes para una dimensión interdisciplinar justifica su larga trayectoria, pero en el fondo, apuntando a ese norte de emoción y razón, solo es poesía desnuda lo que abarca su juego. Verosímil y alucinado huye de pedestales, pisa la tierra con extrañamiento, apunta hacia un objeto y lo trastoca otorgándole un nuevo significado desvelando las capas que en realidad contiene, porque somos naturaleza viva unida a cualquier brizna de tiempo. Antonio Gómez vibra por la cara interior de los matices y encuentra la verdad. Y es que respira, ajeno y desprendido, solidario y humano, dejándonos su luz e incertidumbre.

lunes, 22 de julio de 2019

Los olivos



Los olivos


   Con frecuencia, en vacaciones y fines de semana su padre lo llevaba con él a los olivos. Siempre había algo que hacer aunque fuera algo nimio: guiar las ramas de una higuera plantada en un claro o cortar una vara para un injerto. Recuerda en especial los días de marzo, ventoso y pendenciero, que acamaba las mieses y alborotaba las copas de los olivos. De las lindes volaban espantadas las alondras trinando hacia un cielo por el que cruzaban raudas nubes viajeras, mientras podía oírse por aquellos contornos el canto de la naturaleza en primavera: arrullos, gorjeos, silbos, zureos… En las marrás crecían esparragueras, lirios silvestres, ramitas de espliego, capuchinas de color morado con forma de lamparillas. Entre los sembrados, por la cañada de enfrente, un rebaño de ovejas y corderos subía la ladera embebido en ser muchas cosas felices al mismo tiempo. 
   Uno de los olivares del Cerro de los Bueyes lindaba con una suerte en que el trigo por el mes de mayo encañaba entreverado de avena morisca y llamaradas rojas de amapolas en unas imágenes de una belleza deslumbrante, como si la naturaleza acabara de ser creada. Miraba a su padre entonces y descubría sorprendido en su cara una expresión de contrariedad mientras chasqueaba la lengua con desaprobación.
   Mucho después descubriría que los adolescentes, a quienes daba clase, carecían de conciencia retórica de los textos literarios. En aquellas visitas campestres descubrió que los campesinos no poseen una conciencia estética de la naturaleza como mostraba la cara de disgusto de su padre mirando el trigal: no había curado lo suficiente o lo había hecho tarde, lo que amenazaba con una merma en el rendimiento. Y es que, como afirma Marc Badal en el libro citado, “la mirada del campesino era capaz de captar un cúmulo de significaciones imperceptibles para los demás. Incluso también para los campesinos de otro pueblo. Pero era incapaz de ver aquello que llama más nuestra atención cuando vamos al campo. Lo primero que salta a la vista cuando alguien de fuera contempla un lugar. Especialmente si es de ciudad.
   Los campesinos no veían el paisaje.”
   Pasaba lo mismo allá en las estribaciones de la sierra de La Lamparona, en la Raya. En otoño, los castaños y los nogales teñían de numerosas gamas de ocre sus copas sobre el fondo verde oscuro de los pinares, pero todo lo que un campesino podía contestar frente a un comentario encendido ante aquel espectáculo natural era: “Es lo que tiene octubre”. Formaban parte de esa misma naturaleza y les faltaba un mínimo de distanciamiento para contemplarla como paisaje. Su mentalidad, ya urbana, había disociado la utilidad de la belleza, pero en ellos aún permanecían unidas, y si miraban fijamente la copa de un aliso junto a un regato era para decir cosas como “de esa rama salía un cabo para un zacho”.
   A pesar de haber heredado esa perspectiva campesina, su padre no carecía de sensibilidad literaria. En cierta ocasión descubrió un tercetillo que había escrito en un papel de estraza. Decía así:


“Ya se murió el tío Pulío;
bien lo dicen sus olivos;
así lo dirán los míos.”

   Estos eran los versos  que escribió cuando volvió a casa después de pasarle el rodo a uno de los olivares una mañana de junio. Pero, ¿quién era el tío Pulío?, se preguntó intrigado.
   Pues el tío Pulío, según pudo saber, había sido un olivarero de La Roca de la Sierra que, a pesar de su escaso patrimonio, pertenecía a la a la “élite” social del pueblo, la misma, aunque en un peldaño inferior, de la que formaban parte, por derecho propio, las fuerzas vivas: alcalde y secretario del Ayuntamiento, jefe del puesto de la guardia civil, veterinario, maestro y algún otro profesional liberal. Y es que, como cualquier grupo humano, los pueblos extremeños de los años sesenta habían consolidado desde mucho tiempo atrás una estructura con sus élites y sus marginados. En el ámbito rural, los labradores, propietarios de más o menos fanegas de tierra, nutrían las primeras, en tanto los ganaderos, que aprovechaban los pastos de cordeles, cañadas y veredas, las márgenes de la rivera y arrendaban los rastrojos a partir de junio, pertenecían, junto con los jornaleros que vivían de trabajos estacionales, a los segundos.
   Los labradores, como en todas partes, eran individualistas, celosos de su patrimonio y de su rendimiento, que tendían a encubrir (frente al hombre de ciudad que tiende a exhibirlos), buenos administradores de su hacienda pero inmovilistas (vender una tierra heredada se consideraba una traición a los padres) y reacios a los proyectos colectivos por una profunda desconfianza en los demás, pero de quien más desconfiaban era de los ganaderos. Y es que, como pudo comprobar, sobre ellos siempre recaía en las conversaciones un vago manto de sospecha, nunca concretado, bien porque su ganado, en momentos de descuido o desidia, entrara en una huerta o en un sembrado, o bien porque se contaminaran con la imagen de los serranos y sus ganados trashumantes, de quienes se decía que preguntaban si vivían gitanos en el pueblo y, si era así, robaban y seguían su camino: alguien cargaría con las culpas.
   Pues bien, el tío Pulío, con sus tres o cuatro olivares amorosamente cuidados (era siempre el primero en ararlos, en cortarles los chupones, en podarlos tras la cogida de aceituna), se encontraba instalado, por su condición de propietario y por su seriedad, en lo alto de la escalera social de aquel núcleo urbano anclado en una estructura antiquísima, pero había muerto sin hijos y su padre pudo contemplar una mañana, al pasar junto a uno de sus olivares, el feraz herbazal del abandono. Su padre, que con el tiempo compró varias tierras de labor y siete olivares, lo que supuso su acceso a la “élite” rural desde el territorio de los marginados, tenía dos hijos pero ambos estudiaban fuera, una en Sevilla, otro en Cáceres, y volvió convencido, de un lado, de que sus olivos arrostrarían la misma suerte y, de otro, de que, excepto para los olivos, tal vez eso fuera mejor para todos.
   A diferencia de las tierras de labor, a su hijo siempre le gustaron los olivares, todos parecidos pero todos distintos, así como los nombres de los lugares en que crecían: el Cerro de los Bueyes, el Barro del Prado, el Vegón del Palacito, el Venero del Lobo, las lomas de Malabrigo o las lomas de Charcofrío… y trabajó en ellos desde pequeño realizando todas las tareas: corte de chupones, recogida de aceitunas e incluso injertos para los que no tenía mala mano.
   Su padre los cuidaba muy bien realizando cada labor en su tiempo, pero había dos tareas que dejaba para los días que él pasaba en casa: el uso de la motosierra para talados de enjundia, que no quería hacer solo por temor a un accidente, y los injertos que hacía delante de él para que aprendiera y que con el tiempo le dejó hacer. En los olivares que compró a diversos propietarios había olivos de toda clase, que por la zona recibían el mismo nombre que su fruto: cordobiles, gordales, cornicabras o cornezuelas, verdiales, manzaniles, carrasqueños… y su padre acabó convencido de que las de mayor producción eran las llamadas coloradas, porque las aceitunas pasaban del verde a un color rojo cereza y de ahí al negro. Así que debió hacer numerosos injertos. Para ello, entre los meses de marzo y mayo se cortaba una vara verde y nueva del olivo donante que tuviera varias yemas aún no brotadas y allí donde se acumulaban tres o cuatro se hacían dos incisiones circulares y una vertical y con sumo cuidado se separaba la piel sin tocar con los dedos el interior. En el olivo que iba a recibir el injerto se cortaba una rama gruesa, se separaba la piel haciendo dos o más cortes y se introducía la piel nueva debajo de la vieja apretando esta sobre aquella con varias vueltas de cordel. Después se cubría con papel, nunca con plástico, y a los veintiún días se levantaba para comprobar que habían conseguido engañar al viejo olivo verdial: su savia había hecho brotar las yemas de un olivo de distinta clase.
   Con los años su padre había ido sembrando también otros árboles frutales, de modo que entre el verde grisáceo de las copas de los olivos (aún más gris cuando soplaba el viento pues mostraban el envés de las hojas, como bien vio Lorca al describir una tormenta en “Preciosa y el aire”: “los olivos palidecen”) podía adivinarse en verano el verde intenso de las higueras de Almoharín o de los higos de rey, un par de perales en un lindón cargados de fruto en julio o varias parras madurando sus racimos de uva albilla en septiembre, de modo que si el invierno era el tiempo de la recogida de la aceituna, el verano lo dedicaban a recolectar peras, higos chumbos, racimos de uva de cuelga, higos de rey para hacer casamientos con nueces en Navidad o higos de Almoharín que se vendían para hacer turrón.
   Su dedicación a los olivos era tan intensa que incluso el mismo día de su muerte se empeñó en ir a pasarle el rodo al único olivar que le faltaba por dar, pero la madre se opuso y se enfadó y le regañó diciéndole: “Siempre te quejas de que tus nietos vienen poco y un día que están aquí te quieres ir a trabajar”.
   Poco después, comenzó a sentirse mal.
   Un par de días después de su muerte fue a labrar el olivar que él no había dado y a las pocas vueltas rompió la cuchilla. Bajó del tractor y miró hacia los olivos polvorientos. Sobre el ronroneo del motor al ralentí rayaba la mañana el estridular unánime de las cigarras, sostenido en un único acorde continuado. Se puso de cuclillas junto al apero y con un profundo sentimiento de irritación por su torpeza, repitió los versos ciertos y premonitorios de su padre: “Ya se murió el tío Pulío; / bien lo dicen sus olivos; / así lo dirán los míos”.