CARTAS DESDE PARÍS
María Dolores Olgado
Mérida, Editora Regional de Extremadura, col. Geografías, 2025, 330 págs.
María Dolores Olgado Montero (Arroyo de la Luz, 1960) es licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca y diplomada en Magisterio por la Escuela Normal de Cáceres. Su trayectoria profesional ha estado siempre vinculada a la educación, desempeñando labores como maestra de Educación Primaria en diferentes localidades de Extremadura, y ejerciendo en Mérida los últimos veinte años de profesión. La literatura ha ocupado siempre un lugar significativo en su vida, tanto a nivel personal como lectora, como a nivel profesional, donde ha utilizado los textos literarios como una herramienta fundamental en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Cartas desde París es su primera novela, cuya trama se ajusta por completo al marco de la guerra civil desde el momento en que el protagonista embarca con su ganado en un tren que lo encerrará durante tres años en un Madrid republicano separándolo de su familia. Se suceden, a partir de este momento, episodios situados en distintos entornos habitado por numerosos personajes que dan a la novela un aire de narración coral: miembros de las brigadas internacionales repartidos por los distintos escenarios bélicos, periodistas, milicianos, falangistas, soldados regulares, voluntarios de Auxilio Azul y Cruz Roja… Y todo ello por los entornos campesinos extremeños pronto reprimidos por las fuerzas que apuntalaron el franquismo, el Madrid republicano entre paseos nocturnos y quintacolumnistas, el frente de Teruel con los avances y retrocesos de ejército republicano, hospitales más o menos alejados de los frentes, y el regreso final al ámbito familiar en que reiniciar, tras acusaciones y encarcelamientos, una vida soliviantada por el ventarrón de una historia cainita, pero con un mensaje final esperanzador: “!Se calzó las botas de trabajo y salió. Hacía tiempo que el huerto estaba desatendido. ¡Había mucho trabajo que hacer!” [p. 266]. Reproducimos un fragmento localizado en un Madrid abarrotado de perseguidos y persecutores.
“-¿Posibilidad? -dijo el cuarto hombre, que parecías más entero. Acabamos
de pasar el puente de Vallecas; no existe ninguna posibilidad. Está claro que
nos llevan a la tapia del cementerio.
-¡No
puede ser- -exclamó su compañero, muy alterado-. ¡No se atreverán! Nos acusan
sin pruebas. ¡Yo no he hecho nada…! Nos llevarán a la cárcel, eso es, seguro
que nos llevan allí.
-¡Con la ilusión que tenía
mi Carlitos de empezar la universidad! -dijo el hombre que lloraba, hablando
para sí mismo. ¡Cómo se ha torcido todo, Dios Mío! ¡Qué va a ser ahora de
ellos?
-No
te preocupes, hombre, el Auxilio les ayudará -comentó el sacerdote cogiéndole
la mano-. Ahora tienes que pensar en ti, en prepararte para…
-Entonces,
¿usted también cree…?
-¡Nos
llevarán a la cárcel! ¡Tienen que llevarnos a la cárcel! -estalló Andrés sin
poder contenerse más, sin creer que aquella fuera su última hora.
Durante unos minutos eternos los había estado escuchando en silencio,
tratando de no inmiscuirse en algo que no podía estar ocurriendo, pero su miedo
fue en aumento y al escuchar al sacerdote estalló. […] Se esforzó en pensar en cosas importantes,
pero no podía. ¡Quería recordar! ¡Pensar en las personas que querías! Pero ni
eso podía hacer, porque la atención se le iba a la cara del sacerdote que
bisbiseaba sus oraciones con los ojos cerrados, al llanto desconsolado del
hombre que pensaba en su familia, a la barba sin afeitar y la firmeza que
mostraba el rostro de enfrente… De repente el camión aminoró la marcha, se
detuvo, y todos contuvieron el aliento. Los milicianos que iban en la parte
delantera se bajaron, encendieron unos cigarros y sacaron una botella que
comenzaron a pasarse de uso a otros.
-Esperaremos
aquí a que lleguen los otros -les oyeron comentar-. Es mejor que lo hagamos
juntos, de una sola vez, así se arma menos escándalo. Al fin y al cabo, esos de
ahí no tienen prisa -Y se rieron a carcajadas de su propia gracia.” [pp.
15-16].
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