domingo, 4 de octubre de 2009

Por el camino viejo de Castilla




EL RÍO DEL LOBO

(Un viaje a Guadalupe)


Manuel López Gallego

Mérida, Editora Regional, 2009, 154 págs.

Fotografías de Matilde Pereira


Tras la guerra civil, la literatura viajera, tan cultivada por los hombres del 98, fue revitalizada por Camilo José de Cela con su Viaje a la Alcarria (1948), que aportó el modelo formal al género (un narrador “viajero” que escribe en tercera persona y entabla un diálogo permanente con los habitantes de los lugares visitados), pero fue Campos de Níjar (1960), de Juan Goytisolo, el primero en dotar al relato de una perspectiva testimonial y de denuncia y, por tanto, en convertirse en modelo par los narradores del medio siglo que encontraron en este subgénero narrativo un medio idóneo para levantar acta de una realidad terrible silenciada por la prensa y el poder. Las características comunes a todos ellos fueron la descripción de un recorrido físico por una región (frecuentemente acompañada de mapas y fotografías), el pintoresquismo (que fomentaba la impresión de veracidad: detalles curiosos, notas singulares...), el diálogo con los habitantes (reproducido, con frecuencia, con todas sus imperfecciones), el propósito testimonial y de denuncia (pobreza, abulia, abandono institucional...), una perspectiva crítica no siempre expresa (el autor ve lo que confirma el testimonio que quiere dar: en Caminando por las Hurdes los autores solo muestran cuadros de miseria, en Tierra de olivos solo los humildes ayudan al viajero...), la elaboración artística (no es infrecuente que los episodios se alteren para ofrecen una estructura narrativa coherente)

En Extremadura, el género fue cultivado por Eusebio García Luengo (Cuaderno de las Extremaduras, Madrid, 1962) y Pedro de Lorenzo (Extremadura, la fantasía heroica, 1961), pero fue Víctor Chamorro el más fiel representante de una narrativa testimonial que, en su caso, alterna las descripciones paisajísticas con reflexiones de corte histórico para denunciar la postración y el abandono de la comarca: Las Hurdes, tierra sin tierra (1968), Guía secreta de Extremadura (Madrid, 1976), Extremadura. Afán de miseria (más próxima a un ensayo histórico de título intencionadamente polémico; Madrid, 1979) y Por Cáceres de trecho en trecho (Madrid, 1981).

En el momento actual, este género, desprovisto de fines extraliterarios, parece resurgir con títulos como Carretera y manta. Un viaje entre Badajoz y Alentejo, de Manuel Vicente González [Badajoz, Del Oeste Ediciones, 2004, con fotografías de Antonio Covarsí), La frontera que nunca existió, de Alonso de la Torre (Mérida, ERE, 2007) o los libros de Manuel López Gallego (Camelle, La Coruña, 1960, pero afincado en Villanueva de la Serena): Estaciones del sur (Badajoz, Del Oeste Ediciones, 2005) y El río del lobo publicado ahora por la Editora Regional de Extremadura en su colección “Viajeros y estables”.

El río del lobo, probable sentido etimológico de “Guadalupe”, se inicia en la localidad toledana de Puente del Arzobispo, fronteriza con la provincia de Cáceres, la aldea en que los peregrinos procedentes de Castilla cruzaban el río Tajo para dirigirse al santuario mariano, y es que según recuerda el viajero Teztel en el siglo XV “en ninguna parte de la cristiandad suele haber tan gran concurso de fieles como aquí, por devoción y piedad”. Era el llamado camino de Castilla o camino Real, frente a otros itinerarios, como el camino de Andalucía (que siguieron Colón, Hernán Cortés o Cervantes), el de Portugal, que penetraban en Extremadura por Alcántara o Badajoz, y el de León que entraba por Coria.

Tras cruzar el río, el viaje seguido por el escritor, el mismo elegido por el embajador de Venecia Andrea Navagero en el siglo XVI o Antonio Ponz en el siglo XVIII, se adentra en la comarca de La Jara, atraviesa la de Los Ibores (Bohonal, Mesas, Fresnedoso, Castañar) par allegar, finalmente, a Las Villuercas (Berzocana, Cañamero, Guadalupe).

Con la impresión constante de acompañar al escritor en un viaje real, podemos contemplar con él numerosos lugares de interés de un rincón de Extremadura no visitado por los escritores (salvo Félix Urabayen que ambienta en la comarca de La Jara alguna de sus novelas o Cervantes que lleva a sus personajes, Persiles y Segismunda, a Guadalupe): el templo romano de Augustobriga salvado de las aguas del pantano de Valdecañas, que anegaron Talavera la Vieja; los pueblos semiabandonados o abandonados por completo (La Avellaneda) de Los Ibores, la vía de ferrocarril entre Villanueva de la Serena y Talavera de la Reina que nunca llegó a entrar en funcionamiento, los ríos de las Villuercas (el Ibor y el Almonte, tributarios del Tajo, el Ruecas y el Guadalupejo que vierten sus aguas al Guadiana)..., pero también nos da numerosas noticias históricas de viajeros del pasado o se detiene en la etimología de Guadalupe, muy discutida (río del lobo, río escondido, de los altramuces, del oso, de leche...).

Narrado con una prosa sobria y directa, tan característica del género, López gallego pasea su mirada de testigo curioso, sin presupuestos previos ni tesis tácitas o expresas, atento a la arquitectura popular, a las iglesias como expresión estética más relevante de un entorno humilde, a los habitantes de los pueblos o a la sorprendente belleza del paisaje.


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