domingo, 5 de abril de 2020

Infortunio


INFORTUNIO
TIERRA, SUDOR Y SANGRE
  
Evaristo Pimienta
Madrid, Bohodón Ediciones, 2020, 221 págs.

   Nacido en Oliva de la Frontera en 1957, Evaristo Pimienta Serrano es delegado comercial de la principal importadora de armas, municiones y complementos para la caza en España y gestor cinegético, tareas que le han granjeado un sólido conocimiento del mundo que describe en su primera novela, Infortunio, aparecida ahora en la editorial madrileña Bohodón. Como escritor, ha colaborado con distintas revistas y editoras del sector cinegético.
   Narrada en primera persona por el protagonista, la trama arranca con el regreso al pueblo en que nació y creció, Oliva de la Frontera, de un joven que abandona Madrid impulsado por la nostalgia. Próximo al río Ardila y al Guadiana, no lejos de la frontera con Portugal y de la localidad de Barrancos, entre dehesas y breñales, el pueblo extremeño ha heredado de los peores años de la posguerra una estructura social casi estamental de opresores y oprimidos (esto es, de vencedores y vencidos) en donde los más humildes solo pueden buscar el favor del rico propietario para trabajos estacionales o dedicarse, como hará el protagonista, a la caza en terrenos libres o en fincas ajenas y al contrabando. Pronto comprobará el joven que a la dureza de un entorno que apenas permite la supervivencia ha de sumar la envidia de convecinos y el odio de los criados del cacique, quien mantiene una actitud ambigua hacia él, entre ofertas y amenazas, en tanto la guardia civil se muestra dispuesta a creer cualquier delación infundada contra él. Como si la guerra civil planeara aún sobre este universo, todos los personajes, incluido el protagonista, propenden a recurrir a una violencia (engendradora de más violencia) que los arrastrará, como si estuvieran sometidos al terrible destino de una tragedia griega (anunciada en el subtítulo, “tierra, sudor y sangre”) a un desenlace sangriento.
   Reproducimos un fragmento en el que protagonista recurre a uno de los pocos modos de sobrevivir en este entorno, el contrabando.

   “Cuando llenamos las mochilas de café en casa de Celestino, me aparté para dejarles intimidad mientras platiqueaban del negocio previsto por Miguel. El andaluz le prometió grandes transacciones en su futuras relaciones, pero nos del portugués sin haber concretado la fecha de la compra, la cantidad, ni el precio del café.
   Aprovechando la luminosidad de la noche, hicimos rápido el camino de vuelta; y, antes de darnos cuenta, bajábamos por la sierra de la Cierva escuchando el roce de la ropa con las jaras y el zumbido de las aguas impetuosas en el correntón de la rivera. Nos acercábamos a la orilla cuando un destello entre las jaras me alertó. Me hice el remolón y dejé bajar a Miguel
abriendo el camino. Seguimos en silencio la caminata, pero no dejaba tranquilo al rabillo del ojo. Nos desnudamos en la orilla de la rivera; pusimos sobre nuestras cabezas la ropa y la mochila; nos metimos en el agua y antes de llegar a la mitad del correntón, un rayo de luna brilló sobre el charol de un tricornio que asomaba por encima de la pared del molino. Al instante las jaras se menearon con más fuerza que con una piara de cochinos a tropel. Me dejé caer sumergiéndome en las turbias aguas del correntón. La fuerza de la corriente me arrastraba dando tumbos en los remolinos y pegándome coscorrones contra las piedras sumergidas entre las aguas bravas. Conseguí tomar equilibrio y saqué la cabeza para respirar porque ya estaba a punto de explotar. Entonces escuché las voces de los guardias entremezcladas con las detonaciones de las carabinas y los silbidos de las balas rebotando sobre las piedras sobresalientes del agua.
  Los civiles me perseguían dando tiros sin dejar de dar zancadas por la orilla, pero el zumbo del correntón era fuerte. El agua me arrastraba más deprisa de lo que ellos podían correr esquivando a los pedruscos y a la maleza de la ribera. Al poco, los tiros cesaron y los gritos de los guardias se fueron atenuando a medida que la corriente me llevaba hasta la charca de Cortegana, donde pude tomar sosiego y salir del agua”.  [pp. 155-156].

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