miércoles, 4 de mayo de 2022

Los caballos bermejos del simún

LOS CABALLOS BERMEJOS DEL SIMÚN

Leandro Pozas

Mérida, De la Luna Libros, Col. Lunas de Oriente, 2022, 88 págs. 

   Nacido en Cáceres en 1951, Leandro Pozas es actor, periodista, dramaturgo y docente en la Escuela de Arte Dramático de Extremadura, que ha publicado y estrenado diversas obras como Historias con música (2000), La espada del teatro (1997), La urdimbre (1995), Aventuras de Dick el Parisien, pirata de oficio (1998), Un tal Amorfo...), la novela Crónica oficiosa de la Paca la Coja (2001) y también ha colaborado en libros de carácter colectivo con ficciones narrativas, teatrales, ensayos y ha firmado artículos de opinión en prensa sobre cine y teatro. Ahora, la editora emeritense De la Luna Libros publica Los caballos bermejos del simún, un conjunto de diez relatos de perfil temático y formal muy distintos, por cuya superficie deambulan damas de la caridad fascinadas por el joven obispo, políticos mendaces, niños que exigen obsequios disparatados, amenazas fantasmales, un extraño viaje de placer a Polonia, un sepelio propio del realismo mágico o unos caballos celestes. Reproducimos un fragmento de uno de los relatos, “El tren de Alemania”, con los tonos del realismo social y un propósito documental y de denuncia de una España que expulsa a sus habitantes al extranjero, en el que una leve crítica (“¡Esto es España, sí señor! ¡La España una, grande y libre, camino de Alemania”) es contestada con la amenaza falangista de rigor (“Da la cara, cabrón”).

 

   “-Padre, ¿por qué se quiere ir usted a Alemania?

—Yo no me quiero ir a Alemania. No me quiero ir, hijo.

—Entonces, ¿por qué se va usted?

—Porque..., porque... Es igual, no lo entenderías... Cuando seas mayor.

—Pero, yo, quiero entenderlo... Y el padre, apurado:

—Porque tenemos que comer tu madre, tú y yo.

—Pero si aquí, en España, hay mucha comida.

   El padre lo mira. Ya no sabe qué responder. Se sume en una remota y triste mudez, como eterna, una mudez que parece traspasar las generaciones.

   De repente la multitud sufre una sacudida y oscila con comedida violencia hacia la izquierda del andén, luego a la derecha. Pero con rapidez, todo y todos recuperan el equilibrio.

   El hijo contempla curioso el vaivén y parece olvidarse de la conversación.

   Un niño de teta llora con desesperación entre el gentío. Tiene hambre o es una forma de protesta por el inesperado movimiento. Luego se calla.

   En medio de la noche, en la deteriorada carretera que corre paralela a la vía del tren, surge una carreta tirada por dos bueyes apenas iluminada por la luz del apeadero. Un hombre enjuto y moreno, prematuramente avejentado, las guía valiéndose de una vara de mimbre. Si se pudiera ver su ropa se podría observar que está hecha de remiendos superpuestos, como los harapos de los primeros Arlequines.

—¡Torcazo!, ¡Pachucho!, les grita a los bueyes que, cansados y cansinos, tiran con desgana vacuna de la destartalada y chirriante carreta. —¡Quieeetos...!, grita el hombre. Los bueyes paran en seco, aliviados tal vez. El hombre observa con curiosidad y tristeza la escena del andén. Suelta una maldición y escupe lejos un gargajo”. [pp. 40-42].

 

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