lunes, 8 de mayo de 2017

Italia a media luz


ITALIA A MEDIA LUZ

D. H. Lawrence
Madrid, Abada Editores, 2015, 291 págs.
Edición de Miguel Ángel Martínez-Cabeza.

   No es pequeña suerte que, con frecuencia, mis alumnos me descubran a autores desconocidos hasta ahora para mí. En esta ocasión, uno de ellos me regalado un par de libros de David Herbert Lawrence (1885-1930), cuyo nombre conocía, pero de quien no había leído nada. Nacido en Eastwood, Lawrence fue un maestro de primaria a quien una neumonía impidió seguir ejerciendo su tarea docente. En 1912 inició una relación sentimental con Frieda Weekley, esposa de un profesor suyo de lenguas modernas, con quien contraería matrimonio dos años más tarde, después de que ella obtuviera el divorcio. Lawrence fue autor de novelas, género más rentable para su economía siempre…., como Hijos y amantes (1913), El arco iris (1915) o Mujeres enamoradas (1920). Pero también de títulos a caballo entre el libro de viajes y el ensayo (o “ensayos sobre la vida suscitados por algo visto”, W. H. Auden), como este Italia a media luz (1916), que  publicó la editorial madrileña Abada en 2015 al cuidado de Miguel Ángel Martínez-Cabeza,  un libro que recrea el viaje a pie de Lawrence y Frieda desde Austria hasta el norte de Italia, en una de cuyas aldeas, Gargnano, junto al lago de Garda, fijaron su residencia durante un tiempo.
   Reproducimos un fragmento de uno de los capítulos (“Los huertos de limoneros”, aparecido bajo el título “Italian Studies: By the Lago di Garda”, en English Reiew, septiembre de 1913) escrito en este paraje edénico, en que el autor escucha a un campesino italiano quejarse de la tiranía de los cambios.

   “Todo el tiempo estuvimos al nivela de la nieve de la montaña de enfrente. Una película de azul puro cubría los montes a izquierda y derecha. Había hecho viento pero ya había cesado. El agua exhalaba un polvo iridiscente sobre la orilla opuesta, sobre la que los pueblos formaban grupos de puntitos.
   En el nivel más bajo del mundo, sobre el lago, una embarcación con una vela naranja se inclinaba esbelta sobre el agua azul oscura, salpicada de espuma. Una mujer bajaba corriendo por la ladera con dos cabras y una oveja. Un hombre silbaba entre los olivos.
   “Voyez”, dijo el casero con una melancolía perfecta y distante. “Antiguamente también había un huerto de limoneros ahí –puede ver los bajos pilares, cortados para hacer una pérgola para las vides- Ahora tenemos que plantar vides en su lugar. De ese terreno sacaba doscientas liras al año con los limones. Las vides solo me dan ochenta”.
         “Pero la vid es un cultivo rentable”, dije.
         “Ah –così,così! Para quien planta muchas. Para mí –poco, poco- peu”.
   De repente en su cara apareció una sonrisa de profunda melancolía, casi una mueca, como una gárgola. Era la melancolía italiana auténtica, profunda y estática.
         “Vous voyez, Monsieur, limones todo el año, todo el año, pero la vid, una cosecha”.
    Levanta los hombros y extiende las manos con un gesto e rotundidad y fatalidad mientras su rostro adopta el gesto inexpresivo e indefinido de la desgracia, como un mono. No hay esperanza. Existe solo el presente. O eso, el presente, es suficiente, o no hay nada.
   Me sentí y miré el lago. Era tan bello como el paraíso, como el principio de la creación. En las orillas se alzaban melancólicas las ruinas de los pilares de los limoneros, las toscas construcciones cerradas de las plantaciones parecían desvencijadas, asomando entre las cepas de las vides y de los olivos. Las aldeas, apiñadas, alrededor de sus iglesias, también parecían pertenecer al pasado, suspendidas en siglos pretéritos”. [pp. 99-100)

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