jueves, 5 de octubre de 2017

El último diario de Tony Flowers


EL ÚLTIMO DIARIO DE TONY FLOWERS

Octavio Escobar Giraldo
Manizales (Colombia), Editorial Universidad de Caldas, 2017
Ilustraciones de Jorge Tamayo


   Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962) es uno de los narradores colombianos más reconocidos dentro y fuera de su país, pero también en España, que ha visitado en varias ocasiones, donde la editorial cacereña Periférica ha publicado dos de sus títulos, Saide en 2008 y Destinos intermedios en 2010, en tanto Antonio María Flórez seleccionó El álbum de Mónica Pont en Transmutaciones, una antología de la literatura colombiana actual publicada por la Editora Regional de Extremadura. Otras novelas suyas son El último diario de Tony Flowers (1995), Folletín de Cabo Roto (2007), Destinos intermedios (2010), Cielo parcialmente nublado (2013) y Después y antes de Dios (ganadora del premio internacional “Ciudad de Barbastro” de 2014 y Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura de 2016)
   Paralelamente a sus novelas, el narrador colombiano también ha publicado relatos en libros como El color del agua (1993), Las láminas más difíciles del álbum (1995), La posada del almirante Benbow (1997), De música ligera (1998, premio nacional de literatura del Ministerio de Cultura) y Hotel en Shangri-Lá (2004).
   Ahora, la Editorial Universidad de Caldas publica, con ilustraciones de Jorge Tamayo, una quinta edición de la primera novela de Octavio Escobar, El último diario de Tony Flowers, que utiliza en su configuración, como un guiño de complicidad y tal vez un homenaje, un artificio narrativo propio del Borges más lúdico y pícaro.
   Fuera del cuerpo del diario, en unos textos preliminares se nos informa de que un escritor estadounidense acaba de morir dejando una obrao que su editor, William A. Spielmann, se decide a publicar arbitrariamente mutilado. Flowers es un escritor que con unos pocos cuentos y dos novelas, Strike (traducida al español como Pánico en primera base) y Shadows Over London (Misiles contra Londres) ha alcanzado una notable popularidad (esto es, la fama en calderilla) y vive en Nueva York una vida alocada mecido por el vértigo de  la ciudad, la música constante, el alcohol y los estupefacientes, una bohemia irresponsable y autodestructiva con que trata de ahuyentar la angustia de su sequía definitiva como creador. Todo en su vida (erótica, social, literaria…) anuncia un desmoronamiento (como en ciertos relatos de Poe y de Lovecraft). Reproducimos un fragmento en que relata su deambular errante por la gran ciudad.

   “07-09 / Anoche, bastante borracho, intenté que un taxista me llevara a las direcciones donde vivió Lovecraft en Brooklyn. Solamente recuerdo un mareo intenso y que el hombre me sacó del auto cerca al puente, o eso me pareció, y se quedó con todo mi dinero. No me quitó la botella de whisky, por suerte.
   Caminé vacilante. Las articulaciones me dolían; sentí que llevaba la muerte sobre los hombros. Unos perros ladraban a lo lejos y se oían chillidos infantiles. En los muros, letreros rojos de algunas pandillas: Ktan-Tan, Gatan, Than-Tha, o algo así. Uno más borracho que yo trastabillaba subiendo y bajando un andén, con los autos aullando junto a él. A punto de caer atropelló a un niño que dormía desnudo entre unas cajas, envuelto en periódicos.
   Por fin logré que otro taxi me recogiera; tenía la placa rodeando por un tubo de neón verde. Dentro, la música era algo tropical que hablaba de cocodrilos e de iguanas. El portero pagó por mí y me ayudó a subir al ascensor. Hablaba de que nadie duerme no sé dónde. 
   Ella estaba en el salón. Bailaba desnuda con el estéreo a toda y las luces bajas. A mi sorpresa de verla aquí respondió besándome con violencia. No dejaba de pensar que alguien muy parecido a un calvo estaba recorriendo con su boca mi entrepierna”. [pp. 103-104].

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