jueves, 20 de marzo de 2025

La mancha de la mora


 

LA MANCHA DE LA MORA

José A. Ramírez Lozano

Mérida, De la luna libros, col. La Luna del Norte, 2025, 143 págs. 

Aun cuando se inició como poeta, José Antonio Ramírez Lozano (Nogales, 1950) ha desarrollado de modo paralelo una nutrida trayectoria de poemarios, libros de literatura infantil y juvenil (aparecidos en editoriales como Edelvives, Alfaguara, Algaida, Kalandraka, Anaya, S. M. o Hiperión) y narraciones que comparten motivos repetidos y similares predilecciones formales. Objeto de numerosísimos galardones (Azorín, Claudio Rodríguez, Juan Ramón Jiménez, José Hierro, Blas de Otero, Ricardo Molina, premio de la Crítica Andaluza o los extremeños Ciudad de Badajoz, Felipe Trigo o Cáceres de novela corta),  su obra en prosa se inició con Don Illán (Orihuela, 1978), una narración corta con algunas de claves de su mundo narrativo, a la que han seguido otros muchos títulos, como Gárgola (Cátedra, 1985), Titirimundi (Ediciones Libertarias, 1987), La gran oca (Melinchón / Stábile, 1990), La Historia Armilar (Aguaclara, 1991), La derrota de los fabulistas (Aguaclara, 1994), Animañas (ERE, 1995), Bata de cola (ERE / Libertarias, 1995), El birrete de papel (Diputación de Badajoz, 1996), Las argucias de Frestón (Algaida, 1997), Letanías de San Garabito (Algaida, 2000), Los reinos de Artemón (Algaida, 2001), El capirote púrpura (Algaida, 2003), Iscariote (Algaida, 2005), La flor del toronjil (Junta de Castilla-León, 2007) La oca de oro (Menoscuarto, 2008), El sueño de la impostura (KRK, 2009), Las manzanas de Erasmo (Algaida, 2010), Habas contadas (Diputación de Badajoz, 2010), El crimen de Ampurio Pinto (Diputación de León, 2012), El domador de zapatos (Diputación de Badajoz, 2015), El relojero de Yuste (Ediciones del Viento, 2015) y Los celos de Zenobia (Pretextos, 2016).

Ahora la editorial emeritense De la Luna libros publica en su colección “La luna del norte” La mancha de la mora, una novela cuya trama arranca con una tragedia personal: el protagonista sufre, tras su jubilación, una grave impotencia sexual, para cuya superación un urólogo se sugiere un remedio singular, realizar con una hermandad sevillana la romería de del Rocío. Tras pertrecharse con los arreos del romero (votos, bordones, esclavinas…) inicia un recorrido al lento paso de los bueyes en que conoce un grupo de personas ya curtidas en ese peculiar mundo rociero (caminatas y descansos, comidas campestres, cantos y rosarios…). En esta peregrinación “por prescripción facultativa” se relacionará con varios romeros pero en especial con Amparo, mujer andaluza de rompe y rasga que lo situará en el gozoso camino de la recuperación. Un uso crítico pero benévolo de entender la tradición religiosa contaminada de hedonismo, un estilo personalísimo repleto de hallazgos verbales, una constante reflexión metaliteraria  con numerosas trasposiciones del ámbito de lo narrado al terreno del proceso de narración caracterizan esta singular novela. Reproducimos un fragmento en que se describe un alto en el camino.

 

“Cuando entramos en Cuatrovitas, la tarde se arrebataba ya en el crepúsculo y el campo todo se recogía bajo el lubricán, lo mismo que una bestia exangüe que apaciguara su resuello con la templanza húmeda de las sombras. Sin embargo, quedaba en el aire el acecho lejano de los búhos, el zorro y sus aullidos, el chirrido de los grillos rayando el horizonte del ocaso. La tierra se había vuelto felina y se escuchaba a sí misma para saberse cierta en la noche, viva como el acecho de la savia, mustélida y rapaz, así, recogida en la hueca del misterio.

—Escucha, escucha cómo hierve la fe —me apuntó Vargueño con el entusiasmo de la devoción.

Algunos romeros habían encendido bengalas para ahuyentar la oscuridad y alumbrarles así el camino a los bueyes. Rezaban. El padre Zarallo, que no se había apartado en todo el día del alcalde de carretas, inicio el santo rosario con su voz puberta y todas las voces, graves ahora, templadas por el fervor, rezaban el Avemaría. Las sombras de los romeros se acrecentaban contra las bardas blancas de Cuatrovitas, agitándose como una aparición”. [p. 48].

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