
domingo, 21 de junio de 2009
domingo, 14 de junio de 2009
jueves, 11 de junio de 2009
Los hombres que odian a las mujeres

LA CHICA QUE SOÑABA CON UNA CERILLA Y UN BIDÓN DE GASOLINA
Stieg Larsson
Ed. Destino, Barcelona, 2008
Cada cierto tiempo irrumpe en el panorama literario, especialmente en el narrativo, una obra que, de modo imprevisto, se convierte en todo un fenómeno literario, vertido en grandes tiradas, traducción a numerosos idiomas, adaptaciones cinematográficas y una extraordinaria unanimidad lectora. Stieg Larsson (Suecia, 1954), periodista y reportero especializado en los grupos de extrema derecha antidemocrática, falleció en 2004 sin conocer el rotundo éxito que tendría primero en Suecia y, más tarde, en toda Europa su trilogía Millenium, compuesta por Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, publicadas en 2008, y La reina en el palacio de las corrientes de aire, esta última de aparición inminente.
Los hombres que no amaban a las mujeres desarrolla de modo paralelo varias líneas argumentales reunidas en torno a Maikael Blomkvist, en cierto modo contrafigura del propio escritor, un colaborador de la revista Millenium especializado en desvelar cualquier forma de corrupción, pero en especial aquellas con las que el poder suele ser más indolente o permisivo. Mientras procura salir del desprestigio en que lo ha sumido un poderoso empresario y su grupo de abogados, Blomkvist investiga, por encargo de un anciano, la desaparición de una joven, probablemente asesinada, sucedida tiempo atrás. Y es entonces cuando irrumpe en la trama Lisbeth Salander, empleada ocasional de una empresa de seguridad, que le prestará una ayuda impagable.
Si en esta novela el protagonismo corresponde al intrépido periodista, en La chica que soñaba con una cerilla... será la joven quien soporte el peso de una trama que sigue, como la narración anterior, los esquemas de la novela negra, combinando una intención lúdica (al fin, la elucidación de un enigma) con un propósito crítico y testimonial de ciertos males que aquejan a las sociedades más confiadas (el funcionamiento de los sistemas policial y judicial, el trasfondo del mundo empresarial...).
Ambas novelas, muy voluminosas, logran sobradamente lo que se proponen, una lectura sin pausas ni desmayos, y ambas exhiben sin ningún complejo los procedimientos a que recurren las narraciones que aspiran a best-seller, para erigir un mundo simplista, y por tanto tranquilizador, de buenos y malos relatado desde una perspectiva políticamente correcta (socialdemócrata con tonos libertarios, para entendernos). Marcados por una toma de partido previa a la narración, los personajes engrosan las filas del mal (empresarios predadores, periodistas y policías corruptos, traficantes de esclavas sexuales procedentes de países empobrecidos, jefes de sectas, sicólogos y abogados que convierten los protocolos judiciales de tutela en métodos de represión y control...) o militan resueltamente en el bando del bien (periodistas e investigadores guiados por la búsqueda de la verdad, jóvenes desinhibidos que aceptan con naturalidad cualquier forma de convivencia erótica...), y es la concepción, igualitaria o discriminatoria, de la relación entre los géneros y del papel de la mujer en la sociedad, la que suele situar a los personajes en una u otra facción, porque, en realidad, la presente novela también habla de hombres que no aman a las mujeres.
La narración, extensa y compleja, con derivaciones imprevistas, líneas anunciadas que no poseen desarrollo y pistas falsas, se abre con un bloque autónomo, casi una novela corta, sobre un “caso” resuelto con brillantez por la protagonista mientras pasa unas breves vacaciones en la isla caribeña de Granada, lo que anuncia su protagonismo en nuevas investigaciones cuando de regreso a Suecia se vea envuelta en una sórdida trama plagada de oscuras amenazas. Pero por encima de episodios novedosos o desenlaces sorprendentes aunque verosímiles (una de las reglas de oro del género), lo que otorga gran parte de originalidad a estas novelas tiene que ver con la personalidad de la protagonista, descrita casi como un caso clínico del síndrome de Asperger: una joven antisocial y excéntrica que oculta un odio visceral hacia cualquier forma de autoridad, hacker despiadada, notable ajedrecista, boxeadora (con un metro cincuenta y cuarenta kilos de peso, pero había que dar credibilidad a las escenas de acción), brusca y displicente, pero por todo ello un personaje también “sobreactuado”, sin evolución sicológica, muy próxima a una heroína de videojuego. Y es que, toda la novela, que ningún lector que busque en la literatura un divertimento inteligente debería perderse, se halla emparentada con cierto cine de acción o con esos juegos de rol con una marcada deriva gore (abundan las secuencias de una violencia extrema), que no toleran la revisión, del mismo modo que estas novelas no permiten la relectura.
domingo, 7 de junio de 2009
domingo, 31 de mayo de 2009
miércoles, 27 de mayo de 2009
"Trazos" en la red
domingo, 24 de mayo de 2009
lunes, 18 de mayo de 2009
Guerrero sobre Bayal

EL ESPÍRITU ÁSPERO
Gonzalo Hialgo Bayal
Barcelona, Tusquets, 2009
EL FLASH-BACK DE HIDALGO BAYAL
La editorial Tusquets acaba de publicar un libro que Gonzalo Hidalgo Bayal había estado redactando durante los últimos veinte años: El espíritu áspero. El argumento puede explicarse en pocas palabras, pero sospecho que serán las que primero olvidará el lector. Un profesor de latín se jubila, después de haber enseñado toda su vida en el instituto de Murania, dejando 237 folios de memorias que son, en sí mismas, el grueso de la novela de Gonzalo Hidalgo. Este es el punto de partida. El turbión de personajes que viene después, que rebosa la memoria del cronista y va poblando la del lector, es un conjunto de figuras de trazos precisos, pero laberínticos, que se ordenan como un retablo y podría haber firmado un imaginero. Hacía mucho tiempo que la novela contemporánea no segregaba un espejismo tan sólido como este. Una novela-mundo, una novela memorialística que va engordando con anillos generacionales, igual que el árbol de la caoba. Estamos tan ahítos de la actual novela histórica, hecha de falsos retazos de intrahistoria, que el lector agradecerá esta ficción pura, mucho más fiel a lo que entiende por tiempo vital.
El espíritu áspero se mantiene en pie gracias al hechizo que el lenguaje mantiene en todas sus páginas. La novela dispone sus muros de carga sobre algunos personajes y situaciones, pero es su lenguaje –decantado y muy atractivo- lo que hace que sigamos leyendo. A ello hay que añadir un sesgo irónico, divertido, que hace de la novela un día de fiesta. Sus contrastes poseen una estructura hiperbólica. Marcan la vida de unos personajes a los que los meandros de la redacción van convirtiendo en menesterosos mitos. El descubrimiento del sexo, de Madrid ciudad abierta, el efecto continuador de los hijos, las a menudo extrañas desavenencias familiares hacen de la novela un espejo en el que pueden reflejarse muchas vidas anónimas. Sin embargo, el autor les ha arrancado su espina dorsal de vulgaridad, les ha concedido la gracia del lenguaje, ha hecho de ellas un juego de palabras. Para eso –parece decirnos- sirve la literatura.
Gonzalo Hidalgo ha escrito otras novelas que podrían considerarse como antecedentes, pero estamos ante una obra de largo aliento que, me atrevo a deducir, ha sido paralela, ha acompañado a buena parte de su producción narrativa. Confío en que el lector la conciba y la trate así, como un largo camino de maduración y, a la vez, como un compendio luminoso de lo que el autor sabe sobre la novela. El espíritu áspero quizá haya prestado a otros libros la cadencia experimental que posee, y acaso otros libros hayan vertido en él corrientes que lo vuelven un mosaico donde, al igual que en el I Ching, uno puede apartarse y sumergirse para degustar o consultar. Las comparaciones son odiosas, pero necesarias en la novelística. A veces, hasta necesarias para no perder el tiempo. Frente a la novela que actualmente se escribe en este país, El espíritu áspero es uno de esos ascensores en los que podemos subir sin temor a escuchar comentarios sobre el tiempo.
(Publicado por Alonso Guerrero en "Trazos", 17 de mayo de 2009)



