jueves, 4 de marzo de 2021

Little Beach

LITTLE BEACH

 Adalberto Agudelo Duque

Pereira, Secretaria de Cultura, 2019, 152 págs.

Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira

    Autor de libros de cuentos, poemarios, ensayos  y novelas, Adalberto Agudelo Duque (Manizales, Caldas, 1943) ha sido premiado en Colombia (es el escritor más premiado del país), México y Estados Unidos. Como novelista, su trayectoria arranca en 1967 con Suicidio por reflexión, a la que siguieron otros títulos como De rumba corrida (1999, premio nacional de novela Tierra de promisión), Abajo en la 31 (2007), Toque de queda (2008), Pelota de trapo (2009, premio nacional de novela Ciudad de Bogotá). Tanto sus poemas como sus relatos han sido recogidos en numerosas antologías, entre ellas una en la que tuve ocasión de colaborar (Estrechando círculos, una antología de narradores extremeños y caldenses aparecida en 1999) y en 2009 uno de los títulos citados, Toque de queda apareció en Transmutaciones, antología de literatura colombiana al cuidado de Antonio María Flórez aparecida en la Editora Regional de Extremadura.

   En 2019, la Secretaría de Cultura de la ciudad de Pereira publicó la novela ganadora del concurso “Aniversario Ciudad de Pereria”, Littel Beach, cuya trama arranca cuando el protagonista, Blind Horse, montado en su caballo White Wind, llega a un villorio (Little Beach) que asciende por la ladera de una montaña (el Big Hill), con una playa fluvial junto a un río represado. En la calle principal hay un saloon, una herrería, el tugurio del enterrador, el despacho del sheriff con calabozo adjunto para borrachos y cuatreros, el casino, pistoleros armados con winchesters y Colts 45, un periódico (The Homeland)… Su misión es rescatar a un hombre encarcelado en la jail de la aldea. Nos encontramos, por lo dicho, en un territorio conocido por todos, el western, que ha llegado a todas partes en una paraliteratura de consumo popular, en las películas de Hollywood y en el cómic. ¿Nos encontramos, por tanto, ante un remake de una novela (o un guion) del western? De ninguna manera. El escritor parte del esquema de estas historias de consumo popular durante décadas, es cierto, pero para ennoblecerlas con una narración de una notable originalidad y una notabilísima calidad literaria (como también hicieron Cormac McCarthy, Morris o los hermanos Coen, por citar autores de la literatura, el cómic o el cine), pero, además, sus propósitos son otros. Ya es significativo que la naturaleza que se describe poco tenga que ver con las desiertos páramos del oeste americano (o con la estepa castellana y el desierto almeriense donde se rodaron docenas de películas), sino con la exuberante y violenta naturaleza colombiana y que los indios que deambulan por las calles sean “indígenas de la Nación Chiba” (oriundos de Colombia). No. Las operaciones de destacamentos del ejército, los enfrentamientos con bandas de pistoleros, las emboscadas, las balaceras, las prostitutas asesinabas por una vaga acusación de delación, el asesinato de testigos camuflado de suicidio, el fraude electoral, la amenaza a la prensa… están apuntando a la realidad colombiana. Comprendemos que el escritor ha recurrido a un género literario popular como estructura narrativa sobre la que montar una novela que denuncia el ejercicio casi impune de la violencia que ha contaminado a todos los niveles del poder político. Consigue con ello, como aconsejaban los formalistas rusos, un efecto de extrañamiento (una de las características de la “literariedad”), que actúa agrandando el tiempo de percepción del mundo narrado y potencia la eficacia de la denuncia, pues narra una historia y oculta otra que el lector debe reconstruir en la lectura.

   La dedicatoria inicial, “A todos los periodistas asesinados  por decir su verdad, especialmente a Orlando Sierra Hernández” (subdirector del periódico La patria, de Manizales, asesinado por un sicario) y la nota final “Entonces se desató la matanza” remiten a un caso real que conmocionó a Colombia (con numerosos asesinatos ordenados por poderosos para obstaculizar el proceso) y enriquece la solidez de una trama que, al fin, se ajusta a una realidad terrible y sangrienta. Reproducimos uno de los capítulos, que parece interrumpir con anacronismos el desarrollo de la trama (los caballos  de repente han sido sustituidos por motocicletas de gran cilindrada y monovolúmenes de lunas tintadas), pero que vienen a confirmar el sentido “contemporáneo” de lo narrado.    

  

   “Vinieron en manada, montados en sus motos, metiendo miedo con el ruido y la algarabía. A dos de ellos los sacaron de sus camas, a empellones, a golpes, a gritos. Más que obligarlos a vestirse los vistieron a la fuerza con los trapos que tenían a la mano. Los subieron de parrilleros en los aparatos y se perdieron con ellos noche adentro.

   A otro lo recogieron en los extramuros huyendo por callejones oscuros, escondiéndose en los porches, buscando el agujero más negro donde nadie lo

reconociera. Resistió varios días hasta que lo cazaron durmiendo entre mendigos, drogadictos, asaltantes... Lo metieron en una Trooper reluciente, negra, de vidrios polarizados, siempre presente, siempre lista.

   A uno más lo siguieron durante meses. Lo rastrearon en una cantinucha de mala muerte y buena vida, ahíto de fugas, fatigado de beber y de matar.

   Los encontraron cerca de Fisher Point en una gran explanada que llaman Grassing Placea Asesinados. Torturados hasta el último aliento. Estaban atados con alambres de púa, de dos en dos, espalda con espalda. Formaron con ellos un solo cuerpo de horror y sevicia apenas imaginable en la mente de un loco. Al primero le arrancaron los ojos. Al segundo le cosieron los labios. Al tercero le cercenaron las orejas y al cuarto le facturaron las tibias y los peronés de ambas piernas. No tenían, como dijeron, un cartel que señalara responsables, castigos y causas. ¿Para qué más avisos? No vea. No hable. No oiga. No huya. Al fin de cuentas todos en el condado son prisioneros en sus propios ranchos” [cap. VI, pp. 73-74].

 

martes, 2 de marzo de 2021

Más azul, más silencio


MÁS AZUL, MÁS SILENCIO

Antología

Ana Mercedes Vivas

Bogotá, Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado, Col. Un libro por centavos, 2020, 75 págs.

Selección y cuidado de la autora

    Nacida en Cali en 1960, Ana Mercedes Vivas es Comunicadora Social con estudios en Alta Gerencia y un Diplomado en narrativa desde Las Víctimas para Construcción de la Memoria Histórica. Además, ha sido periodista en diversos medios y gerente de comunicaciones y asuntos corporativos en agencia de publicidad. Como poeta, publicó su primer libro, Verso a verso, en 1986, al que siguieron Las trampas del amor (1991), La noche del girasol (1996), Material de guerra y otros materiales (2001), Entre la espada y la pared (2009) y Corazón de pájaro (2020). En 1996 recibió el Premio Nacional de Poesía Carlos Saavedra por los poemas de Cartas de la nostalgia.

   Ahora, la Universidad Externado de Colombia publica una antología de su obra en la colección Un libro por centavos que, con tiradas muy altas y entrega gratuita con la revista El Malpensante, distribuye también por bibliotecas públicas, casas de cultura, colegio, universidades, cárceles. Los ejemplares pueden encontrarse en las universidades de Stanford, Yale y Harvard. Más azul, más silencio, que reúne poemas de  los títulos citados, transita por temas universales como la familia, el amor, el viaje (Nueva York, Londres, Granada), abierta asimismo al compromiso y a la denuncia, como los textos que reflejan la ciega violencia de organizaciones criminales (“Las sirenas de las ambulancias gritan / la enfermedad que nos desahucia”. Calle 43, Cra. 15), el asesinato político (“Tenemos miedo / por nuestra carne, / por la del otro, / el que encontraron / al borde la carretera”. Un sueño nuevo de las escalinatas), la incesante guerra civil (“Llegaron flotando por el río. / Eran los ‘NN’ de la guerra”. Los sin nombre), las víctimas inocentes del conflicto (“Vienen del llanto y del dolor / de los muertos no encontrados, / de todo lo perdido”. Las mujeres de la guerra), pero también la irrupción de terrores que creíamos olvidados como es la sensación de indefensión ante una peste avasalladora (“-“Tan inermes, / como entonces / tan doblegados por el miedo”. Más azul, más silencio). Reproducimos una de estas composiciones comprometidas con terrible destino de los más desfavorecidos.

 

INMIGRANTES

    Llegan por el mar como la espuma

o como los maderos de un velero rendido

         al embate de las olas.

Son el naufragio mismo.

 

         La marea baja

que arrastra y nos cuestiona

nuestra propia humanidad,

la sal de todas las lágrimas

que deberíamos derramar.

 

Con sus labios evocan

         pasados presurosos,

y dátiles y flores en medio del desierto

tienen en la mirada un solo destino:

         La playa de ese continente

         donde puedan estar a salvo.

Allí, donde el niño pueda crecer

y los ojos de las mujeres

no se vistan de pánico,

debajo de los velos.

 

Son “Ramy”,

¿sabíamos que quiere decir

            viento gentil?

O Layan, ¿que es el nombre árabe para

            amable y tierno?

O Layan, el que amado por todos

         no pudo llegar

y dejó su pequeño corazón

en las orillas de la esperanza.

 

Tienen nombres, tienen sueños,

son más que una cifra de repetición:

         Pido rosas, ¡rosas!

Y no alambre de púas

                   para ellos.

 

domingo, 28 de febrero de 2021

Manuel Pecellín escribe sobre Fronteras

 

   El pasado sábado, Manuel Pecellín Lancharro publicaba en el periódico Hoy una reseña, lúcida y amable, sobre Fronteras, cuyo texto reproducimos con su autorización.

FRONTERAS

    Pocas veces un título se corresponderá mejor con el texto nominado que éste de Fronteras. Su autor (La Codosera, 1955), nacido en la misma “Raya” – la frontera más antigua de Europa -, se crio en ese territorio limítrofe, donde la cultura de España y Portugal se funden hasta constituir una propia, por desgracia también en vías de desaparición por mor del despoblamiento de la zona.

   Sus caseríos, explotaciones agroganaderas, gastronomía, tradiciones, leyendas, usos y costumbres, medicina. canciones, refranero, personajes y habla populares, el régimen autárquico allí sostenido, que el memorialista conoce como pocos (incluidos el idioma portugués y el “portuñol”, de los que la obra recoge abundantes muestras), nuclean estos relatos encantadores, con esa aura mágica capaz de teñir incluso actividades tan duras como la de los contrabandistas o la de los jornaleros. Más de una vez me ha traído a la memoria las novelas de su paisano Luis Landero, con quien comparte admiración por ese “Macondo junto al Gévora” (así lo llamé un día), donde ambos vivieron la infancia.

   Es verdad que también se hacen excursos al aprendizaje en Alburquerque; las andanzas juveniles por La Roca de la Sierra o la poca feliz estancia en el Colegio Menor Juan XXIII, de Badajoz, mientras estudiaba COU en el IES Zurbarán (homenaje a Enrique Segura Covarsí, el catedrático de literatura).

   Qué difícil resulta referirse fríamente a una obra tan personal y emocionante, más aún si quien la escribe es alguien como Manuel Simón Viola. Nos une una buena amistad; he compartido con él páginas en HOY y numerosas entregas colectivas; frecuentemente, nos hemos apoyado cada uno en trabajos del otro para componer los nuestros; a menudo intercambiamos opiniones; nos hemos encontrado en multitud de congresos, jornadas de estudio, concursos y debates sobre cultura extremeña.

   Se trata de un texto misceláneo, no solamente por la pluralidad de sus contenidos, sino porque también acoge una gavilla de páginas debidas a las plumas del padre, la madre y la propia hermana de M. Simón Viola. Las aportaciones del primero son unos apuntes autobiográficos que dejó compuestos aquel inteligente campesino, bien tocado de espíritu comercial. Similares son los de la madre, otra mujer digna de admiración. Las dos fraternas, “Guiris” y “Una historia en cuatro tiempos”, son más bien de carácter etnográfico.

   Del actual secretario de la AEEX, doctor en Filología Hispánica, que sabe conducir un tractor e injertar olivos, se conocen bien sus estudios sobre los escritores de nuestra tierra (siempre perfectamente contextualizados dentro de la literatura española); la crítica de los mismos en revistas y periódicos, así como las reediciones y los volúmenes antológicos que de muchos de ellos ha preparado. Avalan su buen hacer obras como Extremadura ayer y hoy, La narración corta en Extremadura- Siglos XIX y XX, Medio siglo de literatura en Extremadura, Literatura en Extremadura 1984-2009, Ficciones. La narración corta en Extremadura a finales de siglo o Periferias. Ensayos sobre literatura extremeña del siglo XX.

   Con Fronteras se sitúa en el ámbito de la creación y, ciertamente, de modo no menos afortunado. El pleno dominio del mundo que describe, la empatía hacia cuanto lo compuso, la riqueza lingüística para describirlo en con los términos propios ya fuera de uso (palabras y cosas se corresponde, según nos han enseñado desde Platón a Foucault), la agilidad y brillantez de su prosa, constituyen alicientes sobrados para comenzar una lectura difícil de dejar hasta la finalización del libro.

   Por allí, “al oeste del Edén”, se asentaron, antes y después de la injusta expulsión (1492), numerosas aljamas judías, al amparo de las facilidades que el tránsito de uno a otro país facilita. Las poblaciones rayanas se sembraron de sinagogas medievales. Algunas resistieron el paso de los siglos.  Lo recuerda el novelista, simpatizante con todos los “zarandeados por la historia”, que mantiene en Valdecerillos la casa de sus abuelos. Siguen haciendo  por allí “la ruta por la sierra de La Lamparona hasta la ermita de la Virgen de la Lapa (conocida durante años como la patrona de los contrabandistas) por un empinado sendero entre madroños, castaños y nogales, el puente que separa el Marco español del portugués, y las pinturas rupestres del Vale do Junco o Lapa dos Gaviões. Se le puede acompañar en Frontera, que concluye con un sucinto, pero sustancioso glosario.

Simón Viola, Fronteras. Badajoz, Diputación provincial, 2020.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Correo de la noche


 CORREO DE LA NOCHE

 Juan Carlos Azevedo

Manizales, Gobernación de Caldas, Col. Libros al aire, 2019, 58 págs.

Palabras preliminares de Lindon Alberto Chavarriaga Montoya y Martha Lucía Piedrahita Salazar

    Nacido en Manizales (1973), capital del departamento colombiano de Caldas, Juan Carlos Azevedo es poeta, ensayista y periodista cultural colaborador del suplemento “Papel Salmón” del periódico La patria y de otros numerosos diarios y revistas, además de ser ponente de talleres literarios. Como poeta ha publicado Palabras en el purgatorio (1999), Palabras de la tribu (2001), Los amigos arden en las manos (2010). Noticias del tercer mundo (2010), Todos sabemos que el poeta es un fantasma (2012), Los huéspedes secretos (2014) y Bitácora de ciudad. Crónicas (2014). Asimismo, es autor de un libro de historia de la literatura titulado Las letras que nos nombran. Revisión de la literatura del viejo Caldas (2016). Ahora ve la luz en la colección “Libros al aire. Lecturas para viajeros”, sin ánimo de lucro y distribución gratuita por estaciones y aeropuertos, Correo de la noche, del que reproducimos un poema, “Conjuro”, en el que se relacionan estrechamente el amor que se siente y el lenguaje que lo enuncia, que lo pronuncia, que lo canta, que lo deletrea…

 

CONJURO

 Contra las aves

que destrozan los cielos abril,

escribo tu nombre.

 

Para ahuyentar esa bandada de sueños rotos

que oscurecen los días mejores,

pronuncio tu nombre.

 

Como antídoto para espantar

los pájaros de la angustia

que se despiertan en mis adentros,

canto tu nombre.  

 

Al elevar una plegaria para bendecir

tu cuerpo, amado bajo la fiebre de mayo,

subrayo tu nombre.

 

Para escribir, con la tibia luz de julio,

la palabra amor,

deletreo tu nombre.

 

Frente al furioso río de los días

que desdibuja el futuro

enuncio tu nombre.

 

Cada letra, cada sílaba en su conjuro

contra la peste del olvido,

por eso hoy libero tu nombre.

jueves, 18 de febrero de 2021

A los veinte de enero


 

A LOS VEINTE DE ENERO

UN PASEO FOTOGRÁFICO POR FIESTAS DEL MES PRIMERO

Sebastián Martín Ruano

Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Cuadernos populares, 2020, 126 págs.

Introducción del autor

Epílogo de Javier Marcos Arévalo

Fotografías de Sebastián Martín Ruano

    Sebastián Martín Ruano (Brozas, Cáceres, 1959) es maestro y doctor en Ciencias de la Educación. A su pasión por la fotografía se une la inquietud por las transformaciones sociales en el mundo rural, cambios y permanencias que refleja en una obra presidida por el aliento de la sensibilidad y por el deseo de documentar un universo cercano en equilibrio inestable. Como fruto de esa inquietud, ha publicado su obra en prensa periódica, en revistas como Quercus, Natura, Geo o Cuerpo Mente, y en libros como Extremadura, espacios naturales, La dehesa extremeña. Imágenes y vivencias, Los Llanos de Cáceres, Cáceres naturaleza viva o Extremadura ventana abierta. Ha realizado más de una decena de exposiciones individuales de su fotografía, y su obra forma parte de las colecciones permanentes del Museo de Cáceres, la Asamblea de Extremadura o el Centro UNESCO de Extremadura.

   Javier Marcos Arévalo, autor del Epílogo, es Profesor Titular de Universidad. Doctor en Antropología, ha recibido el Premio Nacional de Antropología Marqués de Lozoya. Director e investigador en varios proyectos nacionales e internacionales, cuenta con una nutrida obra docente e investigadora. Ha realizado trabajo de campo etnográfico en diferentes comarcas y en varías comunidades de Extremadura, Norte de la Sierra de Sevilla, en la frontera hispano-lusa y México.

   A los veinte de enero recoge numerosas fiestas populares regionales, descritas e ilustradas por fotografías, celebradas durante el primer mes del año. “Los santos más celebrados son san Antón, San Sebastián y su variantes, aparte otras especialidades locales cono San Fulgencio, San Fabián, san Vicente Mártir” [Epílogo, p. 119].  Uno de ellos, San Antón, es el protagonista de las festividades de Brozas, Fresnedoso de Ibor, Garrovillas, Pescueza y Navalvillar de Pela. Reproducimos un fragmento de la celebración en esta última localidad.

 

LA ENCAMISÁ DE SAN ANTÓN

Navalvillar de Pela

 “En un cruce de caminos entre la Serena, la Siberia y las Vegas Altas, se sitúa la Villa de Navalvillar de Pela. Es encrucijada de muchos senderos, la sierra y el llano, la dehesa y el regadío, el aceite y los frutales… Cuando en sus campos se producen las más grandes y espectaculares concentraciones de grullas de toda la invernada europea, Navalvillar de Pela celebra a San Antón.

[…]

   Según la tradición, la Encamisá de San Antón también conmemora una batalla en que se derrotó a los moros que intentaban invadir el pueblo. Al verse en inferioridad los peleños tuvieron que ingeniárselas para dominar a un enemigo muy superior en número de combatientes. Por eso en la noche encendieron en el pueblo numerosas hogueras y, con camisas blancas y unos gorros puntiagudos que les hacían parecer mucho más grandes y haciendo numerosas carreras con su caballerías, recorrían incansablemente las calles del pueblo blandiendo cuchillos, hachas, antorchas, cencerros, campanillas, tambores y otros aparatajes. Las figuras fantasmales que se movían sin cesar entre la oscuridad y el atronador ruido hicieron retroceder a los enemigos sin entablar batalla, al hacerles creer que en Pela había un importante ejército cristiano. A San Antón se dedicó la salvación del pueblo” [p. 37].

martes, 16 de febrero de 2021

Una ventana al atardecer

UNA VENTANA AL ATARDECER

 Maruja Vieira

Manizales, Gobernación de Caldas, Col. Libros al aire, 2018, 60 págs.

Palabras preliminares de Lindon Alberto Chavarriaga Montoya y Martha Lucía Piedrahita Salazar

    Maruja Vieira (Manizales, 1922) es miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española. Poeta, ensayista y catedrática en varias universidades colombianas, formó parte de del movimiento Los Cuadernícolas y asistió a la tertulia del Café El Automático de Bogotá. Ha publicado libros de poemas como Campanario de lluvia (1947), Los poemas de enero (1951), Palabras de la ausencia (1953), Clave mínima (1965), Mis propias palabras (1986), Tiempo de vivir (1992), Los nombres de la ausencia (2006), Todo lo que era mío (2008), Rompecabezas (2010) y Tiempo de la memoria (2010). Ha recibido la Gran Orden de la Cultura del Ministerio de Cultura de Colombia y en 2013 recibió el Premio Nacional Vida y Obra por el Ministerio de la Cultura de Colombia. Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, alemán, griego, húngaro, italiano, ruso y gallego.

   Ahora ve la luz en la colección “Libros al aire. Lecturas para viajeros”, sin ánimo de lucro y distribución gratuita por estaciones y aeropuertos, Una ventana al atardecer, que recoge composiciones de este poemario y de Los muros y el recuerdo, al que pertenece el poema que reproducimos, en el que unas pocas imágenes (la escuela, los paseos con el padre) son recuerdos de un pasado remoto que la distancia devuelve convertidos en una sencillo y hermoso en las fronteras de la elegía.

 

MEMORIA DE LA ESCUELA

 

Recuerdo que mi escuela tuvo

         un balcón de árboles

y un patio, junto al claro viaje de los gorriones.

La vida era una mano que me esperaba afuera

Y una cabeza blanca, llena de sueños altos.

 

Era mi padre. Íbamos juntos. Era el mundo.

No había más en las trémulas

         soledades del alma

que su paso ya lento, su voz dulce y antigua

y el tiempo azul que araba la tierra

         de mi infancia.

 

Salíamos de noche, la pequeñita sombra

de mi cuerpo de niña junto

         a su sombra grande.

Él hablaba un idioma de recuerdos y ausencias

y me enseñaba nombres, banderas

         y ciudades…

 

lunes, 15 de febrero de 2021

Llévame a casa

LLÉVAME A CASA

 Jesús Carrasco

Barcelona, Seix Barral, 2021, 313 págs.

    Nacido en Olivenza (Badajoz) en 1972, su primera novela, Intemperie (Seix Barral, 2013), lo ha consagrado como uno de los debuts más deslumbrantes del panorama literario internacional y ha sido galardonada con el Premio Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, el de Cultura, Arte y Literatura de la Fundación de Estudios Rurales, el English PEN Award y el Prix Ulysse a la Mejor Primera Novela. Ha quedado finalista del Premio de Literatura Europea en Holanda y del Prix Méditerranée Étranger en Francia. Elegida como Libro del Año por El País en 2013 y seleccionada por The Independent como una de las mejores novelas traducidas de 2014 en Reino Unido, Intemperie ha sido publicada en veintiocho lenguas y ha sido adaptada al cine por Benito Zambrano. Su segunda novela, La tierra que pisamos (Seix Barral, 2016) ha sido galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea.

   Ahora, la misma editorial publica Llévame a casa, cuya trama arranca cuando Juan recibe en Edimburgo, donde trabaja en oficios de supervivencia, una llamada de su hermana Isabel: su padre, enfermo de cáncer, acaba de morir. Regresa al pueblo de su padres, Cruces, una aldea toledana próxima a Torrijos, a tiempo para asistir al sepelio con la intención de regresar a Escocia siete días después (ha sacado un billete de ida y vuelta), pero su hermana le da otra mala noticia, la madre padece los primeros síntomas de Alzheimer: alguien tiene que permanecer a su lado y ella tiene que trasladarse con su familia a Virginia por motivos laborales para vender su empresa a unos inversores americanos.

   Juan comienza a interesarse por los asuntos familiares: estado en que se encuentra la empresa, visitas de su madre al cardiólogo, gestión de la pensión, mientras va recordando la figura del padre: un hombre trabajador (que arruinó su salud en una fábrica de fibrocemento de Getafe que al fin le provocaría un cáncer), emprendedor (funda una fábrica de puertas a la vez que sigue cuidando de un huerto, una viña y un almendral), pero también autoritario y terminante, apegado al pasado que “seguía calculando el grano en fanegas, el vino en arrobas, el dinero en duros y los desafíos en pares de cojones”.

   De corte realista, centrada en unos pocos personajes perfectamente delineados, la novela se centra en un entorno humano reducido (padres y hermana, un par de amigos), de modo que a la vez que familiar es también una novela generacional al retratar a aquellos padres que se sacrificaron por dar una formación académica a sus hijos y descubrieron consternados como esta decisión, repleta para ellos de privaciones, los alejaba de la casa paterna (y del destino que soñaron para ellos; no es baladí recordar que los hijos llevan el mismo nombre que los padres, ¿quién va a cuidar de ellos y del patrimonio que heredarán?). Si la actitud de Juan es distanciada e indiferente en un principio (llega a emborracharse el día del entierro de su padre), irá de modo progresivo involucrándose emocionalmente (en un mundo en que la expresión emotiva se reduce a alguna caricia aislada en una mano o en una mejilla), mientras se repite una pregunta: “Mi padre ha muerto y yo no estaba a su lado, ¿por qué no estaba?”.

   Aunque la procedencia de los materiales narrativos es un aspecto irrelevante en una obra de ficción, conviene recordar que en la novela hay numerosos datos biográficos o próximos a la biografía del autor (vivió durante muchos años en Torrijos, se licenció, como el personaje, en una universidad de Madrid, vivió durante años en Edimburgo y se vio obligado a regresar a la muerte del padre…), lo que puede explicar esa carga conmovedora no expresa mientras que el personaje concluye que, como piensa la madre, la condición de la “dignidad de lo humano es dar cobijo, sustento y cuidado [a los padres] en el  tramo final y luego continuar con la vida de uno con la conciencia tranquila y la esperanza de que la siguiente generación haga lo propio”. Reproducimos un fragmento que contrasta la imagen feliz (y falsa) de las familias americanas de películas y series con la sobriedad e incluso la rudeza de las familias españolas de posguerra.

 

   “Al parecer, en las series americanas el amor paternofilial es tan transparente como la luz de la cocina y el dinero mana de los grifos. Ellos, durante muchos años, ni siquiera tuvieron teléfono en casa. Quizá por eso, y por querer parecerse a aquellos niños rubios, su hermana y él llegaron a hacer un teléfono con un taco de madera y una cuerda larga. Cuando merendaban en la cocina, después del colegio, jugaban a llamarse y uno de los dos des-colgaba el teléfono, estiraba la cuerda y se metía en la despensa para hablarle a la madera.

   Pero cómo se iban a parecer sus padres a aquellos padres. Nunca los vio besarse, ni les escuchó decirse «te quiero», nunca hablaron de sexo, ni de drogas, ni de nada que pudiera rascar, ni superficialmente, la costra de dolor, abnegación y mugre de aquella España. A lo sumo un «cuidado con la cerveza». Ahora siente que en la oposición de su padre a su marcha se agazapaba el amor. Uno sin apostura, desde luego, y disociado de la prosperidad económica. Un amor contenido. Un apego a ellos, que un día fueron niños y que les entregaron todo el caudal de amor que los niños contienen. Y quizá, seguro, los acariciaron y los tuvieron en sus brazos y les susurraron al oído. Y eso no es una elucubración. Juan lo ha visto en las viejas fotos familiares. Ellos dos, jóvenes, en una romería del uno de mayo. Posan juntos, cogidos de la cintura. Su hermana y él se esconden tras las piernas del padre que, con la mano libre, le toca el pelo a Juan.

   En esa foto todavía sonríen y Juan se pregunta cuándo se les terminaron las ganas de reír y de acariciar sus cabezas. Piensa que por algún perverso camino dejaron de hacerlo justo cuando la memoria de sus hijos empezaba a almacenar recuerdos” [pp. 76-77].

 

Mera sombra

 

MERA SOMBRA

Sus mejores poemas taurinos

 Antonio María Flórez

Don Benito, La cigüeña de cristal, 2021, 19 págs.

Fotografías de Maurice Berho

Selección de textos de Almudena Porres Salces

    Además de varios ensayos (Dalí. El arte de escandalizar, 20004; Transmutaciones. Literatura colombiana actual, 2009), Antonio María Flórez (Don Benito, 1969) ha publicado hasta el momento los siguientes libros de poesía, galardonados con premios de reconocido prestigio: El círculo cuadrado (1987), En cámara lenta, junto con el escritor Flobert Zapata (1989), Epigolatría (1993), ZOO (poemillas de amor antiecológicos) (1994) y El bar de las cuatro rosas  en “Colección Poesía Dombenitense de fin de siglo” (1995). A este libro le siguieron títulos como El arte de torear (202),  Desplazados del paraíso (premio nacional de poesía “Ciudad de Bogotá” de 2003), Marquetalia (Un pueblo que rabia) (2003), Corazón de piedra (2011), Tauromaquia (Antología Trema) (2011), Bajo tus pies la ciudad (2012), En las fronteras del miedo (finalista del premio nacional de poesía del Ministerio de Cultura de 2015), La muerte de Manolete. Crónica en escena (Don Benito, 2015), Sueños eróticos de un adolescente empedernido (Madrid, 2017), Marquetalia, tus hijos te decimos (2019) y Poemas de la pandemia (2020).

   Ahora ve la luz una pequeña selección antológica de sus poemas taurinos aparecidos en tres de los títulos citados más arriba. Reproducimos una de ellas.

 

BAILARÍN MILENARIO

 

Bailarín milenario

de temerarios lances.

Artesano de arena,

         oficial de la muerte.

 

Capoteando astas

en la frontera

del cuerpo,

                   detienes el viento.

 

Revuelo de banderillas

en ceremonioso esguince,

con los brazos arriba

y el orgullo más alto.

 

Citando a los medios,

muleta en mano,

la sangre moja

la luz de sus muslos.

 

Naturales, molinetes,

derechazos, desplantes,

y el aplauso delirante

         que ensordece la plaza.

 

Amarse en la tarde,

desnudos en el aire,

toro y torero

danzando la vida,

         burlando la suerte.

 

¡Silencio!,

y junto a las tablas,

¡ay!, ¡ay!

¡qué cornada tan honda,

Qué desgarro tan bárbaro!

¡Silencio!

         ¡Silencio!

¡Qué relámpago

                            de muerte!

domingo, 14 de febrero de 2021

Rutas, dones, heridas

RUTAS. DONES. HERIDAS

Eugenio Fuentes

Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Perspectivas, 2020, 200 págs.

Prólogo del autor

   Eugenio Fuentes (Montehermoso, Cáceres, 1958) es autor de una extensa obra narrativa, iniciada con Las batallas de Breda (1990), a la que suceden El interior del bosque (1999), Venas de nieve (2005) o Si mañana muero (2013); su ciclo dedicado al detective Ricardo Cupido, protagonista de las novelas El interior del bosque (1999), La sangre de los ángeles (2001), Las manos del pianista (2003), Cuerpo a cuerpo (2007), Contrarreloj (2009), Mistralia (2015) o la reciente Piedras negras (2019), ha sido reconocido como uno de -los hitos más importantes de la novela negra en español. En 2018 publicó el ensayo La hoguera de los inocentes. Sus novelas se han traducido a doce lenguas. Cuenta con diferentes títulos en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura: la novela Tantas mentiras (1997), el volumen de cuentos Vías muertas (1997), y los ensayos literarios La mitad de Occidente (2003), Tierras de fuentes (2010) y Literatura del dolor, poética de la bondad (2013).

   Ahora la Editora Regional de Extremadura publica Rutas. Dones. Heridas, una obra emparentada con la citada Tierras de fuentes estructurada en los tres bloques del título. Artículos periodísticos y ensayos de mayor extensión componen una obra que tiene como objeto de interés la comunidad extremeña, en especial la provincia de Cáceres. “Rutas” recoge de modo preferente textos “viajeros” por comarcas cacereñas, atentos al paisaje y al patrimonio rural: El río Alagón y las Hurdes, el Tajo internacional, las Raya, Alcántara, la sierra de Xálima, el Jerte y la Vera, Cáparra y su entorno… Las descripciones paisajísticas se enriquecen con referencias culturales a viajeros por este territorio que aún conserva la disposición que siempre tuvo (menos transformado por el hombre y mucho más hermoso que el de la provincia de Badajoz). Es el mundo de los ríos no represados, de las sierras montaraces en que habita el jabalí “prehistórico” o de la dehesa “en parajes en los que imperan las leyes de la piedra, del árbol, del aire y del agua”. Las composiciones del segundo bloque se aproximan al perfil de reseñas sobre la vida cultural: gastronomía, exposiciones, representaciones teatrales, actividad de la filmoteca e incluso el lúcido análisis de unos cuadros.

   “Heridas”, por último, recoge aquellos textos que versan sobre los problemas a los que Extremadura se enfrenta (el parón en el desarrollo de las energías renovables, el aumento de las especies invasoras en nuestro ríos y embalses, los problemas cíclicos en el cultivo del tabaco, los incendios de verano…). Son, como se ve, temas recurrentes en el debate político y en los periódicos. Las aproximaciones de Eugenio Fuentes a estos asuntos son siempre lúcidas, ponderadas, ajenas a tomas de postura partidistas y sólidamente documentadas. Y todo ello, tanto en los textos descriptivos como en los ensayísticos, destaca una prosa “clásica”, equilibrada, siempre precisa. Reproducimos un fragmento de una de las composiciones, “Esquina Hervás, esquina Granadilla” (dedicado a Marciano de Hervás).   

 

   “El Valle del Ambroz deslumbra especialmente en otoño, cuando los hondos castañares de Hervás cuelgan un mantón broncíneo sobre las laderas del Pinajarro y en las cumbres ya resplandece la nieve, hacia la cual se elevan, por el aire limpio y tembloroso, las finas columnas de humo de las fogatas campesinas. A esta comarca le viene bien lo que aparece despacio, este calmado deslizarse hacia el invierno y el frío, y no tanto los súbitos estallidos de floraciones ni la intensidad musculosa del verano.

   El patrimonio histórico-artístico se distribuye en un rombo de cuatro vértices: Hervás, Granadilla, Abadía y Cáparra. Los dos últimos apelas a la nostalgia. El arco cuadrifonte de Cáparra, tan solitario en medio de las ruinas de lo que fue la ciudad romanas, es como un milagro. Da la impresión de que en el último momento, cuando los canteros que expoliaban la antigua ciudad ya alzaban el martillo para derribarlo, algo les detenía la mano, algo les decía que una obra tan hermosa no podía ser descuartizada sin cometer sacrilegio. Y en Abadía poco más queda. Está prácticamente vedado el acceso al Palacio de los Duques de Alba, por donde pasaron los dos Vega, Garcilaso y Lope, que escribió sobre él aquellos versos: “De las grandezas del insigne Albano / cantaré del jardín de Abadía […] / Yace donde comienza Extremadura”. En su jardín renacentista tampoco puede contemplarse la hermosísima estatua de una Andrómeda desnuda que hace años turbaba a los adolescentes de la zona.

   En cambio, quedan al alcance del viajero Hervás y su barrio judío, y Granadilla, el pueblo abandonado cuando las aguas del pantano de Gabriel y Galán inundaron sus tierras y rodearon sus murallas” [pp. 70-71].