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Como los viejos periódicos de comienzos del siglo XX, Internet presta más atención a unos géneros literarios que a otros. Los privilegiados, de nuevo, son los más cortos: poemas, reseñas, entradas de diarios, micro-relatos... Buscando textos de estos últimos para el taller, he dado, frecuentemente, con auténticas obras maestras: concisas, autosuficientes, perfectas en su perfil exacto y escueto. Reproduzco uno de estos hallazgos: “Paternidad responsable”, de Carlos Alfaro.
PATERNIDAD RESPONSABLE
“Era tu padre. Estaba igual, más joven incluso que antes de su muerte, y te miraba sonriente, parado al otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde. Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué sucedía, y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado. Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre, volviste de nuevo tus ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez más a recogerte”.
TIERRAS DE PONIENTE
J. M. Coetzee
Barcelona, Mondadori, 2009, 174 págs.
Trad. de Javier Calvo
Crítico literario, profesor de lengua y literatura inglesas en universidades de Estados Unidos (Búfalo), Sudáfrica (Ciudad del Cabo) y Australia (Adelaida), John Michael Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) se dio a conocer como narrador en 1974 con Dusklands (literalmente, “tierras en el crepúsculo”, traducida en esta ocasión como “tierras de poniente”), a la que siguieron En medio de ninguna parte (1977), Esperando a los bárbaros (1980), Vida y época de Michael K (1983), La edad de hierro (1990), Elizabeth Costello (2003), o Diario de un mal año (2007). Esta notabilísima trayectoria literaria, caracterizada por el compromiso y la originalidad formal, le ha granjeado numerosos reconocimientos (entre ellos, el “Reino de Redonda” de Javier Marías), que le llevaron a obtener el premio Nobel de literatura en 2003.
Aunque la editorial presenta Tierras de poniente como su primera novela, estamos, en realidad, ante dos narraciones de personajes y ambientación geográfica e histórica muy distintos. La primera de ellas, “El proyecto Vietnam” adopta la forma de un informe que Eugene Dawn, un experto en mitografía, eleva al Departamento de Defensa del ejército de Estados Unidos en plena guerra de Vietnam, cuando los americanos se disponen a abordar las fases IV, V y VI de la contienda. Tras consultar una documentación escalofriante de violaciones, ejecuciones sumarias y operaciones de castigo, las recomendaciones de Dawn van dirigidas a incrementar y mejorar la propaganda radiofónica y a sugerir el empleo de una violencia extrema: bombardeos de saturación, castigos y ejecuciones arbitrarias con el fin de doblegar cualquier resto de solidaridad y lograr que cada combatiente o ciudadano “enemigo” se considere aislado y culpable.
Pero el contacto con el horror no deja a nadie indemne, y Dawn, un buen ciudadano americano, esposo y padre ejemplar, comenzará a hundirse en la sima de una locura lúcida y autodestructiva.
El segundo relato, “La narración de Jacobus Coetzee” recurre al marco de los relatos de exploradores europeos en el continente africano. Coetzee, un colono boer, recibe en 1760 permiso del gobernador del Cabo de Buena Esperanza de organizar una expedición hacia el norte para cazar elefantes en las tierras de los namaqua grandes, una tribu hotentote que no ha tenido hasta entonces contacto con el hombre blanco. Tras numerosas penalidades, Coetzee alcanza el kraal en donde es saqueado y abandonado por sus sirvientes, pero consigue salvar la vida y regresar a su hacienda. Un año más tarde, el colono inicia una segunda expedición, esta de castigo, con una tropa de negros griqua al mando del capitán Handik Hop, que, tras incendiar la aldea y robar el ganado, se entregarán a una enloquecida violencia con todos los habitantes (y en especial cos sus sirvientes que sufrirán una muerte de perros).
Un “epílogo” resume los episodios del viaje y comenta el texto (un relato “menor” pero no desdeñable de la literatura de exploración africana), subrayando sus aportaciones más destacada, (el descubrimiento de la jirafa y del río Orange), y obviando cualquier referencia a los asesinatos, con un tono tan aséptico como cínico sobre la naturaleza de la colonización: “Es bien sabido que el tabaco y el coñac fueron cruciales para corromper la cultura de los hotentotes. A cambio de esos lujos los hotentotes se desprendieron de su riqueza en vacas y ovejas, reduciéndose a sí mismos a la condición de ladrones, vagabundos y mendigos [...] El pastor a quien el llanto de los niños hambrientos despertaba de su estupor alcohólico para encontrarse sus pastos vacíos para siempre aprendía de esa manera la lección de la Caída: no se puede vivir en el Edén para siempre”.
Separados por tres siglos de distancia, ambos hechos, que casi coinciden en la fecha (las expediciones tienen lugar en 1960 y 1962; la guerra de Vietnam se inicia en 1958) tienen mucho en común: ejemplifican la colisión entre civilizaciones que se hallan en estadios evolutivos distintos y el ejercicio de un poder absoluto, sin contrapesos políticos ni morales, por parte del pueblo más civilizado, del que surgen esos “bárbaros” que se esperan en otra de sus novelas, los que suspenden, en nombre de la lucha contra la violencia, el imperio de la ley, conculcando los derechos humanos, anulan mediante amenazas el papel fiscalizador de la prensa independiente y crean modelos como el “apartheid” sudafricano de los años setenta o el Guatánamo estadounidense.

COPA DE SOMBRAS
José Antonio Ramírez Lozano
Madrid, Devenir, 2009, 61 págs.
Ganadora del I premio de poesía “Blas de Otero, Villa de Bilbao, 2008”, Copa de sombras es un poemario en el que su autor “hace una meditación serena sobre la vida, sobre sus dones, angustias y sombras, pero con un tono que a veces roza lo metafísico y con un gran dominio de la métrica. Para su autor Copa de sombras es la copa de la propia divinidad que tiene en la palabra su pregunta y su respuesta. En ella se contiene Dios y sólo en ella tiene su sustento la existencia. Y donde sólo de su invocación viven los dioses” [Texto de contraportada]
Como otros poemas del libro, “Otra vida”, el texto que queremos reproducir, incide en un proceso reflexivo en torno, en este caso, a una intuición luminosa: el hombre es protagonista de una vida perceptible a los sentidos, la más inane y torpe, y de otra, sombría y profunda, ligada a la creación.
Esta costumbre antigua de los días
que dicen que es la vida
no es, al cabo, más que otra
vida torpe que fluye
paralela a la sombra
de esa otra, la auténtica
que está escrita en el fondo de mis actos.
Insistir en mi oficio,
prevenir en mi daño,
esa es toda la empresa
en que pone la una su ambición.
La otra, en cambio, ensarta
cuanto vivo en un hilo
y lo enhebra en mi pluma
para hacerme así el dueño de su lumbre,
el designio celeste
con que premian los dioses la palabra.

LARGUEZA DEL INSTANTE
Javier Pérez Walias
León, Instituto leonés de Cultura, 2009, 85 págs.
Ganador de la XVII Bienal de Poesía “Provincia de León”, Largueza del instante es el octavo poemario del poeta cacereño (Plasencia, 1960). “Como se lee en una de las citas que abren el libro: "Si todo tiempo es un presente eterno / todo tiempo es irredimible". Largueza del instante representa una vuelta de tuerca más en el implacable engranaje del transcurrir de la vida. A su vez, articula una lacerante denuncia ante la existencia. aún hoy. de pozos acostumbrados a la pobreza de los escorpiones. Ofrece al lector, mediante la reflexión, un recorrido coherente y poético por los umbrales diminutos de las horas crueles. Entre el comienzo de un tiempo pretérito y el final de un tiempo presente. existen el acúmulo para la huida. la dolorosa constatación del murmullo de un mundo enfermo y el exilio de uno mismo que empieza a construirse en la proximidad con los otros. En sus páginas. la poesía se convierte en una constelación de la conciencia personal. que es capaz de engendrar en la largueza de un instante la generosa incertidumbre de la esperanza” [Texto de contraportada]
He aquí uno de los poemas del libro, “Las palabras son para la vida”
Me enseñaste
que las palabras son para la vida
como los besos lo son para el germinar de las flores
en los barrios de la periferia.
A menudo la melancolía es una cárcel para el sufrimiento
por tanta bondad que se extingue
Y da vueltas y vueltas junto a nosotros como un carrusel
que nos llama desde el umbral de la caverna y el grito.
Las palabras son la conciencia
para nombrar el pétalo fértil en el centro de la esperanza
Y mientras
-me dijiste-
algún día, la noche caerá pesada sobre nosotros
como un aluvión de clavos
fríos.
Sobre otros límites.
Sobre otro instante de eternidad.
Sobre otras ciénagas.