viernes, 6 de abril de 2018
jueves, 5 de abril de 2018
Nó de sombras
NÓ DE SOMBRAS
María Gómez Lara
Lisboa, Glaciar, 2015, 82 págs.
Trad. de Nuno Júdice
Presentación de Germán Santamaría Barragán
Prólogo de Lauren Mendinueta
XXVII Premio de poesía Loewe para jóvenes creadores
Nacida en Bogotá en 1989, María Gómez Lara estudió
Literatura en la Universidad de los Andes, donde se graduó con una tesis sobre
el poeta venezolano Eugenio Montejo, y, en la actualidad, cursa un doctorado en
literatura en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Harvard.
Sus primeros poemas aparecieron en la revista Golpe de dados y en el periódico El Espectador. En 2012 publicó Después
del horizonte y dos años más tarde recibió por su poemario Contorno
el XXVII Premio internacional de poesía “Fundación Loewe” para jóvenes
creadores otorgado por un jurado presidido por Víctor García de la Concha. Tras
aparecer en la editorial Visor en 2014, la Embajada de Colombia en Portugal
publica en 2015 de nuevo el libro en traducción de Nuno Júdice bajo el título Nó de sombras en una colección que se propone dar a conocer la
literatura colombiana en el extranjero y en la que habían aparecido libros de
José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, José Eustasio Rivera, León de
Greiff, Álvaro Mutis o Juan Manuel Roca.
En el
prólogo a la presente edición, Lauren Mendinueta considera: “A poesía de Nó de
sombras, como toda a poesía autêntica reúne pensamento e beleza. Está tocada
pela graça. Quem leer este libro uma vez lê-lo-á muitas vezes. Esta não é uma poesía
que se esgoste em poucas leituras. É certo que a poeta ainda é jovem, mas a sua
voz já é uma voz antiga” [p.14].
Reproducimos la composición que abre el poemario (un lugar “marcado” en
cualquier ordenación poética) que habla del propio proceso creador, seguida de
la versión en español, en que el poema lleva por título “Astillas”.
PEDAÇOS DE MADEIRA
Os
verdaderos poemas são incêndios
Vicente Huidobro
vou esfregando um pedaço contra o outro
e é inútil
não sairá fogo
dos meus restos de madeira
conseguí salvar do naufrágio
um tronco de lenha
oco de tormenta
atravessado por tanta água salgada
parti-o
para inventar dois bocados que se juntam
duas faíscas
que não estavam
o avesso de un vazio um furo
aquí continuo ainda a esfregar os meus pedaços
nada para acender
e fazes-te fumo
nada para apagar
e és cinza
[Astillas. “Voy
frotanto una astilla contra otra / y es inútil // no habrá fuego / en mis
restos de madera // pude rescatar del naufragio / un trozo de leña // hueco de
tormenta / atravesado por tanta agua salada // lo quebré / para inventar dos
trizas que se juntan / dos chispas / que no estaban / el revés de un vacío un
agujero // aquí sigo todavía estrellando mis astillas // nada que encender / y
te haces humo / nada que apagar / y eres ceniza].
viernes, 30 de marzo de 2018
22 héroes cacereños
22 HÉROES CACEREÑOS
KOBBA-DARSA 1924
Miguel Ángel Rodríguez Plaza
Cáceres, I. C. El Brocense, Col. Estudios Locales,
2017, 122 págs.
Miguel
Ángel Rodríguez Plaza (Oliva de Plasencia, 1950) ha sido Comandante de Sanidad
Militar con destinos en varias ciudades españolas, pero también en lugares como
el Sahara o Bosnia. Paralelamente a sus tareas de ayuda humanitaria ha dedicado
su atención a la fotografía, con exposiciones individuales y colectivas, y a la
investigación histórica. Sus trabajos en este último campo, de temática
militar, pero también arqueológicos y artísticos, han aparecido en revistas
como Alcántara, Revista de Estudios Extremeños, Grada y Revista Ayuntamiento de
Badajoz.
22 Héroes cacereños, aparecido en la
Institución Cultural El Brocense, relata la heroica defensa de una loma cónica próxima
al río Lau, Kobba-Darsa, realizada por el regimiento Serrallo 69, en el que
figuraban alistados veintidós jóvenes campesinos cacereños. Cercados por las
cabilas cercanas, con constantes amenazas desde las alambradas (“Paisa entregar
fusila y trotar Tetuán; al no, cortar cabeza y quemar”), escasos de víveres,
sin apenas municiones ni agua, lograron resistir los ataques del enemigo en
unas condiciones extremas, hasta que la Legión consiguió liberarlos. El estudio
está ilustrado por numerosas fotografías de los protagonistas, tomadas muchas
de ellas de la prensa, regional y nacional, que cubrió ampliamente el
acontecimiento ocurrido en el verano de 1924, tal vez para contrapesar la
tragedia de Sidi Dris, Igueriben, Annual y Monte Arruit, de julio de 1921.
Reproducimos un fragmento que relata el asedio de los rifeños a la posición.
“Respecto
al día 5 [de julio] leemos un telegrama procedente de Uad Lau, por Ceuta a
Tetuán (desde donde operan los aviones) a las 08,37 horas: “Coba Darsa dice si
le echan barras de hielo y leche líquida en latas [leche condensada] podrán
resistir y ruego a V.E. se lo lleve la aviación”.
Efectivamente, la aviación lanzó paquetes con socorros sobre la posición,
debido a que ya no se contaba con nada, ni elementos de cura para los heridos,
a los que personalmente curaban los dos oficiales con elementos improvisados.
De los
paquetes arrojados por la aviación, solo se recogió uno de hielo, otro quedó en
la alambrada siendo motivo de enconada lucha por recuperarlo tanto la fuerza de
la posición como el enemigo, resultando un soldado más herido (Teodoro
Olivares) y dos muertos de los atacantes. El soldado Juan Hoyas quiso salir del
recinto pero el teniente Pueyo se lo impidió ‘porque iba a una muerte segura’.
El jefe de
la posición agradece por telegrama el servicio aéreo. Manifiesta que la barra
de hielo recogida alivia algo, pero no resuelve la situación que sigue siendo
apurada, pues al no haber agua no se come”. [pp. 39-40].
lunes, 26 de marzo de 2018
El verano del Endocrino
EL VERANO DEL ENDOCRINO
Juan Ramón Santos
Tenerife, Baile del Sol, 2018, 219 págs.
Nacido en Plasencia en 1975, Juan Ramón Santos es Licenciado en Derecho y en Ciencias
Políticas y autor de novelas, relatos y libros de poesía. Fue Fundador de la Asociación Cultural Alcancía, de Plasencia, y desde 2005 coordina
con Nicanor Gil el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. Desde
2015 ocupa la presidencia de de
la Asociación de Escritores Extremeños y es, asimismo, el Coordinador de las
Aulas literarias de la región. Como escritor, se dio a conocer con una
compilación de textos breves titulada Cortometrajes
(Mérida, Editora Regional, 2004), al que siguieron El círculo de Viena (Gijón, Llibros de Pexe, 2005), Cuaderno escolar (Mérida, Editora
Regional, 2009), Palabras menores
(Mérida, De la Luna libros, 2011) y Perder el tiempo (Mérida, De la Luna libros, 2017), además de colaborar en libros
colectivos como Relatos relámpago
(2007) y Por favor, sea breve (2009).
Como poeta, ha publicado Cicerone (De
la Luna libros, 2014) y Aire de familia
(Sevilla, La isla de Siltolá, 2016). Asimismo, es autor de dos novelas: Biblia apócrifa de Aracia (Badajoz,
Libros del Oeste, 2010) y El tesoro de la isla (De la Luna libros, 2015).
Ahora, la
editorial tinerfeña Baile del Sol publica su tercera novela, El verano del
Endocrino, cuya trama se sitúa en un territorio por el que nos habíamos
movido en novelas anteriores: Labriegos y el embalse del Cárdeno, Pomares,
Aldeacárdena, Ochavia… y ciertos personajes proceden asimismo de Biblia apócrifa de Aracia y de El tesoro de la isla: el maestro de
escuela, Constante, que ahora es el narrador de la historia, el zapatero
Trancón…, contribuyendo así a la erección de un universo propio y familiar. Pero,
como en los títulos citados, también es un espacio impregnado de literatura con
constantes referencias y guiños a otros autores y a otras obras. Ya desde las
primeras páginas la trama se aproxima al arranque de varias novelas de Gonzalo Hidalgo Bayal (un forastero llega a una aldea o una ciudad), especialmente con uno sus
títulos, Paradoja del interventor.
Las similitudes son tantas que no pueden leerse sino como un homenaje: ambos
personajes son forasteros que “caen” de repente en un entorno urbano en el que
nadie (ni siquiera el lector) conoce su nombre ni su oficio ni su condición, de
modo que acabarán por ser conocidos por un apodo nada definitorio (una palabra
que le han oído pronunciar), y ambos generarán en ese entorno la expectación de
los enigmas. Pero pronto su distinto talante hará que la trama diverja: frente
a la apatía “existencial” del personaje de Bayal, el Endocrino se embarca desde
un principio en iniciativas que le granjearán un cierto reconocimiento en la
aldea: consigue elucidar el “caso” de las gallinas que su amo encuentra
reducidas a un amasijo de plumas ensangrentadas, el de la desaparición de la
talla de la Virgen de la Jara de su
ermita justo el mismo día en que se celebra la romería y el del joven que cae
con su automóvil al embalse (cuya solución intuye pero no puede aclarar)… En
posteriores encuentros casuales de sucesivas salidas conocerá al peregrino compostelano
a quien acompaña durante una jornada (y que le mostrará la belleza de los
conocimientos botánicos), vivirá la aventura de los boy scouts saldada con una
humillante derrota, compartirá agua y comida con el vigilante forestal que en
su torre lía cigarrillos estupefacientes uno tras otro, con el guarda de la
presa degradada que cuenta la historia de su construcción una y otra vez… para
acabar descubriendo, junto con un cabrero, que la tierra ha detenido su
movimiento de traslación alrededor del sol.
De las
numerosas referencias a otras obras y autores, sobresalen por su número y su
calado los guiños cervantinos, comenzando por la condición excéntrica del
protagonista y la dudosa sensatez de su comportamiento (“más allá de las dudas
sobre su lucidez o su locura”), las madrugadoras salidas de la aldea procurando
no ser visto (“el Endocrino escapaba furtivamente de Labriegos entre solares
sin vistas y callejas sin ventanas, más en busca de dehesas desiertas que de
huertos bulliciosos”) y los regresos (como confirma de modo palmario el texto
que citamos al final de esta entrada), los recorridos rurales sin meta y los
escenarios campestres, la estructura episódica (aventuras autónomas sin apenas relación
entre sí), el despropósito de sus propósitos, la estación del año (El Quijote se ambienta en un
interminable verano en que llueve levemente una sola vez, como sucede en este
verano del Endocrino), el humor… y, en fin, la concepción del tiempo.
Distingue Rafael Sánchez Ferlosio entre dos
concepciones temporales: el tiempo adquisitivo en que cada instante cobra
sentido en el siguiente, en que el vivir se ordena con un fin pues se ha
sometido a un proyecto (el tiempo que
late, por ejemplo, en la trama de El
Lazarillo de Tormes basada en el medro a cualquier precio) y el tiempo
consuntivo, en que cada momento se agota en sí mismo, un tiempo sin finalidad,
como el que subyace en la mayor parte de las aventuras de El Quijote. Uno de los personajes de la novela, el zapatero
Trancón, permite ejemplificar el paso de uno a otro. Como se nos dice, el
zapatero tuvo numerosos clientes durante la construcción del embalse en que la
población de las aldeas de alrededor creció notablemente: era preciso atender
al desgaste del calzado que sufría tanto en las fatigosas tareas como en los
momentos de ocio (juegos de niños, danzas de adultos…), pero luego, una vez
terminada la presa, los obreros abandonaron con sus familias tanto el pueblo
del zapatero, en donde apenas residen ahora unos pocos vecinos, como los
pueblos de alrededor, dejándole numerosos pares de zapatos que no pasaron a
recoger. El zapatero prosiguió tercamente en su tarea, arreglando unos zapatos
con otros, perseverando en un oficio que ahora nadie demanda, sumido en ese
otro tiempo sin propósito alguno, convertido en un obrero singular que recuerda
a otros personajes de Paradoja del
interventor, de Gonzalo Hidalgo Bayal (autor de una lúcida presentación de la novela de Santos): el
muchacho que atiende una cantina sin bebedores, el guardabarreras que acude a
diario a su caseta cuando ya no pasa ningún tren, el afilador cuyo trabajo
nadie reclama, el barquillero tras una ruleta a la que nadie juega… Parte de
las aventuras de la trama de El verano
del Endocrino se suceden sin relación causal entre ellas, en este tiempo
sin propósito, y será el zapatero el que con sus inextricables profecías lo
ponga en el camino de abordar la más quijotesca (o caballeresca) de las
aventuras que lo llevará a conocer a los tres ancianos ensimismados de
Traspuestas, al Maestro alemán que asierra sus libros para acomodarlos en las
baldas de su librería, al Fauno sordomudo que guarda un rebaño de cabras, y al
perro tuerto de su primer caso en Labriegos, que, como sucede en El coloquio de los perros, le contará
sus andanzas “picarescas” y lo guiará hasta la cueva en que al fin podrá enderezar
ese gigantesco “entuerto”.
Comunicada
en un registro culto de amplios periodos oracionales con una marcada
predilección por el léxico campestre, la novela no exhibe tesis ni explícitas
ni tácitas y su originalidad se asienta en la excentricidad de sus personajes
(en que se mezclan las facetas verosímiles y fabulosas) y en la
imprevisibilidad del desarrollo de la trama, pero su orientación, claramente
existencial, tiene que ver con el sentido de la vida humana enfrentada a los
enigmas de una realidad que oculta recelosa sus mensajes.
Reproducimos un fragmento que evidencia la fascinación por el universo
cervantino: como Don Quijote en varias aventuras, el Endocrino cae al suelo con
su montura (una bicicleta prestada) rematando así con un nuevo fracaso una
descabellada salida de la aldea.
“Aunque
aparatoso, el accidente no tuvo mayores consecuencias para el ciclista que un
brazo magullado, varias contusiones y arañazos en la barbilla, las rodillas y
el costado y un amargo sabor a sangre y tierra seca que fue expulsando a
escupitajos de la boca mientras volvía a casa. Más grave era, sin embargo, el
estado de la bicicleta, que acabó con el manillar torcido, los frenos flojos y
la rueda delantera ahuevada, pero se la
habían prestado y no le pareció oportuno abandonarla allí, a su suerte, en
mitad del monte. Por eso no tuvo más remedio que emprender el regreso a pie,
con una leve cojera, arrastrando a duras penas la bicicleta, que se negaba a
mantener la línea recta y rodaba oscilando rítmicamente de arriba abajo como,
si también cojeara o como si le hubiese entrado de repente el hipo. En tan
lamentables condiciones habría tardado varias horas en llegar al pueblo de no
haber tenido la suerte, dentro de su desgracia, de encontrarse con un vecino
que regresaba a casa en tractor y que,
haciendo una no pequeña obra de misericordia, los recogió a ambos, bicicleta y
ciclista, en el remolque y los llevó silbando feliz hasta la plaza” [p. 48].
jueves, 22 de marzo de 2018
Homo legens
HOMO LEGENS
Eduardo Moga
Palma de Mallorca, Los papeles de Brighton, 2017, 305
págs.
Eduardo Moga
(Barcelona, 1963) es autor de una notable y dilatada trayectoria poética que
arranca con Ángel mortal (1994) y La luz oída («Premio
Adonáis», 1996) y ha sido recogida en una antología reciente El
corazón, la nada (Antología poética 1994-2014),
con prólogo de Jordi Doce, la crítica literaria que ha ejercido en revistas
como Letras Libres, Cuadernos
Hispanoamericanos, Revista de Occidente, Ínsula, Turia o Quimera y ha recogido en volúmenes como De asuntos
literarios (2004), Lecturas nómadas (2007),
La poesía de Basilio Fernández: el esplendor y la amargura (2011),
La disección de la rosa (2015), Apuntes de un español sobre poetas de
América (y algunos otros sitios) (2017) o la edición (fue codirector de la
colección de poesía de DVD Ediciones desde 2003 hasta 2012).
Otros géneros en prosa
cultivados por el escritor han sido el libro de viajes, con títulos como La pasión de escribil (La isla de
Siltolá, 2013) y El mundo es ancho y diverso (Baile del Sol, 2017), y los diarios: Corónicas
de Ingalaterra. Un año en Londres (con algunas estancias en España) (La
isla de Siltolá, 2015), Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres (Vasarek Ediciones, 2016). En la
actualidad, es director de la Editora
Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura.
Homo legens, que ahora publica la editorial mallorquina Los papeles de Brighton, reúne reseñas
críticas aparecidas en las revistas citadas arriba, junto a estudios, prólogos
y ensayos de mayor extensión y calado, que el autor ha distribuido en tres
bloques: “En español”, el más numeroso, “En inglés”, con cuatro reseñas, y “En
otras lenguas”, que recoge textos sobre autores que escribieron en francés,
gallego y catalán. Como en títulos anteriores, Eduardo Moga se revela como un
lector pertinaz y entusiasta, dotado de una sólida formación filológica, atraído por la
literatura clásica y contemporánea, con una marcada predilección por los
géneros poéticos. Sus valoraciones rehúyen por igual el tono de los suplementos
culturales de los periódicos con su crítica amistosa, publicitaria e hiperbólica
y los registros academicistas, lastrados con frecuencia por una prosa ilegible,
convencido tal vez de que un texto crítico debe ser también un “texto literario”.
Reproducimos un breve fragmento en que al enjuiciar un poemario (Matriz de la ceniza, 1999, de Máximo Hernández)
nos recuerda la tradición literaria a la que el libro se adosa.
“La muerte, decía Unamuno,
es el gran escándalo de la existencia. Y Ernesto Sábato la consideraba uno de
los grandes problemas del hombre: el otro es haber nacido. Pero también es su
gran motor: gracias a la muerte, cada momento es único; sin ella, vivir sería
solo una eterna repetición de actos sin finalidad. La historia del hombre es la
historia de su estupor ante la muerte. Y la literatura no ha sido ajena, no
podía ser ajena, a ese asombro nuclear y a las preguntas que suscita. En el
barroco europeo, época de crisis y, por lo tanto, de miedos y dudas, como hoy
mismo, proliferó la reflexión sobre la muerte: la meditatio mortis, a la que afluyeron los antecedentes medievales,
asimismo abundantes -danzas, triunfos y espejos de la muerte, además de obras
singulares como las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, de gran
influencia en la tradición española-, se convirtió en una especia de género
específico, cultivado por poetas, moralistas y pintores. En ese humus barroco y
estoico, tenebrista y áureo, se incardina Matriz
de la ceniza, una reedición contemporánea de los tratados -y los diálogos-
sobre la muerte, tan característicos de nuestra historia literaria” [p. 82].
[“Sobria y encendida meditación sobre la muerte”, publicado en Máximo
HERNÁNDEZ, Entre el barro y la nieve.
Poesía reunida, edición de Juan Luis Calbarro, Palma de Mallorca: Los
papeles de Brighton, 2016, pp. 39-54].
viernes, 16 de marzo de 2018
Vidas a la intemperie
VIDAS A LA INTEMPERIE
Marc Badal
Logroño, Pepitas de calabaza / Cambalache, 2017, 214 págs.
Prólogo de Irene García Roces
Nacido en
Barcelona en 1976, Marc Badal Pijoan
compagina la investigación y la dinamización en el ámbito de la agroecología y
del desarrollo rural con las tareas cotidianas en varios proyectos de núcleos
de montaña abandonados.
Además de
artículos en revistas como Resquicios, Raíces, Cul de Sac, Ekintza, Zuzena o Archipiélago,
ha publicado los ensayos Cuadernos de viaje. Fragmentos y pasajes históricos
sobre semillas (Fundación
Cristina Enea, 2016); Mundo clausurado. Monocultivo y artificialización (autoedición, 2016); Vidas a
la intemperie. Notas preliminares sobre el campesinado (Campo Adentro, 2014); Fe de
erratas. La agitación rural frente a sus límites (autoedición, 2011) y Los pies en la tierra. Reflexiones y
experiencias hacia un movimiento agroecológico [coord.] (Virus, 2006).
Vidas a la intemperie, que ahora publican conjuntamente las
editoriales Pepitas de calabaza y Cambalache, reúne dos ensayos. Al que
da título al volumen, subtitulado “Nostalgias y prejuicios sobre el mundo
campesino”, le sigue Mundo clausurado.
Monocultivo y artificialización. Ambos textos nos hablan de “la pérdida de
un mundo, el campesino, compuesto por muchos pequeños mundos que, como Marc
Badal advierte, se han ido alejando de nuestras latitudes en silencio, víctimas
de un 'etnocidio de rostro amable'” [Prólogo]. “Somos -considera el escritor-
los descendientes del campesinado. En sentido figurado y literal. Provenimos de
un mundo que no hemos conocido y serán otros quienes nos cuenten cómo era. Los
campesinos no pueden hacerlo. Han desaparecido y nunca escribieron su historia.
Vivimos en el mundo que crearon. No podemos dar un solo paso sin pisar el
resultado de su trabajo. Tampoco abrir los ojos sin ver el trazo de su huella.
Una obra que es todo lo que nos rodea. Todo aquello que pensamos que es tan
nuestro por el hecho de estar ahí. De toda la vida”.
Reproducimos un fragmento en que
deja constancia de que así como los lectores adolescentes carecen de conciencia retórica de los
textos literarios, los campesinos no poseen una conciencia estética de la
naturaleza: forman parte de ella y les falta un mínimo de distanciamiento.
“La mirada
del campesino era capaz de captar un cúmulo de significaciones imperceptibles
para los demás. Incluso también para los campesinos de otro pueblo. Pero era
incapaz de ver aquello que llama más nuestra atención cuando vamos al campo. Lo
primero que salta a la vista cuando alguien de fuera contempla un lugar.
Especialmente si es de ciudad.
Los
campesinos no veían el paisaje.
Colores
encendidos al amanecer, lágrimas de rocío sobre las hojas, reflejos argentinos
en los bandos de palomas.
Ninguna de
estas visiones despertaba en el campesino un estado de embriaguez. No le
transportaban a los más hondo de su ser. Ante ellas no le asaltaban los grandes
misterios de la existencia.
Su relación
con el entorno era demasiado cercana. Con su trabajo reflejaba el rostro de la
tierra y a su vez se había moldeado por ella. Un elemento más del conjunto. Y
para ver un paisaje se requiere cierto
distanciamiento.
La lejanía
de la cultura y del arte. La distancia que impone el desconocimiento y la
novedad.
Como el
pintor y el poeta, en el campo nosotros solo vemos paisajes. Que no son otra
cosa que el resultado de nuestra mirada ajena” [p. 151].
lunes, 12 de marzo de 2018
domingo, 11 de marzo de 2018
El Damero Maldito
El pasado domingo, El Damero Maldito de El país elegía unos versos de un poema
de Félix Grande (“Calle vacía. Ante un paisaje de Antonio López”) como
solución:
“A ese a quien no se ve yo lo
conozco
o yo lo reconozco, o lo
recuerdo,
o lo busco sin fin… ¡Dios lo
bendiga,
tan solo como va, tan lejos!”.
Este domingo, la elegida es Francisca
Aguirre, su esposa (y viuda), con un poema titulado “Desmesura”:
“Y todo es distinto: el dolor
fue
más cauto, más sensato,
la lujuria lloró en su
madriguera.
Y el tiempo inauguró sus
máscaras:
hubo un pequeño espanto en los
rincones…”.Y qué si te quiero
Y QUÉ SI TE QUIERO
Susana Díaz Morcillo
Paterna, Valencia, I. Comunicación Gráfica, 2016,
259 págs.
Susana Díaz
Morcillo (Medellín, 1983) es licenciada en Filología Hispánica por la
Universidad de Extremadura y Máster en Formación e Investigación Literaria en
el Contexto Europeo en la UNED. Tras varios años dedicada al género poético en
el que obtuvo varios premios, en 2016 publicó su primera novela.
La trama de
Y qué si te quiero arranca en un
hospital sevillano en donde Helena despierta tras un grave accidente. Ante un
doctor y una paciente de su edad, la joven se muestra desconcertada: está por
completo sola y apenas guarda algún recuerdo de su pasado. Un diario encontrado
en su equipaje por la policía permite reconstruir retazos de su vida: ha huido
de un país árabe al que ya no puede regresar (ha desobedecido y abandonado a su
padre, ha rechazado un matrimonio convenido por la familia), ha mantenido una relación sentimental con un hombre europeo…
En el centro de la encrucijada, la muchacha trata de reconstruir una nueva vida
en un entorno digno para la mujer: “No
sabía si volvería a abrir los ojos o no, pero al menos había encontrado lo que
buscaba, lo que tanto ansiaba recuperar: una vida…, la mía…, y mi libertad”.
“Le dediqué
una sonrisa de complicidad a mi nueva amiga mientras recogía el diario. En
aquel momento algo cayó al suelo: un DNI y una carta. Cogí en primer lugar el
DNI, pero no decía mucho más de lo que
ya habíamos ido descubriendo: “Alejandra Hasna Poulán Gazani. Sharjah. Emiratos
Árabes Unidos”. Después, abrí la carta:
“Linda, tu
salvaje melena ondulada y tus grandes y rasgados ojos azabaches me tienen
hechizado. Pronto estaremos juntos, aunque tenga que sacrificar mi vida por
ello. Mi pequeña fierecilla, te amo tanto”.
Me quedé sin
habla pensando en qué podría haber llegado a hacer meses atrás para encontrarme
en un país desconocido, con un nombre que no era el mío y con una carta que
podría llegar a confirmar un amor prohibido.
Valeria me
quitó de las manos el DNI y la carta. Leyó una y otra vez aquellos documentos
para cerciorarse de lo que había escuchado de mis propios labios y añadió:
-No
saquemos conclusiones precipitadas. Leamos el diario; solo él puede darnos las
respuestas.
Volví a leer
para Valeria la misma página, la misma que yo leí antes de quedarme dormida… y
todo mi sueño apareció, como por arte de magia, narrado a continuación.
-Es
precisamente eso lo que soñé –interrumpí”. [pp. 45-46].
sábado, 3 de marzo de 2018
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












